miércoles, 3 de julio de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 15

GUSTAVO (continuación)

—  ¿No le ha dicho á Vd. Gustavo las nuevas relaciones que ha adquirido?
—  Ni yo se las he preguntado.
—  No le ha hablado á Vd. de la Condesa...
—  ¡Qué pobre recurso!
—  No trato de buscar un recurso para nada, Señora: sólo quiero devolver a Vd. alguna parte de las penas que me está cau­sando. Pues Gustavo está enamorado perdidamente de la mujer más deslumbradora de Madrid; si esto fuera fingido, valdría muy poco; pero como es cierto, bien puede servirme de venganza.
—  ¿Y bien? si Gustavo está enamorado, lo que no creo impo­sible, jamás oirá de mis labios ni una palabra en contra de la mujer a quien ame, ni una queja ni una súplica a favor de mi amor. Y no por eso dejaré de amarle; el amor y el egoísmo no se parecen en nada. Sepa Vd., señor conde, que aquel es amor verda­dero, que sólo desea la dicha del objeto amado; aunque sea lejos de nosotros, aunque sea en brazos de otra persona. Si Gustavo la ama de veras; si sólo con ella puede ser dichoso, no sentiré tanto que él la ame como que ella no le corresponda.
              Elena, sin procurarlo, se había vengado cruelmente. Al Conde le desesperaba la idea de que existiese un amor tan sublime, sin que él lo hubiese inspirado.
—  Virtud en que no creo, dijo fríamente, queriendo a toda costa producir algún efecto en aquella mujer.
—  No lo dudo.
—  Las últimas palabras de Vd. me han consolado, pues ellas manifiestan que no es de Gustavo de quien Vd. está enamorada.
—  ¡Extraña consecuencia!
—  El amor verdadero en un corazón juvenil, nunca puede ser tan desprendido. Vd. no está enamorada de Gustavo.
—  Pues de quién, ¿Señor Conde?
—  De la imagen de una pasión sublime.
—  Sírvase Vd. explicarse más claro.
—  Lo que a los ojos de un necio seria un amor sublime, a mis ojos no es otra cosa que una sublime vanidad.
—  ¡Señor Conde!
— Vd. se ha figurado que es capaz de sentir una pasión purí­sima; y trata de llenar la imagen que de ella tiene concebida, no por Gustavo, sino por sí misma, para poder Vd. convencerse de que es una mujer sublime. ¡Orgullo, vanidad! Menos vale esa pasión que Vd. manifiesta a Gustavo, que el desprecio con que me trata. No cambio mi posición por la suya.
—    En esa habitación está mi tutor, dijo Elena, retirándose pálida de ira.

El Conde salió tranquilamente de la sala, meditando el medio de perderla.

lunes, 1 de julio de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 13

GUSTAVO (continuación)

— ¡Cuánta crueldad con el hombre que se arrepiente, y que sólo implora que le ayuden, para no apartarse nunca del bien! ¡Cuánta dulzura con el insensato que a pesar de vuestro amor se lanza al precipicio! Si amara a Vd. menos, creería que obraba sólo movida de su  caprichosa voluntad, y no del impulso de la justicia.
—Y ¿quien le ha dicho a Vd. que abrigo la pretensión de ser el premio de la virtud sobre la tierra? Y aunque fuese tan vana, ¿Vd. se figura que así saldría más ventajoso?
Mucho sufriría el orgullo del conde al ver la debilidad de las redes en que pensaba enredar a Elena. Gozaba fama de terrible seductor y así era la verdad; pero nunca había tenido que habérselas con alma semejante a la de Elena. La indomable independencia con que siempre la niña le había tratado, le iba tratado, le iba haciendo formar un bajo concepto de sí mismo, y empezaba a sufrir un agudo tormento desconocido. Casi empezaba a convencerse de que existía la virtud, y esta idea le desesperaba.
El tutor de Elena había sido el administrador, de los bienes que poseía en Salamanca: vino a la corte, y como era natural entraron en relaciones. Prendose el Conde de la lozana  juventud y fresca hermosura de Elena, y según su antigua costumbre, empezó a entretenerse en enamorarla. A medida que fue conociendo el alma enérgica e indomable de la niña, se iba cam­biando su inclinación en un firme y decidido propósito: conoció después el terrible rival que se le oponía y desde entonces el asunto se hizo cuestión de orgullo: el orgullo de un libertino acos­tumbrado a vencer, no habrá cosa que no intente en contra de la infeliz que ha tenido la desgracia de irritarlo. Además, el Conde daba por disculpa de sus inconstancias y perfidias, la poca o ninguna virtud de las mujeres: una mujer virtuosa era por lo tanto una eterna acusación contra él, y ya trataba de perderla, no sólo por el íntimo placer que le resulta a un libertino de pervertir a un alma, sino para justificar de este modo su opi­nión y su escandalosa conducta.
Elena conoció por instinto que el conde valía muy poco, y embebida en los amores del compositor ni aun se tomó la molestia de estudiarlo. Las afinas grandes son como una piedra de toque en que de pronto se conoce la calidad de las almas que las rodean.
Otra joven hubiera necesitado mucho tiempo para conocer, quizás demasiado tarde, lo que a Elena le dijo su instinto en la segunda visita que el Conde la hizo. Una de las cosas que más irritaban al Conde era la facilidad con que Elena se daba inme­diatamente cuenta de la poca verdad de sus palabras.
Aquella mirada tan inocente como penetrante, helaba su corazón y le impedía el ser tan buen actor como él acostum­braba a serlo en semejantes ocasiones. Apenas le restaba medio ninguno que ensayar y sin embargo le era imposible retroceder.
— Pienso, Señora, dijo el Conde, respondiendo a las últimas palabras de Elena, que Vd. no debe pertenecer a la multitud de esas mujeres vulgares que se imponen la obligación de ridi­culizar los afectos que no admiten. El ridículo es un arma tan vil, que nunca esperaba ya verla en vuestras manos inocentes.
— ¿Teme Vd. al ridículo, Señor Conde? Ese temor indica que debe Vd. estar muy fuera de su centro cuando habla de enmienda y de sublimes amores.

El conde quiso mentir con entusiasmo; Elena le miró y permaneció silencioso. Sufría horriblemente, porque en aquel momento se creía estúpido. 

sábado, 29 de junio de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 12

GUSTAVO (continuación)

CAPÍTULO IV
Bandera negra.

— En ese gabinete está mi tutor, dijo Elena, sin aguardar a que el Conde dijese una palabra.
— No seré yo por cierto quien le distraiga de sus ocupaciones, y más cuando sé de seguro que todas ellas redundan en beneficio de su pupila, dijo, sentándose en la misma butaca que había ocupado Gustavo. ¿Le ha dicho a Vd. algo el compositor poeta de su duelo?
—¡Gustavo un duelo! —Elena se puso pálida como la muerte— ¿Cuándo? ¿Por qué? dijo, levantándose de su asiento, y presta a precipitarse en la estancia donde estaba su tutor.
— !Por una mujer!...
— ¡Por una mujer! ¿Dice Vd. verdad, Señor Conde?
— ¡Elena!
—           ¿Por una mujer?
Elena se contuvo, sospechando que el Conde pudiera tener alguna mira interesada en engañarla.
—  Al menos de ese modo se cuenta.
—  ¡Oh! ¡yo no puedo...! — dijo, volviendo a su cruel incertidumbre y queriendo de nuevo llamar a su tutor.
—  Deténgase Vd., señora: así se ha contado, pero todo ha sido exageración.
Elena respiró.
—  ¡Cuánto interés! ¡cuánto amor! increíble parece que tantas perfecciones engendren en Vd. tan poco orgullo. ¿Es por ventura el amor silencioso y desdeñado digno del corazón de Elena?
—                     ¿Vd. me asegura bajo palabra de honor que no es cierto el duelo de que me hablaba?
Apenas pudo el soberbio Conde disimular su despecho.
— Señora, no le amenaza otro duelo que el que Vd. podrá proporcionarle si exagera un punto más el rigor con el que me trata.
—  Y Vd. Señor Conde, que me hablaba de orgullo, ¿podrá admitir la condescendencia con que le escucho, cuándo sabe que la debo al amor que le profeso a otro hombre?
—  Espero que esa condescendencia, que hoy debo a tan odiosa causa, ha de llegar un día que la alcance por mí mismo. De otra suerte, esté Vd. segura de que no la admitiría.
—  Vd. dice que me conoce y que por eso me ama; ¿no encuentra Vd. en mi carácter algo inmutable, algo que destruya esperanza tan ilusoria?
—  El carácter de Elena es  justo y bondadoso, y yo fundo mi esperanza en su bondad y en su justicia. No es posible que Vd. se resigne por más tiempo a ver que se marchitan sin fruto las virtudes de su pecho por la ingratitud de un solo hombre. El alma en quien Dios ha depositado tantos dones, tiene deber muy santos que cumplir sobre la tierra y Vd. …
—  ¿Irá Vd. a sacar por consecuencia, señor conde, que mi deber es amarle?
Esta ironía hizo palidecer al conde de rabia.
—  Elena, si hubiera un hombre que hubiera dudado del amor, de la virtud y de la eternidad; si hubiera un hombre sumido en las tinieblas, sediento de luz y fundando la esperanza de su regeneración en el amor de una mujer; ¿no fuera egoísta y criminal esa mujer, si le dejase sumido en el abismo, por no iluminar su alma con una parte siquiera del amor que tributa al hombre que al despreciarla se aparta de la virtud y de la fe?

— Y esa mujer ¿seguiría siendo tan sublime a los ojos de ese hombre, después que se enamorase de un licencioso? Y ese hombre ¿si de las primeras muestras de su arrepentimiento, exigiendo la perfidia de una mujer?

jueves, 27 de junio de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 11

GUSTAVO (continuación)

Elena reprimió su llanto, no por otra causa sino por el dolor que causaría a Gustavo el ver correr unas lágrimas que no podía enjugar. Gustavo, que era joven y bueno, condolido de la penosa situación de su hermanita, empezó a llorar; los ojos de Elena se convirtieron en dos fuentes ¡Escena rara e incompren­sible! Elena vertía lágrimas de dolor porque no era amada, y Gustavo lloraba porque no podía amarla como él quisiera y ella.
—  ¡Amar a otra mujer...!
—    No será difícil: tú a cualquier mujer inspirarás un amor digno de ser correspondido. Y, ¿quién sabe? Quizás me ames algún día, pero me dice el corazón que será tarde. Pero... tu exaltada imaginación te saca de ti mismo con mil fantasmas deslumbradores que te arrastran en pos de sí; empiezas a sospe­char que son mentidos; pero no tienes valor para resistir a la tentación de someterlos a la experiencia; después de esa prueba ¿quién me asegura que tu corazón quedará capaz de corresponder a un amor como el mío? ¡Ay Gustavo! En tu grande imagina­ción yo no veía al principio más que una fuente Inagotable de placeres para la mujer a quien amases: hoy en ella contemplo el enemigo eterno de tu tranquilidad y de tu dicha. Por ti lo siento. ¡Qué vida tan inquieta y azarosa te aguarda! Si alguna vez se apaga ese fuego voraz que te consume, y que, lejos de alumbrarte, oscurece el camino de tu felicidad, no sufras entonces de nuevo con el recuerdo de las penas que me has causado. ¡Yo te las perdono de todo corazón y conozco sinceramente que no ha estado en tu piano el evitarlas!... Además, Gustavo, en el fondo de mis penas encuentro cierto placer melancólico que no deja de tener sus encantos para un alma como la mía…Yo viviré con el recuerdo de lo pasado, de los primeros años que nos conocimos. ¡Qué necia, Gustavo! ¡yo creí que habían de venir otros años mejores!... me figu­raré que tenía un amante tiernísimo que se ha muerto, y que mi vida debe reducirse a pedirle al cielo que lo salve. Pero tú... ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Elena levantó al cielo sus brillantes ojos, que volvieron a inundarse de generosas lágrimas.
Gustavo no podía ya llorar: estaba espantado de sí mismo, y maldecía mil veces su corazón, que en aquel instante latía silencioso y frío.
— ¡Elena, por Dios, no me anonades más con el peso de tu grandeza!... Hablas de mi asaltada imaginación, y es la tuya la que perturba nuestra dicha. ¿Qué otra cosa es el autor que este afecto tiernísimo que nos une? ¿Yo, no soy desgraciado, cuando tú sufres? Entonces ¿quién te asegura que no te amo?
— Mal comprendes el amor, Gustavo: nada ganaría mi feli­cidad con que examinásemos el afecto que yo te inspiro.            Reinó un instante de silencio.
— ¿Cuándo estrenan tu ópera?
Esta última frase era el candado del corazón de Elena. Gus­tavo lo comprendió de este modo, y no quiso cometer la crueldad de contestarla. Se levantó de su asiento y empezó á pasearse por la sala.
Elena permaneció silenciosa y pensativa.
—¡Qué soledad me aguarda, aun en presencia de Gustavo!
En este momento sonó la campanilla: Gustavo tomó el som­brero.
— ¡Hasta mañana!, dijo, sin acordarse del tutor. Elena no pudo contestarle.
—                     EI Conde de San Román — dijo un criado anunciando.

—                     ¡El Conde aquí! murmuró Gustavo. Elena no pareció turbarse. Una sospecha horrible brotó en el corazón del artista. El conde apareció en la puerta, y Gustavo se retiró, después de saludarle ligeramente.

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 11

GUSTAVO (continuación)

Así un pintor, al acabar de trasladar al lienzo la dulce y consoladora imagen de una virgen, en vez de adorar a la mujer que le sirvió de modelo, se enamora exclusivamente de la pin­tura.
Por otra parte, Gustavo entraba por primera vez en Madrid: su imaginación se había desencadenado, y su ambición de gloria empezaba a satisfacerse, y él necesitaba representar en una mujer los encantos y turbulencias de su nueva vida. La modesta Elena no podía representar este papel.
Porque ¡cuán diferente era el amor de la joven!; Si Elena hubiera conocido a Gustavo después de haber adquirido la gloria que ya le circundaba, le hubiese admirado en el fondo de su corazón, pero su natural modestia le hubiera impedido el amarlo; le conoció niño, y aunque desde luego presintió su gran­deza, entonces no le espantaba, porque Gustavo se la hacía comunicable con la espontaneidad del niño.
Aquella mezcla encantadora de mancebo candoroso y de hombre grande, despertó exclusivamente para el amor toda la adormecida existencia de la niña; después de conocer a Gustavo, delante de otra cualquier persona sentía muerta la mayor parte de su alma; sólo la luminosa mirada del compositor poeta, que siempre revelaba algún grande pensamiento, lograba infundirle vida. La peligrosa franqueza con que Gustavo le comunicaba sus gran­diosos planes, exaltaba su virgen imaginación con las más dulces esperanzas, y lejos de despertar su orgullo, manifestándole que ella era capaz de comprender sus grandes pensamientos, sólo en ella veía una muestra de la bondad y modestia de su amante; nuevo encanto que acrecentaba su amor. Elena se juzgó amada.
Ella había visto un lindísimo cuadro que representaba un soberbio león a quien Cupido conducía a su antojo, sin otro freno que una hebra de seda. La idea de que ella representaría en la brillante existencia del compositor poeta el papel del niño alado, inundaba sus ojos en lágrimas de ternura, de amor y felicidad.
Finalmente, acostumbrada a vivir delante de los ojos de su amante, el día que de ella los apartara, no sabría la pobre niña para qué pudiera servirle la existencia.
Pocos meses antes de salir Gustavo de Salamanca, murió una anciana que había servido de aya a Elena: su tutor, con el pretexto de aliviarla de la grave melancolía que esta desgracia le había producido, vino a establecerse a Madrid; otro en realidad era su objeto; pero más le valiera no haber salido nunca de Salamanca.
—  ¡Nada me dices, Elena! —dijo Gustavo, como dando a entender que él había callado, no por otra cosa, sino por que aguardaba a que ella hablase la primera– tu silencio me castiga más cruelmente que pudieran hacerlo tus palabras.
— ¿De qué sirven las quejas, Gustavo? Además, si tú tuvieras alguna disculpa satisfactoria que darme, no esperarías a que yo me quejase: cuando tú me la callas, más me valdrá no saberla.
— Elena, ¿de dónde nace la nueva reserva con que me tratas? ¿Es acaso que tu orgullo no te consiente tratar con igual franqueza al autor celebrado que al estudiante oscuro?

—  ¡Mi orgullo, Gustavo! ¡no me insultes! estudia tu corazón, y en él encontrarás la causa de mi reserva. En otro tiempo, es verdad, no había secretos entre los dos: poco me importaría que tú penetrases cuanto está pasando en un corazón; pero dime: ¿tú te atreverías a manifestarme lo que pasa en el tuyo? No: no te atreverías, y yo te lo agradezco. Ya lo ves, Gustavo, no hay miedo de que pierdas un afecto, pues la misma razón porque otra dejaría de quererte, a mi me esfuerza a quererte más. Quizás esto sería para ti una desgracia. 

martes, 25 de junio de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 10

GUSTAVO (continuación)


CAPÍTULO III
Elena
…. Su alegría,
es el nacer del Sol; si mira triste,
es la tristeza, con que muere el día.
(Selgas.)

Antes de haber escuchado los saludables consejos del Tutor, con mucho recelo se hubiera presentado Gustavo delante de Elena, temeroso de que hubiera conocido en sus ojos la verdadera causa de su ausencia, y aunque él todavía no sabía darse cuenta de cuál había sido, por el conato que instintivamente ponía en ocultarla, debemos sospechar que no era muy buena. Pero se hallaba en este momento tan poseído de las sublimes máximas del tutor que conociendo que en su flexible fisonomía debía reflejarse lo que pasaba en su alma, no temía ya la mirada de la niña, esa terrible mirada de la mujer que nos ama y que lee en nuestros ojos el secreto más íntimo del corazón.
Ostentando en su frente los nobles sentimientos que le domi­naban, como pudiera una corona de laurel, se adelantó Gustavo a recibir á su hermanita, como él solía llamarla.
— ¡Perdón, Elena!: —la dijo, tomándole cariñosamente la mano.
— Mal empiezas, Gustavo; —respondió la niña, sonriendo con tristeza y dulzura— pues tu primera palabra indica que me has ofendido.
— ¡Ofenderte, Elena! ¡Grande deberá ser el castigo del que te ofenda!
— Mal demuestras que así lo crees, cuando tan poco cuidado pones en evitarlo. En fin, siéntate, si es que no estás deprisa.
Estas últimas palabras, después de dos días de ausencia, encer­raban toda la crueldad de que era capaz el corazón de Elena.
Sentaronse los dos: Elena en el sofá y Gustavo en la butaca más inmediata.
Reinó un momento de silencio, que entristeció profundamente el corazón de Elena. «Gustavo no sabía qué decirla»; esta idea helaba la sangre de la joven.
Mil veces en Salamanca había presenciado tranquila las profundas y silenciosas meditaciones de Gustavo: «Después me dirá lo que piensa», solía decirse; y halagaba dulcemente su orgullo el considerar que a su presencia concibiese el artista sus mejores pensamientos.
Hoy le observaba pensativo, y la pobre niña no se atrevía a preguntarle cuál era el objeto de sus meditaciones.          «Rompiose la celeste armonía que reinaba en nuestras almas, y Gustavo y yo ya no somos una misma cosa», dijo para sí, apoyando sobre una mano su cabeza, llena de melancólica hermosura.
Gustavo quería consolarla, pero era incapaz de mentir, y no podía pronunciar la palabra que Elena necesitaba para salir de su profunda tristeza,

Gustavo nunca había amado a Elena; si acaso, la había querido como a una hermana. La conoció antes de ser célebre, y entonces era imposible que él hubiese amado a ninguna mujer. Explica­remos esto. El hombre que ha concebido la ambición de la gloria, no puede concebir ninguna otra pasión secundaria; la satisfacción de todas la remite al día en que consiga satisfacer la principal; no quiere entonces exigir el amor de ninguna mujer, por que se figura que no ha de inspirarlo tan intenso, tan entusiasta, tan sublime, como el día que lo exija con la frente ceñida de lau­reles; se le figura que entonces no existe o consiste, sino que está traba­jando para nacer, y no quiere gastar su corazón, para entregarlo virgen a las grandes emociones que su gloria satisfecha ha de proporcionarle. Nunca Gustavo hubiera sentido dentro de su alma melodías tan dulces y melancólicas, si antes no hubiera conocido el sublime carácter de Elena. No puede un genio, por inspirado que sea, conocer en la soledad y por sí solo el corazón humano. Elena era un libro precioso donde el artista leía diariamente todos los misterios, todos los encantos, toda la gran­deza de un alma sublime y enamorada; muchos cantos, de su ópera no eran otra cosa que la sencilla expresión de los senti­mientos de Elena: todo su mérito consistía en haber sabido interpretar sus miradas; pero el insolente artista imaginaba que todos sus pensamientos eran hijos exclusivamente de su genio, y que Elena no era más que la casualidad que se los desarrollaba.

domingo, 23 de junio de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 9

GUSTAVO (continuación)

— ¡Ese es un nuevo ultraje! —respondió el tutor a las últi­mas palabras de Gustavo— estar sin vernos dos días y parecerle poco tiempo
— ¿Y mi hermanita?
— Si ¡contenta tendrás a tu hermanita! ¿No la has visto en la sala?
— No, Señor.
— Pues ya vendrá. Siéntate. No te pido cuentas del tiempo que hace que no nos vemos, ni te doy quejas; porque yo conozco tu genio bondadoso, y esto sería obligar a que nos visitaras dia­riamente, lo que en estas circunstancias te sería molesto, y tanto tu hermanita como yo sufriríamos mucho al ver que nos visitaba por bondad, quien siempre nos ha visitado por cariño.
—  ¿Merezco tanta crueldad? ¿No es disculpa...?
—  Sí; ¡no hablemos más de ello... pero esta es la primera vez que te veo buscar disculpas...! ¡si vieras que mal efecto me hace! —dijo el tutor enternecido y no pudiendo a pesar suyo pasar ligeramente sobre un asunto que era para él harto interesante. Comprendió Gustavo que el enternecimiento del anciano por causa tan leve, no era nacido de lo que había pasado, sino un triste presagio del porvenir. Gustavo recordó que efectivamente había vivido dos días completamente olvidado de aquella familia que siempre había sido la suya «¿qué vida, dijo para sí, es la que me aguarda, cual es el fin que en ella me espera, cuando empieza por robarme los afectos más nobles de mi corazón?».
              Esta reflexión cubrió de un tinte melancólico la frente del artista. Llegose al tutor, y tomándole la mano, le dijo con cierta solemnidad:
—  Padre, por Dios, respóndame Vd. la verdad de lo que voy a preguntarle: ¿cree Vd. posible que yo deje de ser lo que siem­pre he sido? Vd., que ha estudiado mi carácter ¿no encuentra en él algo que le convenza de que es imposible que mi corazón se mude?
              Al decir esto Gustavo, se marcaba en su fisonomía un temor tan grande de ser malo, que el tutor, ya repuesto y seguro, se apresuró a tranquilizarlo:

— Sosiégate, Gustavo: efectivamente, hay en tu alma una ten­dencia al bien tan constante e irresistible, que ella espero que en las mayores tempestades sabrá sacarte a puerto seguro. Sin embargo, es preciso no descuidarse; y ahora mucho menos. Así como hay ocasiones en que los poros están abiertos y las enfer­medades físicas se adquieren con más facilidad, de la misma manera en algunas ocasiones de la vida, abierta el alma a toda clase de sensaciones, puede recibir heridas incurables que deciden de la existencia del hombre. Tu corazón es bueno; pero es muy exaltable tu fantasía, y una imaginación grande es una eterna tendencia a la desorganización. Examina bien las nuevas perso­nas que te rodean antes de hacerlas dueños de tu afecto: mira que todo ha de parecerte ahora bello, y poner el cariño en una persona indigna, no es solo sufrir un desengaño, sino concebir la duda, enfriar el corazón y cerrarse la puerta a todos los nobles afectos; si; ¡una vez concebida la duda por uno de esos hombres que se gozan en analizar el corazón humano, no se desvanece jamás¡ Perdona si me atrevo al darte consejos: tú tienes más talento que yo: si los acontecimientos de la vida se presentasen juntos, bastaría una mirada tuya para comprenderlos todos; pero como esto no sucede así, siempre el talento deberá escuchar la voz de la experiencia. Examina muy detenidamente la persona de quien vayas a recibir beneficios; no te ofendas; un corazón generoso admite favores con facilidad, porque no le asusta la idea de recompen­sarlos; pero ten entendido que a todos los hombres se les pue­den hacer beneficios, pero de muy pocos se pueden recibir. Finalmente, Gustavo, ten presente que la fortuna todo lo gobierna a su despótico arbitrio; sobre todo ejerce su imperio; puede hacer a los hombres más opulentos o más pobres; pero nunca podrá destruir la paz imperturbable que reina en el corazón del hombre que siempre ha sido honrado.
Gustavo, profundamente conmovido por las palabras del viejo, recordó el discurso del Conde y avergonzose del buen efecto que le había producido. La imagen de Séneca y de Catón cruzó por su mente.
El tutor quedó, muy satisfecho del buen resultado de sus con­sejos. El pobre ignoraba que también quedaron satisfechos Gui­llermo, Moncada y el Conde.
En este momento se dejaron oír en la vecina sala las blandas pisadas de Elena. El tutor tomó la pluma, como para advertirle a Gustavo que podía salir a recibir a su hermanita y aun hablar con ella en la sala.

Así lo comprendió Gustavo, y así lo hizo.