viernes, 6 de noviembre de 2009

¿Eran « grandes ladrones » los isleños del Mar del Sur... 4 de 6


¿Eran « grandes ladrones » los isleños del Mar del Sur que acogieron a los navegantes europeos en los siglos XVI-XVIII ?

Dra Annie Baert

Tomaremos un último ejemplo, el del peruano Máximo Rodríguez que, en 1774, estuvo un año en Tahití, desde el 15 de noviembre de 1774 hasta el 12 de noviembre de 1775, haciendo de intérprete para dos misioneros franciscanos, y redactó un interesantísimo diario[1], del que, para no cansar al lector, sólo se han extraído algunas de las numerosas citas que refieren diferentes robos :
1 de diciembre : « se separó un marinero para lavar alguna ropa, y entretanto le robaron una camisa (porque son grandes ladrones). »
8 de diciembre : « le robaron al patrón del bote una chupa con el pito de plata. »
23 de diciembre : « se retiraron algunos del paquebot para lavar su ropa y habiéndole robado a un marinero una camisa y unos calzones… »
3 de marzo : « Manuel [uno de los tahitianos que se había ido al Perú con el capitán Bonechea y al regresar a Tahití había abandonado la compañía de los españoles] había robado con su padre algunos cotones de bayeta y tocuyo y dos azuelas de mano »
9 de marzo : « estando cenando me robaron una sábana por la parte de fuera de la quincha »
3 de abril : « el marinero [Francisco Pérez, grumete encargado de ayudar a los padres] llegó con la noticia de haverle enseñado un yndio una sobre pelliz nueva… » y el 4 de abril : « registraron los Padres sus caxas […] infiriendo lo robarian quando se enterro el capitan [se trata del capitán Boenechea, que murió el 26 de enero de 1774 y fue enterrado en Tahití], no haviendo serbido ni aun en esta ocasion »
7 de abril : [en casa de Vehiatua, un cacique tahitiano], descubrí un libro en ydioma inglés, el que se intitula Tablas de Mathematica impreso por Thomas Page en Londres. Preguntele como lo habia adquirido y me respondió que lo havia robado uno de los suios »
9 de abril : « al marinero le robaron un pollo de once días haber nacido… »
16 de junio : « por la tarde se echaron menos cinco pollos chicos »
13 de julio : « encontré quando bolbí a mi hospedage se havian robado la batea de piedra
[2] […] y enterrado en la arena para despues llebarsela »
2 de septiembre : « nos restituyeron tres gallinas robadas »
5 de septiembre : « abrieron un boquerón a mi dormitorio y me robaron un pedazo de bayeta y la llave de mi arca »
1 de octubre : « estando rezando, se robaron cuanta ropa tenía en la caja »

Entre los objetos que son robados, algunos presentan un interés evidente : las prendas de algodón, material entonces desconocido en Tahití, que le hacía gran ventaja al tradicional tapa con que se vestían (las camisas, los calzones, la sábana o la sobrepelliz nueva), o los animales comestibles (pollos y gallinas), mientras que el atractivo principal de la « chupa » o chaqueta sería el « pito de plata » que estaba colgado de ella, cuyo uso por el patrón del bote habían podido observar. También se puede explicar el robo de las dos « azuelas de mano », interesantísimas herramientas.
Pero en el caso del « libro en ydioma inglés », que ni su ladrón ni su destinatario final (el cacique Vehiatua) podían leer, y cuyo contenido ni siquiera podían concebir (tablas de matemática, sin duda para los cálculos astronómicos y la observación del planeta Venus) hay que imaginar que les pareció deseable por su carácter misterioso o mágico, por la manera como lo manejaba o consultaba su propietario, y por el prestigio que había de otorgar a quien lo poseyera.
En cuanto a la batea de piedra, parece que venía de un marae, o lugar de culto, donde estaba dedicada a algún rito sagrado : podemos suponer que los « ladrones » temieron que Máximo cometiera algún sacrilegio con ella o, peor aún, la sacara del país — lo que hizo efectivamente, aunque a escondidas.

Para terminar esta revista (parcial) de robos, son de notar dos curiosas y paradójicas observaciones : la de Bougainville, para quien
« no parece que el robar sea común entre ellos. Las casas no están cerradas, y no tienen cerrojos ni guardias. Sin duda la curiosidad por objetos novedosos excitaba en ellos violentos deseos — además en todas partes hay pícaros ».

y la de Máximo Rodríguez, que cuenta que
« (el 10 de octubre) Me presentaron al ladrón […]. Luego que acabó su confesión, quisieron matarlo para arrojarlo al mar (castigo que dan a los ladrones) : supliqué con bastante esfuerzo en su favor y solo conseguí que commutasen este castigo en el de destierro. »
[3]

Bougainville, que sólo estuvo nueve días en Tahití y sólo vio lo que quiso ver, la sociedad ideal de antes del pecado, del amor libre y de la naturaleza — la Nueva Citérea — escribió prudentemente que « no le pareció » que el robo se practicara entre conciudadanos : no podía efectivamente afirmar nada al respecto después de tan poco tiempo. Supuso razonablemente que el carácter nunca visto de sus objetos podía despertar « deseos violentos », imposibles de reprimir en unos individuos a los que consideró como verdaderos niños, más o menos irresponsables. Pero tampoco descartó totalmente la picaresca, que se da « en todas partes ». En fin, no tomó realmente partido ante este misterio de los innumerables robos que tuvo que sufrir.
En cuanto a Máximo Rodríguez, a quien le habían robado « cuanta ropa tenía en la caja » y se había quejado de ello al cacique, refiere en un tono neutral el castigo usual en tales casos : se diría que aprueba la decisión, aunque parece apenado por la severidad de sus huéspedes, y no quiere ser responsable de la muerte de su ladrón.

¿Qué pensar de estos « robos », que provocaron sorpresa, incomprensión, indignación e irritación en los occidentales ? Sería simplista — e injusto — concluir que los isleños del Mar del Sur eran ladrones por gusto, o por naturaleza. La explicación de esta actitud constante tiene sin duda que hallarse en el estudio de las civilizaciones preeuropeas que, evidentemente, los navegantes no entendieron, del mismo modo que los polinesios no podían intuir los pensamientos de aquellos extraños recién llegados. Lo que salta a los ojos es que estamos frente a un malentendido mutuo, que pueden aclararnos los antropólogos.

2 - A la luz de los antropólogos

Diremos de entrada que, según Serge Tcherkézoff
[4], el acto de « robar » era la actitud normal que seguían los polinesios en diversos rituales, cuando hacían venir a los dioses-antepasados para conseguir sus beneficios, o para fertilizar de nuevo la tierra : los participantes tenían entonces que abalanzarse sobre los víveres, procurando cada uno arrancar un pedazo por la fuerza.
¿Dioses-antepasados ? La pregunta que se plantea es pues la de saber cómo vieron los polinesios a los recién llegados.
La aparición de seres tan diferentes suscitó interpretaciones y respuestas sacadas del mundo no humano porque lo cierto es que los polinesios no los tomaron por hombres como ellos, ni tampoco como monstruos a los que habría que rechazar o destruir. Pero no eran tan ciegos que no viesen las diferencias entre un europeo y la imagen que solían hacerse de los seres sobrehumanos. Por eso « los colocaron en los confines del mundo » : no eran ni dioses ni antepasados en el sentido propio, sino espíritus de una forma nueva, que debían de ser enviados por los dioses, representantes del gran creador Tangaroa.
Nació así un deseo de integración y de captar una parte de los poderes de aquellos seres, poderes que se manifestaban en particular por las armas de fuego, las herramientas y los vestidos.
Porque aquellos recién llegados venían del este, « estaban situados del lado del sol » ­: los tahitianos preguntaron a los europeos que observaban el cielo con sus instrumentos si venían del cielo o si sólo visitaban este astro durante sus viajes. En 1777, los polinesios de Atiu preguntaron al capitán Cook :
« ¿sois enviados del gran Tetumu, padre de los dioses y los hombres, el gran creador de todas las cosas ? ¿ sois sus gloriosos hijos, mitad dioses, mitad hombres ? »

como lo hicieron los nativos de Gaua (Vanuatu) con el capitán Quirós en 1606 :
Vino un hombre […] y según los ademanes que hizo y el modo de hablar debía de preguntar : « ¿Dónde venís ? ¿Quién sois ? ¿Qué buscáis ? o ¿Qué queréis ? » Y como si fuera así, dijo un nuestro : « Venimos de Oriente, somos cristianos, a vos buscamos y queremos que lo seáis ».
[5]
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[1] Máximo Rodríguez : Españoles en Tahití, ed. de Francisco Mellén, Madrid, 1992, Historia 16, Crónicas de América n° 69. El subrayado es mío.
[2] Se trata de una excepcional fuente de piedra negra, de unos 150 kgs de peso, que le entregaron la víspera unos caciques a Máximo como regalo para el Rey Carlos III, y está actualmente en el Museo Nacional de Antropología de Madrid (F. Mellén : « El “umete” de piedra del marae Taputapuatea, de Punaauia (Tahití) », in Revista Española del Pacífico, n°11, año X, 2000, pp. 181-188.
[3] Bougainville, in Le Voyage en Polynésie, op. cit., p. 40 ; M. Rodríguez, Españoles en Tahití, op. cit., p. 207.
[4] Serge Tcherkézoff : « Quand les Polynésiens ont découvert les explorateurs européens au XVIIIème siècle... », in Ethnologies comparées, Montpellier, 2002.
— Tahiti, 1768. Jeunes filles en pleurs. La face cachée des premiers contacts et la naissance du mythe occidental. Papeete, 2004, Ed. Au vent des Iles.
[5] Historia del descubrimiento…, op. cit., I, p. 297.

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