lunes, 25 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 10


-"¿Qué te ha pasado para estar dos años disponible?"
-"Señor, he estado todo ese tiempo en las Juntas de Defensa."
Entonces salió y canceló todas sus audiencias del día, luego regresó y:
-"¿Qué pasa en Infantería?" -inquirió, vivamente inte­resado.
-"Lo principal es el descontento por los méritos de guerra y los destinos."
-"¿Y qué arreglo encontráis para ello?"
-"Para los destinos, que sean por antigüedad, formular una papeleta solicitando ocho; llegada la vacante, el primero que la hubiese requerido, la conseguiría. Los mandos del Cuer­po son del Rey. Para los empleos por méritos de guerra, nom­brar un Juez que instruya un expediente en pro y en contra; el Juez emite su parecer y lo pasa al Consejo Supremo, el cual, una vez aprobado, lo entrega al Ministro y éste lo remite a las Cortes en forma de proyecto de ley."
El Rey quedó suspenso un momento, luego dijo:
-"Dile a tus compañeros que así se hará."
Y así se hizo la Ley de Bases de 1918. Posteriormente el Mi­nistro La Cierva llevó el Directorio del Arma de Infantería al Ministerio de la Guerra en forma de Junta consultiva. Las Jun­tas de Defensa habían muerto.»
Varios años estuvo mi padre en Madrid. Años de vida pla­centera. Allí cambió la Semana Santa y las Ferias por la ópera, la zarzuela y las cupletistas de la época, entre las cuales una de sus preferidas era la famosa Raquel Meyer. Solía irse a pri­mera fila del patio de butacas provisto de un cuadernillo y una pluma estilográfica para tomar la letra de las canciones. Una noche Raquel, entre copla y copla, se le acercó y desde el es­cenario le dijo:
-«No se moleste en tomar la letra de las canciones, las tengo impresas; espéreme a la salida y se las daré.»
Así lo hizo con una preciosa sonrisa. Aquel folleto se con­servaba en casa; cada canción estaba ilustrada con una foto de Raquel.
La ópera, como es natural, era otra cosa; para ir a ella se vestían de punta en blanco. Mi padre tenía un palco con algu­nos amigos, todos ellos socios de la Gran Peña.
Antes del espectáculo tenían la posibilidad de observar a la aristocracia con sus damas enjoyadas y emplumadas con «aigrettes» y abanicos de avestruz. Un portero uniformado y solemne, con una alabarda en la mano, iba anunciando a las diferentes personalidades que entraban. Cuando llegaban ellos, sin perder su empaque ni su seriedad, el portero anunciaba: «Un grupo de señores socios de la Gran Peña.» Estos pasaban luego a ocupar sus puestos en el palco, mas como eran ocho, cada acto le tocaba a uno oírlo de pie. Los verdaderos aficio­nados y entendidos, todo el mundo lo sabía, estaban en el «pa­raíso» provistos de las partituras. A ese público y no al elegante de los palcos y patio de butacas temían los cantantes, pues de sus aplausos o pateos podía depender el éxito de una obra.
A veces tenía mi padre que hacer guardia en Palacio y de los breves contactos que mantuvo con el Rey nació en él una pro­funda simpatía hacia el Monarca. Solía decir que si como Rey se podía discutir su figura, como persona poseía grandes cua­lidades. Nadie podría negarle un gran sentido del humor y va­lentía, cualidades sin duda muy borbónicas, pero también ha­bía heredado la debilidad de dejarse influir por los demás.
Por quien mi padre sentía una gran admiración era por la Reina madre, doña Cristina, a tal punto que le oí decir que más que a su marido, en cuyo breve reinado poco más hay para se­ñalar que su humanitaria y valiente actuación cuando el cólera de Aranjuez, él habría dedicado el monumento del Retiro a doña Cristina. Y relataba un episodio que bien podría servir de lección a muchos gobernantes: en cierta ocasión un Minis­tro se quedó sorprendido al verla leyendo un periódico socialis­ta y, al manifestar su asombro, ella le contestó:
-«Claro, lo bueno que ocurre en España ya me lo cuentan ustedes... quiero saber también lo malo y lo que opina la opo­sición.»

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