viernes, 15 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 5

Leonardo Castelló, natural de Guadalcanal y que pasó su vida en Filipinas. La imagen debe datar aprox. de 1870-1880. (fotografía cedida por Isabel Krsnik Castelló)

-«Don Leonardo... mire usted la piedra que me he encon­trado.»
-«Es muy interesante... te lo agradezco mucho.»
-«El caso es, don Leonardo, que yo venía a ver si usted podía...» Y seguía la petición de dinero.
-«Coño! ¡No venís más que a eso! Bueno. ¿Cuánto nece­sitas?»
Daba el dinero, le hacía firmar un recibo al sablista... y allí se quedaba el papel olvidado bajo una piedra y mucho polvo, pues jamás consentía que asearan su sacrosanto despacho.
¿Qué escribía? Versos, más o menos jocosos, y cartas. Casi a diario enviaba largas misivas a su hermano José María, que residía en Constantina, un pueblo cercano. Para ello requería las habilidades de un amanuense, don Buenaventura, que se encargaba del cometido con perfecta caligrafía.
Cada día las sirvientas de la casa le presentaban a mi abuelo la cosecha de huevos recogida en el corral.
-«Está bien... Dejad el cesto aquí» -y aquí era la mesa del despacho. Y allí se quedaba. El cesto debía estar sobre su mesa, como si su dueño fuese un celoso vigilante de todos los productos comestibles de la casa; una manía más, pues además de Eulalia todo el mundo sisaba en aquella bendita casa, hecho que él seguramente no ignoraba. El pobre don Buenaventura, a quien sus habilidades caligráficas debían reportarle muy po­cos beneficios, cogía cada día, antes de despedirse, dos o tres huevos y los metía con disimulo en su sombrero bombín.
-«¿Manda usted algo más, don Leonardo?»
-«Nada más... puede usted marcharse.»
-«Pues hasta mañana... que lo pase usted muy bien, don Leonardo.»
Y se ponía rápidamente el sombrero. Mi abuelo le dejó hacer una temporada y, más por gastarle una broma que por darle una lección, un día se lo quedó mirando muy serio: -«Le está a usted chico ese sombrero.» Y uniendo la acción a la palabra le dio un manotazo al bombín calándoselo hasta los ojos. Todo un carácter, mi abuelo.
Ante la insistencia de Leonardo Castelló para que los dos hermanos estudiasen la carrera militar, mi padre, que sentía por él un entrañable cariño, accedió. A mi tío Pepe, cuyo des­interés por el estudio era notorio (se había escapado del inter­nado de Sevilla y regresado a la casa paterna en un estado lamentable), lo envió a su finca de Santa María. Así, a la fuer­za, se hizo labrador y hasta llegó a gustarle el campo.
Se casó Pepe, en vida aún del padre, con una señorita que pertenecía a una de las mejores familias del lugar: Dolores Perea. Era bastante inteligente, no muy guapa y algo mayor que él. Aportó al matrimonio varias fincas que su marido supo administrar. No tuvieron hijos: Dolores tenía un quiste en la matriz y no se atrevió a operarse, cosa que le pesó con el trans­currir de los años y notar el vacío de un hogar sin niños. Tenía dos hermanas, la mayor dio un campanazo casándose con un ex-seminarista a quien, por llevar gafas, le apodaban «Crista­les»; era mucho más joven que ella. Parte de la familia repudió este casamiento y le hizo el vacío. La tercera hermana se lla­maba Julia; se casó con un médico con el que tuvo dos hijos. Era una mujer guapa, ligeramente entrada en carnes, morena y de hermosos ojos. Con el tiempo llegó a ser obesa, lo que no tenía nada de particular dado que Julia no hacía más que comer y dormir; en verano se acomodaba en una mecedora y si al­guien intentaba entablar conversación con ella cortaba el in­tento de diálogo siempre con la misma frase: « ¡Ay, no hables!... Con el calor que hace... Vamos a pensar... » El pensar consistía en ponerse un pañuelo sobre la cara para que las moscas no la molestasen y poder echarse un sueñecito. En invierno cam­biaba la mecedora por una mesa camilla y una butaca. Llegada la hora de comer, todos los días repetía la misma cantinela: «Que me frían un huevo para terminar el chorizo... que me traigan un poco de chorizo para terminar el huevo.»
Así que, a fuerza de «pensar» y de pedir huevos para terminar el cho­rizo y chorizo para terminar el huevo, su belleza se fundió en un mar de grasas hasta tal punto que no podía caminar si no lo hacía apoyada en alguien. Al morir su marido, víctima de su deber como médico durante la epidemia que azotó Europa después de la guerra del 14 y en vista de que Julia no servía más que para hartarse de comida, Dolores decidió llevarse con ella a uno de sus hijos, Paquito, al que Pepe y ella quisieron y educaron como a su propio hijo. A la muerte de Dolores, Pa­quito heredó su fortuna y el marido los bienes gananciales. Pepe, a su vez, hizo testamento a favor de su hermano. Había vendido la finca de Santa Marina y con el importe de lo que le correspondía de esa venta y la herencia, compró la finca de San Miguel de la Breña.
Los primeros años de la República fueron malos para el campo. San Miguel debía ser pagada a plazos. Tío Pepe temió no poder hacer frente a aquéllos y pidió consejo a mi padre...
-«Que no se enteren en el pueblo de que estás mal de di­nero porque entonces dejas de ser don José y te conviertes en Pepito. Yo te ayudaré.» Así lo hizo, con una cifra increíble para la época: 100.000 pesetas.
Mi abuelo había muerto en 1900. Padecía asma, secuela tam­bién de su estancia en Filipinas y tuvo un ataque de tos yendo montado en mula; cayó y se partió varias costillas. Cada vez que tosía se le clavaban en los pulmones y en ese estado sobre­vivió varios días. Mi padre estaba en época de exámenes y no quisieron avisarle. Don Leonardo Castelló murió sin ver a su hijo preferido. Aceptó la muerte con la tranquila serenidad de los que han vivido intensamente. Había conocido las noches y los días bajo otros cielos, apurando hasta el final placeres, emo­ciones y luchas de la vida. Hizo dinero, pero desordenado en todo, no había hecho testamento. A los que le recogieron de su caída mortal les había preguntado cuántos eran; contestaron que cuatro, justo los que necesitaba para hacer testamento verbal in artículo mortis. Legó la finca de Santa María a sus hijos José, Luis y Elena. A un hijo natural que tenía en Sevilla le dejó una casa que allí poseía. Su fortuna, aquella fortuna que no se preocupó de administrar, había quedado muy mer­mada.

miércoles, 13 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 4




El duro clima de Filipinas le hizo padecer unas fiebres y, como consecuencia de ellas, perdió su dentadura. Como los dientes caídos estaban perfectamente sanos, se hizo con ellos una dentadura postiza y cuando, ya entrado en años, le pregun­taban los conocidos si era suya la dentadura, saltaba una franca carcajada y decía:
-«Vaya si es mía! ».
Regresó, pues, a España con sus dientes postizos, una buena fortuna y un hijo natural: José, producto de sus amores con una joven de muy buena familia. Los padres de la muchacha la alejaron de Manila durante varios meses para que diera a luz en el más absoluto secreto. El niño fue enviado a su padre en una cestita forrada, sin más explicaciones. Mi abuelo se quedó con la criatura... la reconoció como suya y en la partida de nacimiento figuró con sus dos apellidos y de madre desco­nocida.
Instalado en su pueblo, Guadalcanal, se compró una finca a la que no iba más que para cazar. A veces se presentaban los pastores en su casa con aire compungido: «Don Leonardo... se han muerto tres ovejas... » y como prueba de ello le llevaban las orejas y los rabos.
-«Vaya por Dios!» -exclamaba y sin darle la mayor importancia al asunto añadía:
-«Oye, ¿cómo está aquello de caza?»
En Guadalcanal conoció mi abuelo a Carlota Pantoja y se casó con ella. La recuerdo vagamente como una señora bajita y regordeta. Dicen que era muy graciosa y buena persona. Cuan­do se separaron, mi abuelo se ocupó de la educación de mi pa­dre y una hermana.
Para regentar la casa se trajo mi abuelo a una sobrina lla­mada Eulalia. Según las malas lenguas, tuvo amores con él, cosa muy posible dada su afición a las mujeres. Lo que dura­ron aquellos amores lo ignoro; el caso es que Eulalia, ya mar­chita, fea y flaca, siguió desempeñando las funciones de ama de llaves distinguida... sin cobrar un céntimo, pero sisando a su gusto en la casa de don Leonardo Castelló. Gozaba Eulalia de un malísimo genio. Contaba mi padre que durante su infan­cia recibió muchos cachetes de aquella mujer. Al fin, harto ya, un día en que ésta le levantó la mano para castigarlo, él se la cogió al vuelo y fue ella quien recibió la bofetada. Tiempo le faltó a Eulalia para irle con la queja a mi abuelo, quien tomó la defensa de su hijo:
-«Con no volverle a pegar tiene, Luis ya es un hombre.»
Solía pasar temporadas en aquella casa una hermana de mi abuelo, Ángela, viuda de un ingeniero austriaco, el tío Sultz. Era una mujer guapetona, simpática e ignorante, pese a haber via­jado por muchos países con su marido. De Brasil se había traído un loro impertinente que hablaba portugués. Tenía el defecto de ser muy curiosa y uno de sus mayores placeres con­sistía en apoyarse en el reborde de la ventana de su habitación, situada en el piso bajo, y detener a todo el que pasaba para preguntarle a dónde iba, de dónde venía, qué llevaba en los serones de la burra, etc. Había quienes daban un largo rodeo para evitarla y así eludir el interrogatorio.
Angela y Eulalia se odiaban. Nunca se dirigían la palabra pero aprovechaban las horas de las comidas para lanzarse in­directas muy directas que empezaban invariablemente por: «Yo sé de una persona... ». Al cabo de un rato, mi abuelo, harto, pegaba un puñetazo sobre la mesa, lanzaba un taco y las man­daba callar.
El despacho de Leonardo Castelló era algo digno de ser visto: en un rincón estaban sus escopetas de caza y en otro una biblioteca con algunos libros y una mesa despacho abarro­tada de papeles... y de piedras. Era una de sus manías: colec­cionar piedras a las que invariablemente les encontraba algo especial. Sabiendo esta afición, todo el que tenía que pedirle algún favor se echaba el primer pedrusco que encontraba al bolsillo y se iba a ver a mi abuelo.

lunes, 11 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 3


-«... Dábamos la razón a papá que fue quien me imbuyó la idea de la milicia»-, dice mi padre en el prólogo dedicado a su hermano José. En realidad, mi abuelo, Leonardo Castelló, hubiese querido que sus dos hijos fuesen militares... pero mi tío Pepe no tenía vocación, no ya militar, sino que carecía de ella para cualquier clase de estudios. Fue expulsado de todas las Academias preparatorias. La razón que tenía mi abuelo para querer que sus dos hijos siguiesen la carrera de las armas se debía a que, por el hecho de haber vivido en Filipinas, lo había deslumbrado el prestigio de que allí gozaban los Gobernadores Militares:
-«Luisito... ¡Si vieses cómo vivían allí! ¡Como autén­ticos virreyes!».
Y entonces les contaba que cuando un misio­nero quería inculcar la idea del poderío de Dios en los indígenas les decía:
-«Dios puede más que el Obispo». Los oyentes per­manecían indiferentes.
-«Más que el Papa»-. Seguía el audi­torio sin inmutarse.
-«Más que el Rey» -... Igual indiferen­cia acogía sus palabras...
-«Más que el Gobernador Mili­tar! » ...
Y entonces todo el público caía de rodillas como lo hacía ante tan importante personaje.
Era un ser curioso Leonardo Castelló, todo un carácter, un verdadero personaje de novela con sus grandes cualidades y sus grandes defectos. Nació en el seno de una familia burguesa pero sin grandes medios económicos. El apellido, según parece, pro­cedía de Sicilia y he conocido a ancianos que nos llamaban los Castelló, sin el acento que españolizó el apellido. De joven emigró a Filipinas. Don Adelardo López de Ayala, a la sazón Ministro de Ultramar, protegió a los dos hermanos Castelló; Ismael marchó a Cuba y Leonardo lo hizo a Filipinas. Consti­tuía una odisea partir entonces a tan lejano país; los barcos tardaban varias meses en hacer la travesía, pero los funciona­rios españoles, una vez instalados en aquellas tierras, cobraban el doble que en la Península.
Mi abuelo era un simple funcionario de Hacienda; sin em­bargo, con el tiempo, llegó a ocupar cargos muy importantes, como el de Director General de Aduanas v Presidente del Tribu­nal de Cuentas por lo que cobraba 30.000 pesetas oro al año, que equivalía al doble en plata; con casa, servidumbre y coche por cuenta del Estado. En cierta ocasión le dijo a mi padre:
-«Luisito, ¿quieres creer que me he venido sin saber si era honrado o no? Yo estaba muy bien pagado; las cantidades que pasaban por mis manos no me tentaban... ¡Puede que no hayan dado con mi cifra! »
De su vida en Filipinas contaba episodios muy divertidos... que no sé hasta qué punto eran ciertos o fruto de su invención. Vivía con un compañero llamado Escalera en una casita de bambú tras la cual corría un riachuelo. Tenían a su servicio un criado nativo cuya única vestimenta consistía en un calzón cor­to. Este hacía las croquetas alisándolas... sobre el muslo. Ante el gesto de asombro o de repugnancia del auditorio, mi abuelo decía en defensa de su cocinero: -«No sé qué diferencia podía haber entre la mano de una cocinera... que bien podía estar sucia, y el muslo de mi filipino que se bañaba varias veces al día en el riachuelo que corría tras la casa. Cuestión de costum­bres... »-. Lo más difícil de admitir era la del chocolate. Pa­rece que Escalera era un hombre de genio fuerte y muy impa­ciente; acostumbraba a desayunar un chocolate y exigía que se lo trajesen nada más pedirlo. «Yo me maravillaba -contaba mi abuelo- ante el hecho de que, nada más despertarse y gri­tar ¡El chocolate! a los pocos minutos el criado se lo llevara calentito... Hasta que una mañana, habiéndome levantado muy temprano, atisbé por entre las cañas de bambú y vi cómo nues­tro cocinero tenía puesta la leche a fuego lento en la cocina. En cuanto Escalera, con su habitual impaciencia, gritó ¡El cho­colate!, el cocinero se metió las pastillas en la boca, las masticó, las echó en la leche caliente y tras remover el líquido espeso con una cuchara de palo, le presentó el desayuno a mi amigo.»

sábado, 9 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 2


Este libro no relata únicamente acontecimientos históricos relacionados con la guerra civil española; no es tampoco una novela en la que se entremezclen hechos ficticios y reales. Es una historia auténtica, vivida en una época dramática e ínti­mamente ligada a la catástrofe que dividió a España.
Mi padre escribió sus memorias entre 1936 y 1937 estando refugiado en la Embajada de Francia. Al abandonar España, con nombre supuesto y pasaporte francés, juzgó más prudente quemarlas. Ya en Francia, las volvió a redactar... para destruir­las de nuevo durante la ocupación alemana. Las escribió por tercera vez mientras duró su reclusión en las Prisiones Militares de Madrid y se las confió a un amigo, a quien no se las reclamó una vez obtenida la libertad; el amigo murió y las memorias se buscaron entre sus papeles sin conseguir hallarlas.
Debido a mi insistencia, casi veinte años después y sin áni­mos para redactarlas nuevamente, conseguí que mi padre me dictase unas cuartas memorias... pero éstas, lamentablemente, son más breves y obtenidas un poco a regañadientes.
Ayudada por algunos apuntes manuscritos y por sus relatos he querido reconstruir sus vivencias durante la guerra, el pe­noso exilio y los años que siguieron a su retorno a España. A todo ello he unido los recuerdos de una época que se quedó cruelmente grabada en mí.

---------- I ----------

Nació mi padre en marzo de 1881 en un pueblo de la pro­vincia de Sevilla lindante con Extremadura, Guadalcanal.
La vocación primera de mi padre fue la medicina, pero mi abuelo le quitó la idea de la cabeza:
-« Médico, ¡Vas a ser el esclavo de las demás!»-.
Y, como decía mi padre con socarro­nería:
-«Como carrera independiente me escogió la militar».
Ascendió a Comandante a los treinta y dos años por méri­tos de guerra, procurando tener el menor número de bajas en los combates, lo que debo señalar como meritorio, ya que en aquel entonces había salido una ley mediante la cual se ascen­día de acuerdo con el mayor número de bajas acaecidas en los combates. Ganó tres cruces rojas del Mérito en Campaña y a los cincuenta años era uno de los Generales más jóvenes de España.
Su carrera se vio truncada por la guerra civil.
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«A mi hermano José.

Querido Pepe:

Tú que hiciste las veces de padre conmigo al fallecer el nues­tro; tú que fuiste siguiéndome paso a paso a lo largo de mi carrera y te vanagloriabas de mis éxitos, tú no podrás leer estas líneas pero a tu memoria dedico lo que escribo.
¡Cuántas veces, al recordar esos éxitos, dábamos la razón a papá que fue quien me imbuyó la idea de la milicia! A través de tantos años vividos entre mis compañeros de armas, éstas me dieron pruebas de afecto, de confianza en momentos difíci­les, y yo, por noble emulación, consagré a la milicia todos mis amores.
Hasta el final de 1935 puede decirse que la fortuna llevóme de su mano, y los mandos que tuve y puestos de confianza que desempeñé parecían como dados por un hada que me tuviese bajo su manto protector. Más de pronto, y sin que mi voluntad tuviese parte, un cambio brusco se produce en 1936. La guerra civil, en lucha fratricida, nos coge a ambos. Sucumbirías tú a manos de asesinos y, felizmente para ti, no viste los horrores que yo he presenciado y cómo sufrimos los seres a quienes tú más querías.
A lo largo de esos interminables años conocí la pobreza que papá y tú estabais muy lejos de imaginar que yo pudiese padecer.
Más a lo largo del calvario sufrido, del cual son pináculo los años de exilio, se acrecentó mi amor a nuestra patria, pues nada aumenta tanto ese amor como la ausencia.
De mis compañeros conocí la ingratitud; pude y no quise hacerles daño, acordándome de un pensamiento de Jules Ferry: « Por encima del éxito, más alto que la misma gloria, está el sacrificio.» Ellos han medrado y yo estoy hundido. Llevo todo, Pepe, con digna conformidad; sólo lamento que mis hijas pa­dezcan penas, mas creo haberlas forjado en mi temple de alma.
En este momento pienso en los días venturosos del pasado, en la tristeza del presente, en la incertidumbre del porvenir. Sea como Dios quiera: para conocernos a nosotros mismos, como dijo Musset, es preciso haber sufrido; por ello sé de lo que soy capaz.
Cuando vaya al pueblo donde tú reposas, haré mi primera visita a tu tumba.
Hasta entonces se despide de ti

Luis.»

jueves, 7 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 1

Dolores Castelló Gauthier rindió homenaje a su padre, escribiendo este libro que ella llamó "Retazos de la vida del General Castelló", y que ahora vamos a publicar por capítulos.
Dolores Castelló nació en Larache y bautizada en Alcazarquivir, donde estaba destinado su padre como Gobernador Militar.

PRÓLOGO

Entre los recuerdos más entrañables de mi infancia en el Madrid del final de los años 40 figura, de una manera destaca­da, el del General Castelló. Aunque lo vi sólo en contadas oca­siones, lo recuerdo perfectamente, y además, era un personaje que aparecía frecuentemente en la conversación entre mis pa­dres. El General Castelló había sido Subsecretario del Ministe­rio de la Guerra durante 1934 y, como tal, colaborador directo de mi padre, Diego Hidalgo Durán, que ocupó el cargo de Mi­nistro durante más de diez meses en ese agitado año, sobrevi­viendo a cuatro crisis ministeriales, enfrentándose con la revo­lución de Asturias y el levantamiento catalán de octubre, y sien­do el Ministro que ocupó su cargo durante más tiempo seguido en la Segunda República. Además del cariño recíproco entre el General Castelló y mi padre, había una poderosa razón para que se hablara tanto de él en nuestras conversaciones familia­res: la lucha en la que participó mi padre para conseguir el indulto de la pena de muerte que pendía sobre el General. Es de todos conocida la importancia histórica que alcanzaría en este período el General Castelló, que llegó a ser Ministro de la Guerra precisamente en el comienzo de la guerra que se inició el 18 de julio de 1936.
Cuando hace tres años recibí la llamada de Dolores Caste­lló Gauthier, hija del General y doña Margarita Gauthier, y ésta me anunció que había un libro escrito por su padre y adaptado por ella misma después de la muerte del General, me apresuré a pedirle que me lo trajera con vistas a su posible edición, bien en Alianza Editorial, bien en alguna otra en cuyo catálogo el libro pudiese encajar. Me ofrecí a acudir a su casa; recordaba a su padre como un anciano de pelo blanco, mucho mayor que mi padre, y calculando que había nacido en la séptima década del siglo XIX y que su hija podría haber nacido tal vez vein­ticinco o treinta años después, pensé que Dolores Castelló sería una venerable anciana y que, por deber de cortesía, yo debería visitarla para impedir que hiciese molestos desplazamientos dentro de Madrid. Sin embargo, ella insistió en venir a traerme el libro personalmente.
Mi sorpresa fue grande cuando descubrí que se trataba de una persona joven, unos treinta años menor de lo que yo había supuesto. Guardé el libro en mi cartera y lo llevé en un viaje a Estados Unidos, dispuesto a leerlo a ratos perdidos y espe­cialmente durante el vuelo. Hasta unos minutos antes de ate­rrizar en Nueva York no recordé que lo llevaba y fue entonces cuando comencé su lectura. Allí recibí mi segunda sorpresa. El libro no sólo tenía un elemento de indudable interés histó­rico con las memorias del General que revelaban acontecimien­tos desconocidos e inéditos; tenía, además, un elemento narra­tivo de una emoción extraordinaria sobre la vida de su hija, que, por haber nacido cuando su padre era bastante mayor, era una niña de pocos años durante el desarrollo de los aconte­cimientos transcendentales en la vida española que protagonizó su padre. La fuerza narrativa del libro fue tal que me vi inca­paz de cerrarlo en mi camino hacia la inmigración y el paso de la aduana en Nueva York. Había una cola de cuarenta y cinco minutos y allí, de pie, dando patadas a mi cartera a medida que la cola iba avanzando, fui recorriendo las páginas del libro, leyendo con fruición y sintiendo casi un desgarro cada vez que tuve que interrumpir la lectura, primero para sufrir el interro­gatorio del oficial de inmigración, y más tarde para recuperar mi maleta facturada. Reanudé la lectura ya en el taxi camino de Manhattan, y no pude iniciar mis actividades neoyorquinas hasta que no llegué a la última página del libro.
A mi regreso a España me asaltó una duda: mi juicio sobre el libro ¿estaría influido por el interés que despertaba en mí la figura del General Castelló, la aparición esporádica de mi padre en el relato, o el componente personal del drama vivido por la autora? La opinión favorable sobre el libro de amigos de mi padre, como Juan y Guillermo Uña, podría haber estado sesga­da por las mismas consideraciones. Por lo tanto, decidí entregar el libro al Comité de Lectura de Alianza Editorial para que emitiese una opinión objetiva. Yo sabía que Alianza no era la editorial idónea para el libro: por una parte, sólo publica a autores consagrados y, por otra, la obra, a pesar del interés que indudablemente tiene para estudiosos del período de la Re­pública y la Guerra Civil y para el público lector en general interesado por estos temas, me parecía más la narración de un drama personal que una obra de carácter histórico. Además, es bien conocido el rigor con el que las obras de autores noveles suelen ser calificadas por el Departamento Editorial de Alianza, que a veces no escatima adjetivos crueles para calificar las obras que recibe para leer, y en los que a menudo aparece cier­ta exasperación por haber tenido que analizar obras recomen­dadas por amigos de la casa. Me sorprendió agradablemente la opinión favorable de Alianza Editorial sobre el libro: si el pro­grama de Alianza sobre libros de Historia no hubiera estado completo para varios años, la obra habría podido ser conside­rada digna de edición por esta prestigiosa editorial, cuya direc­ción general he tenido el honor de desempeñar desde 1983.
Sin embargo, el interés del libro era tal que la editorial Siddharth Mehta manifestó inmediatamente su intención de in­cluirlo en su catálogo como uno de los primeros y principales títulos para su lanzamiento. La editorial, cuyos promotores, naturalmente, creen con ilusión y seguridad en su éxito en un futuro a corto y mediano plazo, han consagrado en el nombre de la editorial su devoción a la figura de un gran hombre que nació en la India, en el Estado de Gujarat, en 1917, y que, des­pués de vivir la revolución pacífica de Gandhi, dedicó su vida a la lucha por el desarrollo económico y social de su país.
Cuando nos dejó en 1987, todos los que lo conocimos nos que­damos con la impresión de haber tenido un privilegio en nues­tra vida, y de haber tenido una comunicación especial no sólo con un ser humano entrañable, sino con uno de las hombres más grandes que han nacido en el siglo XX. El hecho de que su modestia y austeridad no le hayan encumbrado a la fama, salvo en selectos círculos dedicados a la lucha por el desarrollo del Tercer Mundo, no disminuye la talla de su figura. Esta obra de Dolores Castelló se integra en la que todos aspiran que se convierta en una destacada editorial; en ella se espera que apa­rezcan temas relacionados con la India: entre ellos, un libro de Manu Desai, un gran artista gráfico indio. Con el nacimiento de la editorial y junto con el recuerdo emocionado a S. S. Meh­ta, vaya una dedicatoria para su mujer Nirupama y sus hijos Anand, Sharon, Nandita y Sunil.

DIEGO HIDALGO SCHNUR

miércoles, 6 de octubre de 2010

INDUSTRIALES DEL SECTOR DEL ACEITE EN GUADALCANAL EN LOS AÑOS 50


Por Marcelino Díaz Taboada. Ingeniero Técnico Agrícola

Fotografías: I. Gómez

En el “Anuario del aceite, jabones y grasas”. Madrid 1954, además de una serie de artículos científicos sobre olivicultura, oleotecnia y legislación, se publican unos censos donde figuran las empresas y particulares dedicados a este sector, tanto proveedores de maquinaria y equipos como elaboradores e intermediarios.

Dicha relación aunque bastante incompleta (faltan la mayoría de segundos apellidos y las direcciones) está ordenada en cada sector por provincias y municipios. Como curiosidad se incluye la provincia de Marruecos donde se recoge los sectores de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla así como las pertenecientes al entonces protectorado español de Marruecos (Alcazarquivir, Larache, Nador, Tetuan, Villa Sanjurjo, etc.).

En relación a Guadalcanal los industriales que aparecen en este anuario son los siguientes:

-
Corredores de aceite:
· Chaves (José)
· Jiménez (Rafael)
· Oliva (José)
· Sanz (Antonio)
· Yanes (Juan Antonio)


- Cosecheros y aderezadotes de aceitunas:
· Delgado de Cos Hermanos, S.R.C.- El Coso

-
Envases. Pellejos de aceite:
· Martín (Feliciano)

-
Fabricantes de jabón común:
· Castelló S.A.
· Jiménez Palacios (Rafael)- Sanjurjo, 25
· Llamazares Caravaca (Joaquín)
· Montes Montferri (Manuel)- Carretera de Alanís (extramuros)
· Rivero Sanz (Manuel)- “San Antonio”
· Vda de F. Rivera e Hijos- Carretera de Alanís s/n

-
Fabricantes de jabón industrial:
· Rivero Sanz (Manuel)- “San Antonio”
· Vda de F. Rivera e Hijos- Carretera de Alanís s/n

-
Fábricas extractoras de aceite:
· Jiménez Palacios (Rafael)- Sanjurjo 25
· Montes Montferri (Manuel)- Carretera de Alanís
· Rivero Sanz (Manuel)- “San Antonio”
· S.A. Castelló. Aceites y jabones- Huerto de la Parra
· Vda de F. Rivera e Hijos- Carretera de Alanís s/n


Restos del molino que fue propiedad de Daniel Herce, donde todavía se conservan los rulos y el azulejo con la representación de la Virgen del Carmen. Agradecemos a su hijo Julio habernos facilitado el acceso para realizar las fotografías.

- Fábricas refinadoras:
· Herce Perelló (Daniel)- “Ntra Sra del Carmen” San Sebastián 15
· Jiménez Palacios (Rafael)- Sanjurjo 25
· Nuestra Señora de Guaditoca, Fábrica de Aceites- Tres Picos 3
· Vda de F. Rivera e Hijos- Carretera de Alanís s/n

-
Mayoristas de aceite:
· García Martín (Victorio)- Gral Sanjurjo 25

-
Molinos aceiteros:
· Vda de F. Rivera e Hijos- Carretera de Alanís s/n

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Varios (Fábrica de sulfuro de carbono):
· Jiménez Palacios (Rafael)- Sanjurjo 25

A la vista de este censo de hace 54 años y comparando con la realidad actual del sector se puede observar que el número de empresas es muy superior a las dos que existen en la actualidad aunque con una envergadura notablemente inferior.

También se observa que una misma empresa se dedicaban a varias actividades como fabricación de jabón, extracción de aceite, refinería, molinería, fábrica de sulfuro, etc.

Finalmente se observan actividades que ya no se realizan en la actualidad bien por haber quedado obsoletas o bien debido a la concentración en industrias mayores de ámbito regional o nacional. (fabricación de pellejos, jabón y sulfuro de carbono, refinación de aceites, etc.).

La importancia de la industria aceitera se mantiene en Guadalcanal con las debidas actualizaciones. A pesar de los problemas que arrastra el sector es imprescindible su mantenimiento ya que cuenta con el activo de la excelente calidad de sus aceites y la originalidad de su variedad autóctona Pico limón.

martes, 5 de octubre de 2010

CERVANTES EN GUADALCANAL - 42 FIN


En el fatídico año de 1616, todavía le dio tiempo a mi marido de concluir “Los trabajos de Persiles y Segismundo” y redactar la dedicatoria al conde de Lemos, ofrenda que ha sido considerada como exquisita muestra de su genio y conmovedora expresión autobiográfica: “Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…”
El día 22 de abril murió mi esposo, al que enterramos (82) al día siguiente en el Convento de las Trinitarias. (83)

Esto es todo lo que puedo contarles de mi esposo Miguel de Cervantes Saavedra, con el que he estado casada durante treinta y dos años, aunque por circunstancias de la vida, no pude vivir todo este tiempo junto a él.

Ha sido un incomprendido toda su vida, de él han abusado muchos familiares, y sólo espero, que las generaciones futuras lo comprendan y valoren el trabajo que realizó. (84)

Reciba vuestra merced mi más sincero agradecimiento.
Catalina de Salazar
vda. de Cervantes.
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(82) Allí sería enterrada junto a su esposo doña Catalina de Salazar y Palacios, dos años después. (Nota del editor)

(83) Este mismo día del sepelio murió Shakespeare. (Nota del editor)

(84) Este deseo que expresa Catalina de Salazar, se ha cumplido, las generaciones futuras, que somos sus actuales lectores, hemos podido disfrutar de su magnifico legado. (Nota del editor)

Agradecimientos

El primer reconocimiento tenemos que dirigirlo al lector de esta pequeña historia, que pudo haber sucedido en algún día del año 1592.

En segundo lugar, al narrador anónimo, ya que gracias a él, hemos podido tener noticias de la visita de Miguel de Cervantes a Guadalcanal. Sentimos que parte de esta narración se haya extraviado y no se pueda completar.

Una parte importante de las Notas del Editor, han sido posible gracias a los datos históricos que los colaboradores de la Revista de Guadalcanal, han ido ofreciendo en los últimos años.

Por último queremos agradecer especialmente a José Mª Álvarez Blanco y a Plácido Cote Rivero, su importante contribución no sólo en la transcripción de alguna palabra dudosa, sino que nos han ayudado a traducir al castellano actual, párrafos enteros de los pliegos encontrados, de difícil lectura.

Este libro se terminó de escribir el día de la romería de la Patrona de Guadalcanal Nuestra Señora de Guaditoca, el treinta de abril de dos mil cinco.
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