martes, 7 de mayo de 2013

Notas histórico – artísticas en torno a la ermita de San Benito - 3


                              

                              Salvador Hernández González  
                              Revista Guadalcanal año 2005

Pocas décadas después, el testimonio de la Visita Canónica de 1575  nos revela que el edificio mantiene su misma estructura, con su única nave dividida en tramos por medio de arcos de ladrillo y cubierta con techumbre de madera de castaño, excepto en el presbiterio, cerrado por medio de una reja y que se cubría con la bóveda de crucería gótica iniciada a fines de la centuria anterior. Del mismo modo, junto a los ingresos del templo permanecen los pórticos con sus arcos de ladrillo sobre pilares. El corto patrimonio artístico mueble de la ermita está integrado, aparte de la imagen del titular, por las esculturas de San Blas, Santa Lucía y San Lázaro colocadas en sendos altares laterales. Igualmente modesto era el ajuar litúrgico, del que sólo se podía destacar un cáliz de plata.
Otra cuestión que se recoge en estos informes de la Orden de Santiago es el funcionamiento y mantenimiento de estos templos rurales, que solían estar a cargo de un mayordomo responsable de la gestión y administración de sus bienes ante la autoridad eclesiástica. Su labor al frente de la ermita de la que eran responsables era controlada mediante la inspección efectuada por los Visitadores de la Orden, que procedían con ocasión de la Visita Canónica, celebrada periódicamente, a la toma de cuentas al objeto de evaluar su situación económica, con el fin de que el culto divino estuviese convenientemente atendido en sus medios materiales. Así el primer mayordomo del que tenemos noticia es Alonso García Carranco en 1494, quien expuso que en aquel año los ingresos de la ermita de San Benito habían ascendido a 578 maravedís, gastando en contrapartida 678 maravedís en materiales de construcción, por lo que resultaba un déficit de 100 maravedís. No obstante, García Carranco expuso que se le debían a la ermita 500 maravedís que se prestaron al Concejo de la villa para financiar la obra que entonces se había acometido en la iglesia de San Sebastián . Otros mayordomos fueron Hernán García de Flores, en 1548, y Hernán Mexía, que lo era al año siguiente, quien aseguró que los ingresos en este último año habían ascendido a 1.873 reales. Algunas décadas más tarde, el mayordomo Juan Martín Tejedor, que había desempeñado su cargo en 1574, presentó los ingresos de la ermita, que alcanzaban los 6.559 maravedís anuales, obtenidos por la limosna de San Benito y Santa Lucía, por lo recolectado en el bacín fijo que existía en la parroquia y por la renta de dos fanegas de tierra propiedad de la ermita. En cambio, la huerta y la casa anejas al templo no producían beneficio alguno, pues el usufructo correspondía al ermitaño encargado de su custodia y mantenimiento.
En el templo se hallaban establecidas dos capellanías, es decir, fundaciones piadosas promovidas por particulares que asignaban a la iglesia una serie de rentas procedentes de ciertos bienes – como tierras, casas, etc. – para ser invertidas en el pago de una serie de misas en sufragio por el alma del fundador. Este tipo de fundación solía ser a perpetuidad, manteniéndose en tanto que se pagase la renta establecida al efecto, cuyo pago como decimos gravaba sobre las propiedades amortizadas para este fin. En el caso de la ermita de San Benito sabemos que en 1549 se servían dos capellanías. La primera estaba atendida por el clérigo Perianes Pedro Yanes, quién tenía obligación de decir una misa a la semana, costeada de la renta proporcionada por tres viñas en la Laguna, Molinillo y Calera, un parral, tres zumacales en Huerta del Gordo, Cuesta de la Horca y Castillejo, y tierras al Encinal de Valverde, Majada, Mata de la Orden y Donadío. De la segunda se ocupaba el clérigo Pedro de Ortega, con la carga de decir cien misas en diez años, recayendo el pago de esta obligación sobre diversos bienes, como una casa en la calle del Rico, una bodega, tres pedazos de castañal en el valle de Setenil, un pedazo de tierra con cuatro o cinco olivos junto al monasterio de San Francisco, y dos mil maravedís de renta de unas viñas en la Calera.

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