lunes, 8 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 17


El tío Pepe se disfrazaba de moro y, con su nariz aguileña, su tez cetrina, su faz enjuta, hablando a la perfección el árabe -tanto el académico como el popular-, conociendo bien las costumbres moras, sentándose con las piernas cruzadas sobre el suelo y bebiéndose sus diez tazas de té seguidas, pasaba per­fectamente por uno de ellos y así podía infiltrarse y hacer es­pionaje en las cábilas. De esta manera obtenía información con­fidencial y preparaba el avance de nuestras tropas.
En Marruecos lo sorprendió la guerra civil. Permaneció al lado del Gobierno de la República; fue encarcelado en el Fuerte Hacho, donde pasó cinco años. Luego su juicio fue revisado y salió con un indulto.
Contaba su mujer que era tal el prestigio que en todo nues­tro Protectorado tenía su marido que cuando iba a verla le bastaba con decir a cualquier conductor de autobús que era la mujer del Comandante Castelló para que aquél se pusiese a su disposición en todo lo que ella necesitara.
Con gran estoicismo llevó el primo de mi padre su encarce­lamiento y jamás dejó que su ánimo decayese. Para llenar las largas horas de reclusión aprendió a repujar el cuero y a tra­bajar la madera. En su casa se conservaban mesas labradas, carpetas y marcos hechos par él, como también algunas acuare­las que pintaba. No le gustaba hablar de aquellos años. Su mujer me dijo un día: «Yo he perdonado y en esa actitud he educado a mis hijos, no quería que odiasen.»
Mi padre congeniaba muy bien con los moros. Melali era un buen amigo suyo con el que había establecido una especie de pacto:
-«Tú y yo tal como hermanos. Tú vienes a mi casa, yo voy a la tuya, tu mujer puede venir a visitar a las mías. Pero tú y yo jamás hablar de religión, tú crees en un Dios infinitamente sabio y poderoso cuyo profeta en la tierra es Cristo; yo creo en el mismo Dios cuyo profeta en la tierra es Mahoma. ¿Quién de los dos está equivocado?. Hasta después de la muerte no lo sabremos.»
Así, con el mutuo respeto de sus religiones, solían convivir moros y cristianos. No sé si fue en Alcazarquivir o en Larache que, con motivo del santo de la Reina Madre, tuvo mi padre que organizar una fiesta de caridad. Había hecho saber doña Cristina que, en lugar de festejos, se hiciesen cuestaciones con fines benéficos. Habló, pues, mi padre con el capellán del lugar y le expuso su idea de recaudar fondos de las tres comunida­des: la cristiana, la musulmana y la judía.
-«Me parece muy bien -contestó el sacerdote- pidamos fondos a las tres comunidades para los niños pobres cris­tianos.»
-«No, padre -le replicó Luis Castelló-, para los niños po­bres de todas las religiones.»
-«Se va usted a condenar» -fue la respuesta del cura. Haciendo caso omiso del vaticinio, mi padre organizó la fiesta de acuerdo con su idea. Bajo un gran letrero que decía «La caridad no hace distingos de religiones», presidió la mesa en la que se entregaban los donativos; tenía a un lado al Bajá y al otro lado al Rabino. Al terminar el acto preguntó mi padre al Bajá:
-«¿Qué te ha parecido?»
-«Muy bien todo... pero ¿para qué tuviste que traer a éste?»
Este era... el Rabino.
Una anécdota que recuerdo fue la del entierro de una alta personalidad mora. Las autoridades españolas solicitaron per­miso para asistir al entierro, permiso que fue concedido con la siguiente advertencia: «Podéis venir. Nosotros vamos rezan­do detrás de nuestro muerto, no os pedimos que hagáis la mis­mo puesto que no tenéis nuestra religión. Pero sí les pedimos un favor, que vayáis callados y sin fumar.»
A su vez, los españoles tuvieron la oportunidad de darles una pequeña lección: un día falleció una alta personalidad es­pañola. Las autoridades moras pidieron permiso para asistir al entierro y a los funerales. Fue el General Mola quien se encargó de darles la respuesta: «Muy bien, que vengan. Ahora bien, a nosotros nos obligan a descalzarnos para entrar en sus Mezqui­tas y una de dos, o se descalzan para entrar en nuestra Iglesia o se descubren.» Optaron por descalzarse.

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