martes, 10 de junio de 2014

Las exploraciones españolas del Pacífico (1521-1606): ¿éxito o fracaso? (3 de 7)


Por la Dra. Annie Baert, hispanista, profesora de español y especialista en Estudios Ibéricos, en la Universidad de la Polinesia francesa, en Tahití.
                                                            Traducción de José Mª Álvarez Blanco.

Intentando llegar a una primera conclusión, se puede constatar que pocos navíos sobrevivieron a estas terribles travesías: solamente la expedición de Legazpi y la de Quirós llegaron por completo o casi por completo a sus destinos, lo que se puede resumir del siguiente modo:

Expediciones
Navíos
que salieron
Navíos
perdidos
Llegados a su destino
Vueltos al puerto de
partida
Tripulación
Supervi-vientes
Magallanes: 1519-1522
5
4
1
1
243
17
Loaísa: 1525-1526
7
4
1
1+1 (*a)
450
«muy pocos»
Saavedra : 1527-1529
3
2
1
0
110
«muy pocos»
Grijalva: 1537-1538
1
1
0
0
?
2
Villalobos: 1542-1546
6
4 (*b)
6
0
370-400
145
Legazpi : 1564-1566
4
0
4
0
350
330
Mendaña 1: 1567-1569
2
0
2
2
160
125
Mendaña 2: 1595
4
2
2
0
430
110
Quirós: 1605-1606
3
0
3
0
140-160
2 muertos

*a: una nave volvió a España después de deserción en el Atlántico, a la que hay que añadir la Santiago que no volvió a España sino que se dirigió a México.
*b: naves desaparecidas después de la llegada a las Filipinas.

El cuadro anterior muestra que los resultados mejoraron netamente a partir de 1564, exceptuando la trágica expedición de 1595; las razones de ello son múltiples y diversas: por la experiencia acumulada, por la suerte (si se piensa por ejemplo que ningún hombre de Quirós fue víctima del escorbuto en 1605-1606, sin que se haya sabido jamás la verdadera razón) y, por supuesto, por el progreso del conocimiento cartográfico, incluso teniendo en cuenta que fue modesto.

***
Cuando Magallanes llegó al Pacífico, un océano que ningún europeo había atravesado, sólo sabía dos cosas: su propia latitud (su piloto Francisco Albo situó el cabo Deseado 52º al sur) y la de las «Islas de las Especias», las Molucas, que su amigo Francisco Serrão le había descrito que estaban en el ecuador. Así pues Magallanes sabía que tenía que recorrer todo el hemisferio sur en diagonal. Si bien no tenía más que una estimación imprecisa de las longitudes, esto no era un obstáculo para la elección del camino a seguir: el noroeste, que Pigafetta describe así: «navegamos entre el oeste y mistral[1]». Pero situó estas islas en los mapas, así como Guam, lo que ayudó a sus sucesores. Loaisa, instruido por Elcano, cruzó el estrecho llamado por su descubridor «Todos los Santos» más lentamente (48 días frente a 36 que empleó Magallanes), pero sin las incertidumbres de 1521, en terreno ya reconocido, y no dudó en cuanto al camino a seguir ni en identificar «Las Islas de los ladrones», cuya latitud y características ya se conocían. Entre la tripulación de esta expedición se encontraba un joven de 17 años, Andrés de Urdaneta, quien comenzó a acumular experiencia y conocimientos náuticos que le permitieron, 40 años después, encontrar el camino hacia el éxito con el tornaviaje. Vio aparecer Nueva Guinea en los mapas después del paso de Ortiz Retes, primero, y durante mucho tiempo como el extremo norte de una gran tierra y se mantuvo el nombre que él le dio[2]. Cuando en 1568, Hernán Gallego abandonó las Islas Salomón, conocía su existencia y una parte de su latitud: «nos pareció que era Nueva Guinea, porque su latitud no era mayor de 4º sur, y fue Iñigo Ortiz de Retes quien la descubrió... »[3]; y cuando, en 1595, Quirós dirigió la San Jerónimo desde Santa Cruz a Manila, sabía que tenía que alejarse de ella[4]. Del mismo modo, cuando Váez de Torres pasó entre Nueva Guinea y Australia en 1606, era consciente de que bordeaba la costa sur de la Isla grande bautizada por Ortiz de Retes 60 años antes, y su notable navegación supuso ampliar el conocimiento de la región.

Si Legazpi confirmó la entrada de las Filipinas y las Marianas en el mundo hispánico, sus compañeros Arellano y Urdaneta hicieron posible la ruta regular entre México y Manila, y es gracias a ellos como Mendaña y Quirós, los primeros en hacer descubrimientos reales en el Pacífico Sur, pudieron alcanzar el continente americano, dirigiéndose en primer lugar rumbo norte-noreste para encontrar los grandes vientos del oeste que les llevaron a las costas de los actuales Estados Unidos, y luego no tuvieron más que bordear hasta los alrededores de Acapulco. Se trata de navegaciones sin posibles escalas, ya que no hay islas en las zonas que habían de atravesar, de longitud equivalente ‒ hay en línea recta 5.826 millas náuticas (10.600 kilómetros) desde San Cristóbal (Islas Salomón) hasta Santiago de Colima (México) y 5.849 millas náuticas (10.645 kilómetros) desde Santo (Vanuatu) hasta Acapulco ‒ cuya única dificultad fue el tiempo. En 1568 Mendaña realizó la primera travesía en 163 días (recorriendo 65 kilómetros al día) y, en 1606 a Quirós le llevó 133 días para la segunda travesía (80 km al día). El regreso en 1595 fue un poco diferente, ya que doña Isabel Barreto había decidido ir desde Santa Cruz a Manila, lo que desde un punto de vista náutico era más difícil que ir a México, a pesar de la menor distancia (3.100 millas, 5.640 kilómetros, siempre en línea recta), a pesar de un régimen de vientos caprichosos en la zona llamado «calmas ecuatoriales», y a la posible presencia de tierras todavía desconocidas. Quirós hizo este viaje en 84 días (67 km al día). Para la comparación, recordemos que en el viaje desde El Callao hasta Fatuiva (en las Islas Marquesas), se completó un trayecto ligeramente mayor (3.622 millas, 6.600 km), en 35 días (188 km/día), esta vez realmente en línea recta. Cuando cruzó la zona de las calmas ecuatoriales, que se sorprendió, porque había sido instruido por los relatos de su antecesor Hernán Gallego, a lo que añadió su propia experiencia, mejorando el conocimiento de esta región: «tiene calmas planas y los cambios bruscos de viento, 5º sur a 5º norte, como hemos sabido por Hernán Gallego y yo en nuestros respectivos viajes, aunque él que cruzó estos parajes en septiembre, había sufrido más, como dice en su relato». También había tenido por esta lectura informaciones sobre las navegaciones de regreso a México, relativas a la expedición de Legazpi, que se hacían «por cabos conocidos, y sobre una ruta trazada, puesto que está en el hemisferio norte»[5].


[1] La primera vuelta al mundo, op. cit., pp. 76 et 223.
[2] Al igual que esta, otras islas o archipiélagos han tenido siempre el nombre que les asignaron los españoles: Filipinas, Salomón (y las islas de Guadalcanal y Santa Cruz), Marquesas, isla de Santo (Espíritu Santo) a Vanuatu — los topónimos «Marianas» y «Carolinas» datan de los siglos siguientes.
[3] Hernán Gallego: «Viaje y descubrimiento de las Yslas Salomón en el Mar del Sur… », en Celsus Kelly (ed): Austrialia Franciscana, Madrid, 1967, Franciscan Historical Studies/Archivo Ibero-Americano, III, p.159.
[4]Histoire de la découverte…, op. cit., p. 132.

[5] Histoire de la découverte…, op. cit., p. 74, 161-162 et 167.

sábado, 7 de junio de 2014

Las exploraciones españolas del Pacífico (1521-1606): ¿éxito o fracaso? (2 de 7)


Por la Dra. Annie Baert, hispanista, profesora de español y especialista en Estudios Ibéricos, en la Universidad de la Polinesia francesa, en Tahití.
                                                            Traducción de José Mª Álvarez Blanco.

Sabemos lo que sucedió a Magallanes, sus cinco barcos y 243 de sus hombres: él murió en Filipinas el 27 de abril de 1521; sólo la Victoria volvió a España, al mando de Elcano, llevando sólo 17 marineros. Sin embargo, fue vendida a su llegada y continuó navegando, haciendo dos viajes más a Santo Domingo. Gómez de Espinosa fracasó en volver con la Trinidad y solo tres de sus hombres pudieron volver a Europa.

Uno solo de los siete barcos de Jofre de Loaisa, el Santa María de la Victoria, llegó a las Molucas, dos terminaron su vida en las rocas - el Sancti Spiritus, en el Estrecho de Magallanes, y el Santa María del Parral en Filipinas - dos desaparecieron con hombres y bienes - el Anunciata en el Atlántico Sur y el San Lesmes, en el Pacífico Sur - y otros dos se separaron más o menos voluntariamente de sus compañeros - el San Gabriel subió por el Atlántico y regresó a España, y el Santiago llegó a México. Loaisa y después Elcano, que le sucedió como jefe de la expedición solo cinco días, murieron en el camino, y muy pocos de los 450 hombres embarcados volvieron a España diez años más tarde, en 1536.

De las tres naves de la expedición de Álvaro de Saavedra, la Florida llegó a las Molucas, pero no regresó a México, mientras que la Santiago y la Espíritu Santo - desaparecieron en el mar, y sólo sobrevivieron unos pocos de sus 110 hombres.

Hernando de Grijalva había salido de México para socorrer a Pizarro, que se encontraba en dificultades en el Perú, pero, después de haber comprobado que la situación de este último ya no requería su concurso, envió el patache Trinidad a Acapulco y se dirigió al oeste para "descubrir nuevas tierras" - ¿por orden de Cortés o por su cuenta?. Las opiniones difieren. Aún así, durante un interminable vagar alrededor de 10 meses, fue asesinado por su tripulación amotinada, que embarrancó la Santiago en la costa norte de Nueva Guinea y que se encontró más tarde en las Molucas con solo dos supervivientes.

Los seis barcos que mandaba Ruy López de Villalobos llegaron bien a Mindanao, Filipinas. Llevaban entre 370 y 400 hombres, y más de la mitad de ellos, incluido el propio Villalobos murió durante la expedición, contándose 145 supervivientes en 1548. En el archipiélago, cuatro navíos fueron destruidos por las tempestades, la Santiago fue vendida y volvió a la mar bajo bandera portuguesa, pero hay que resaltar la hermosa carrera náutica de la San Juan, que intentó dos veces regresar a México sin éxito y terminó su vida en Tidore.

Se sabe que Miguel López de Legazpi fundó la colonia española de Filipinas, que está fuera de nuestra área geográfica, sin embargo, nos ocupamos de ella en este estudio debido a que la travesía del Pacífico de este a oeste, se había convertido en un especie de «clásico» y se llevó a cabo sin incidentes notables. Legazpi se embarcó con 350 hombres a bordo de cuatro barcos, uno de los cuales remolcaba un pequeño bergantín en el que viajaban cuatro marineros. Pero fueron sobre todo dos de sus subordinados, Don Alonso de Arellano y Fray Andrés de Urdaneta,  uno a bordo del pequeño patache San Lucas y el otro de la gran nave San Pedro, quienes abrieron por separado la ruta de regreso a México, abriendo el camino de la primera línea comercial regular, el llamado «Galeón de Manila». No sólo no perdieron ningún barco, sino que hay que destacar su larga vida y el gran número de travesías por el Pacífico que realizaron después. En cuanto a las pérdidas humanas, además de tres ejecuciones en Filipinas por intentos de amotinamiento, sabemos que tres de los 20 hombres del San Juan y 16 de los 200 marineros del San Lucas murieron durante tempestades cuando regresaba a México. A estas cifras totalmente aceptables, hay que añadir, sin embargo, las de la San Jerónimo, enviado desde que México informara del éxito de Urdaneta, así como suministros y refuerzos a Legazpi, pero el barco llegó a Manila en tan malas condiciones que tuvieron que resignarse a desguazarla. En cuanto a sus 170 tripulantes, que estaba previsto que se unieran a las tropas de la joven colonia, más de 10 (entre ellos el capitán Pero Sánchez Picón) fueron asesinados por sus compañeros y otros treinta fueron abandonados y represaliados en el atolón de Ujelang en las Islas Marshall.

El Pacífico Norte fue luego surcado regularmente desde México a Filipinas sin grandes descubrimientos, por lo que no nos detendremos en este asunto. Sin embargo, hay que recordar que el llamado tornaviaje hacia el oeste, nunca fue seguro. Salvador Bernabeu escribió que en 50 años, desde 1580 hasta 1630, los barcos que no llegaron a buen puerto eran más que los que lograron este retorno, y que a lo largo de toda la historia de la ruta transpacífica, se tienen noticias de la pérdida de una treintena de galeones y miles de vidas[1]. La exploración del Gran Océano experimentó luego una nueva etapa en el hemisferio sur, con tres expediciones desde Perú[2].

En su primera misión, Álvaro de Mendaña y Neira se hizo a la mar con dos barcos, que reunió en el puerto de El Callao, y cerca de 160 hombres, de los cuales 35 perecieron en enfrentamientos con los nativos, por fiebres tropicales o escorbuto. La flota de su segundo viaje constaba de cuatro barcos, ninguno de los cuales volvería al puerto de El Callao. Se perdieron dos el Santa Isabel y sus 182 pasajeros a corta distancia de la isla de Santa Cruz, al sureste de las Salomón, y la fragata Santa Catalina, durante la travesía entre Santa Cruz y Filipinas; en ella se habían embarcado en el Perú 32 personas, pero no está claro cuantas se encontraban a bordo cuando desapareció - sólo se sabe que se encontró varado en la costa, con las velas desplegadas y los pasajeros «muertos y descompuestos». La galera San Felipe llegó a las Filipinas y, al parecer, allí se quedó; la nave San Jerónimo llegó a Manila, y luego volvió a atravesar el Pacífico hasta Acapulco, de donde partió de nuevo hacia el oeste y acabó con su vida en un arrecife de Luzón en 1600. Aproximadamente el 75% de las 430 personas de a bordo perdieron la vida en esta aventura: unos murieron con su barco, otras de fiebres tropicales, de escorbuto o en la represión de una tentativa de amotinamiento. Pedro Fernández de Quirós tenía 140 a 160 compañeros cuando salió en 1605 para dirigir una flota de dos barcos y un patache; el 16 de Diciembre de 1606, él personalmente entregó el San Pedro y el San Pablo a las autoridades españolas en el puerto de Acapulco, desde donde regresó rápidamente a Filipinas; Váez de Torres condujo el patache los Tres Reyes Magos a Fort Ternate, en las Molucas, y el San Pedro a Manila. Las únicas pérdidas humanas fueron un viejo fraile franciscano, Fray Martín de Munilla, que tenía casi 80 años y la de otro hombre de a bordo de la San Pedro, que murió en Santo herido por una «flecha envenenada», pero esta vez no hubo crímenes ni ejecuciones ni víctimas del escorbuto.




[1]Salvador Bernabeu, El Pacífico ilustrado: del lago español a las grandes expediciones, Madrid, 1992, Editorial Mapfre, p. 67-70.
[2]Véase el relato de estas tres expediciones de Pedro Fernández de Quirós: Histoire de la découverte des Régions  Australes: Îles Salomon, Marquises, Santa Cruz, Tuamotu, Cook du Nord et Vanuatu, Paris, 2001, L’Harmattan.

miércoles, 4 de junio de 2014

Las exploraciones españolas del Pacífico (1521-1606): ¿éxito o fracaso? (1 de 7)


Por la Dra. Annie Baert, hispanista, profesora de español y especialista en Estudios Ibéricos, en la Universidad de la Polinesia francesa, en Tahití.
                                                            Traducción de José Mª Álvarez Blanco.
  
Cuando un francés curioso piensa en la exploración del Pacífico el primer nombre que le viene a la mente es probablemente el de Bougainville, y no estaría equivocado, porque este eminente marino hizo mucho por el renombrado Gran Océano y sus habitantes. Sin embargo solo pasó nueve días en Tahití en 1768, donde llegó un año después del «descubridor» británicos Wallis, quien permaneció allí cinco semanas y un año antes que el famoso capitán Cook, que estuvo allí en tres ocasiones en 1769, 1774 y 1776[1]. Así comenzó una nueva era, donde los navegantes procedentes de Europa se sucedieron a intervalos más frecuentes, y luego dieron paso a misioneros, comerciantes, soldados, colonos y funcionarios.

Sin embargo, en sólo tres años, entre 1767 y 1769, los tahitianos habían visto llegar a su tierra tres expediciones dirigidas por los europeos. Si bien se trataba de seres y naves que nunca habían visto antes, lo más probable es que ya habían oído hablar[2] de ellos, porque dos islas cercanas a la «Nueva Citera», las Marquesas y Tuamotu (que son parte de la actual Polinesia Francesa), habían recibido casi dos siglos antes la visitas de otros «hombres blancos», españoles, y no es concebible que los grandes marinos que eran los polinesios no hubieran compartido noticias tan extraordinarias, con motivo de sus viajes regulares entre las islas.

Además los navegantes del siglo XVIII sabían, que habían partido en busca del "Continente Austral", la mítica tierra que algunos afirmaban haber visto, y que incluso figuraba en los mapas[3]. Etienne Taillemite recuerda por ejemplo que Bougainville había sido informado de los  «debates que había entonces sobre su existencia» y cita la enumeración hecha en 1742 por el geógrafo Langlet Fresnoy de tierras de la Mar del Sur[4] - «Nueva Guinea, el país de los papúes, la Carpentaria, las Islas Salomón, que están hacia el sur, la tierra austral del Espíritu Santo ... » - y evoca un memorial redactado en 1754 por Jean-Baptiste Bénard de la Harpe, cuyos proyectos convencerían a Bougainville de que «era necesario volver a las investigaciones sobre el Mar del Sur hacia las islas encantadas descubiertas por Mendaña [sic[5]] y Quirós  .... » Pero añade que «la geografía del océano Pacífico era todavía un área casi desconocida porque los descubrimientos esporádicos realizados en los siglos XVI y principios del XVII no pudieron ser identificados con precisión debido a la falta de rigor en los métodos de navegación» y subraya «las inexactitudes de las indicaciones, dadas de forma deliberada o no[6]». Parece, pues, que los viajes realizados por los españoles en lo que podríamos llamar el «largo siglo XVI» deben ser considerados «fracasos». Esta es la idea que el presente trabajo intenta abordar.

Obviamente, evocaremos el viaje de Magallanes, a quien hay que asociar sus compañeros Juan Sebastián Elcano[7] y Gonzalo Gómez de Espinosa (1519-1522). Luego hubo algunas expediciones de «pioneros», que habían llegado a las Marianas, las Carolinas o Nueva Guinea, además de las Filipinas (que, hablando estrictamente, no son un archipiélago del Pacífico), primeramente desde España - García Jofre de Loaisa, desde 1525 hasta 1526 - y luego desde México - Álvaro de Saavedra, 1527 -1529, Hernando de Grijalva, 1537-1538; Ruy López de Villalobos, Bernardo de la Torre e Iñigo Ortiz de Retes 1542-1546, Miguel López de Legazpi, Alonso de Arellano, Fray Andrés de Urdaneta y Pero Sánchez Picón, 1564 - 1566[8]. Pero nos centraremos principalmente en tres grandes viajes organizados desde Perú, y dirigido por Mendaña y Quirós[9], entre 1567 y 1606, gracias al cual, en los mapas y en las mentes, figuraban las Islas Salomón, Marquesas, Tuamotu, Cook del Norte y Vanuatu, sin olvidar a Luis Váez de Torres, quien para acudir desde Santo (Vanuatu) a Manila, lo hizo pasando por el famoso estrecho entre Nueva Guinea y Australia, que hoy lleva su nombre[10]. Finalmente solo mencionaremos las expediciones españolas del siglo XVIII: las de Domingo Bonechea y Tomás de Gayangos, que llegaron a Tuamotu y Tahití en 1772-1775, la de Francisco Antonio de la Rúa Mourelle que arribaron a las islas Tonga, Salomón, Marshall y Mariana en 1781, o la expedición de fines científicos de Alejandro Malaspina (1789-1794), todas posteriores a las de Bougainville y Cook[11].

¿En qué criterios podemos basar el "fracaso" o "éxito" de una travesía del océano?
Es lógico pensar que el éxito se mide en relación con el objetivo marcado, como escribe Taillemite, «tomando punto por punto los datos esenciales de las instrucciones», añadiendo que también deben examinarse los «resultados obtenidos en los campos que probablemente no están sin duda previstos por los organizadores de la expedición
[12]». Si se pueden evaluar los diferentes aspectos, náuticos, políticos o etnográficos, por el comandante de la expedición, para tener éxito es necesario reunir todas sus naves y todos sus hombres en el puerto de salida, lo que, independientemente de la época no es tan fácil.





[1]John Dunmore: Who’s who in Pacific navigation, University of Hawaii Press, 1991, pp. 35-37 (Bougainville), 64-67 (Cook) y 262-263 (Wallis).
[2]Lamentablemente, y sin duda a causa de los cambios que se han producido, la memoria colectiva parece no haber conservado ningún rastro de estos primeros navegantes europeos.
[3]Citemos entre los más bellos los de los atlas Theatrum orbis terrarum de Abraham Ortelius, para el siglo  XVI, o los de Novus atlas de Willem Janszoon Blaeu, en el siglo XVII, o incluso para el siglo XVIII, el Mappe-Monde Géo-Hydrographique de Nicolas Sanson & Alexis-Hubert Jaillot, y el Hémisphère Méridional pour voir plus distinctement les Terres Australes, de Guillaume de l’Isle (Ivan Kupcik: Cartes géographiques anciennes, Paris, 1981, Grund, pp. XV et XXI ; Robert Clancy : The Mapping of Terra Australis, Australia, 1995, Universal Press, pp. 17 y 92).
[4]Recuérdese que este nombre «Mar del Sur» le fue dado por Vasco Núñez de Balboa al océano que descubrió en septiembre de 1513 después de haber atravesado a pie el istmo de Panamá, simplemente porque se encontraba al sur de su punto de partida, y que el nombre «Mar Pacífico» se originó en la expedición de Magallanes, como refiere en su crónica Pigafetta, que lo explica del siguiente modo: «porque mientras hicimos nuestra travesía no hubo la menor tempestad», en «La primera vuelta al mundo», Madrid, 2003, ed. Miraguano/Polifemo, p. 222). 
[5]El apellido se escribe «Mendaña», si bien los autores franceses y británicos omiten habitualmente la tilde de la letra española eñe de la que carecen sus idiomas.
[6]Etienne Taillemite: Bougainville et ses compagnons autour du monde, Paris, Imprimerie Nationale, 1977, I, pp. 4-8.
[7]Frecuentemente nombrado Juan Sebastíán Elcano, sin la preposición «de», que indica el origen. La Real Academia de la Historia se ha decantado por «de Elcano», que es el nombre que desde hace 80 años lleva el buque-escuela de la Marina Española (Carlos Barreda Aldámiz-Echevarría, Nova Imago Mundi. La imagen del mundo después de la primera navegación alrededor del globo», Madrid, 2002, pp. 123-125). 
[8]Estas expediciones han sido estudiadas en la obra colectiva Descubrimientos españoles en el mar del sur, Madrid, 1991, Editorial Naval, 3 vol., pp. 89-534. Véase también en lengua francesa «Les résumés des voyages de Magellan-Elcano et de Urdaneta» en la página de Internet  http://www.lehman.cuny.edu/ile.en.ile
[9]Su nombre exacto es Pedro Fernández de Quirós. Navegante de origen portugués en cuya lengua se escribe «Fernandes de Queiros» que es como se encuentra frecuentemente, pero que no usaremos en lo sucesivo, porque al servicio del rey de España toda su vida firmó como «Fernández de Quirós».
[10]Véase Descubrimientos españoles…, op. cit., pp. 537- 723; Biografía de Mendaña en la página de Internet antes citada: http://www.lehman.cuny.edu/ile.en.ile; Annie Baert: Le Paradis terrestre, un mythe espagnol en Océanie. Les voyages de Mendaña et de Quirós, 1567-1606, Paris, 1999, L’Harmattan.
[11]Descubrimientos españoles, op. cit., pp. 727-844; Véase también Carlos Martínez Shaw (ed): El Pacífico español, de Magallanes a Malaspina, Madrid, 1988, Ministerio de Asuntos Exteriores/Lunwerg. 
[12]Taillemite, op. cit., p. 96.

lunes, 2 de junio de 2014

Una muestra desaparecida de la arquitectura religiosa de Guadalcanal: La iglesia de San Antonio o de las Minas

                      

                      Por Salvador Hernández González

                      Revista Guadalcanal 2009



El patrimonio artístico y monumental de Guadalcanal ha ido perdiendo a lo largo de su historia muchos de los elementos que lo enriquecieron. Dejando aparte las pérdidas sufridas con las desamortizaciones del siglo XIX, las destrucciones de la Guerra Civil y los expolios y ventas de la recta final del siglo XX, algunos monumentos debieron desaparecer desde antiguo. Este parece ser el caso de la iglesia de San Antonio, que atendía las necesidades de los trabajadores de la Mina del Molinillo. Como los demás templos de la localidad, su atención y funcionamiento caían dentro del marco jurisdiccional eclesiástico de la Provincia de León de la Orden de Santiago, a pesar de ser un templo rural como el de Nuestra Señora de Guaditoca o la desaparecida ermita de Santa Marina. De ahí que la inspección de su funcionamiento se confiase a la Visita Canónica ejercida por los visitadores santiaguistas.

En este sentido, el informe de la Visita Pastoral efectuada el 16 de noviembre de 1575 nos describe la estructura arquitectónica y el patrimonio de bienes muebles de este recinto de culto, que se convertía en el centro espiritual de las cincuenta o sesenta casas que a juicio de los visitadores integraban el poblado minero, levantado por la Corona para la explotación de este yacimiento[1]. En esa fecha el templo estaba atendido por el clérigo Juan Carrasco, en su condición de capellán.

La iglesia era un recinto de medianas dimensiones, pues constaba de una sola nave articulada en tramos por medio de tres arcos de ladrillo. Se seguía así el tradicional modelo de iglesia de arcos transversales o arcos diafragma, propio de la arquitectura mudéjar de la Sierra sevillana y también extendido por las vecinas serranías onubense y cordobesa y las cercanas tierras extremeñas. Y como es propio de este modelo de ascendencia medieval, la cubierta consistía en una techumbre de madera de castaño, dispuesta a un agua, cuya trama estaba integrada por las consabidas vigas o alfajías de madera sobre las que descansaban los ladrillos por tabla, que suplen la tablazón de madera de otras modalidades lignarias. Un sistema de gran tradición en la zona, presente también en la arquitectura doméstica y que como vemos hunde sus raíces en las tradiciones constructivas medievales. Sin embargo, para el presbiterio, la zona más noble del templo, se reserva la cubierta abovedada con crucería gótica, que en el caso de esta iglesia de San Antonio mostraba su plementería realizada en ladrillo, con lo que se reforzaba el componente estético de mudejarismo de estas construcciones religiosas rurales, tan vinculadas a la práctica de los maestros locales que perpetuaban usos y técnicas ancestrales. Para el servicio del templo se contaba con una sacristía mediana, techada a un agua con el mismo sistema constructivo visto en la nave del templo.

Los datos suministrados por esta Visita Canónica de 1575 se completan con el testimonio que ofrece un inventario fechado el 6 de julio del siguiente año de 1576[2]. Si bien coincide en la descripción del templo con el informe de los Visitadores santiaguistas, añade algunos datos complementarios, como las medidas de la nave (25 pies de ancho y 88 de largo), “de proporcionada altura”, y la existencia de dependencias accesorias como la casa del capellán, integrada por dos “piezas” o habitaciones bajas y cuatro altas.

Al presbiterio o capilla mayor se ascendía por tres gradas o escalones forrados de azulejos. El testero estaba ocupado por el retablo mayor, que adoptaba la forma de tabernáculo o templete cerrado por portezuelas. Su estructura descansaba sobre el pequeño tabernáculo del Sagrario, del que sabemos estaba decorado en 1575 con cuatro balaustres – elemento propio del repertorio ornamental del Renacimiento – que sustentaban una cornisa dorada de coronamiento. Se cerraba por medio de una portezuela ornamentada con la representación del tema de la Resurrección de Cristo, seguramente en relieve escultórico. Este receptáculo eucarístico se cerraba con sendas puertas pintadas al óleo y albergaba la custodia de plata del Santísimo Sacramento. El núcleo del retablo lo constituía el citado templete cerrado con puertas (en cuyas caras estaban pintadas las efigies de San Juan Evangelista y San Antonio), que albergaba una imagen también pictórica de la Virgen con el Niño. Sobre la mesa de altar, a la izquierda, descansaba una imagen de San Antonio de bulto redondo. Y coronando todo el conjunto, una imagen del Crucificado también de bulto redondo. Otras piezas de interés eran dos guadamecíes pequeños (piezas de adorno elaboradas en cuero) que representaban a los santos Andrés y Santiago.

El templo contaba también con un ajuar integrado por piezas de orfebrería como un cáliz, dos crismeras, una ampolleta, dos candeleros y una pareja de vinajeras medianas, todo de plata, además de diversas vestiduras litúrgicas como casullas, albas, amitos, frontales de altar, etc. Otros enseres eran un incensario de latón, una caldereta o acetre de azófar para el agua bendita, una campanilla para el altar, dos atriles, la pila bautismal cerrada con tapa de madera, el palio para la procesión del Santísimo Sacramento tejido en damasco carmesí, unas parihuelas cerradas con su tapa a modo de ataúd para los entierros, el guión o estandarte para la procesión eucarística (coronado por una cruz de madera dorada), el reloj de la iglesia, un candelero grande de madera para colocar el cirio pascual, un cajoncito de madera de pino para guardar la cera del Santísimo y un púlpito también de madera de pino con su escalera. Para los cultos de la Semana Santa se utilizaba, como Monumento Eucarístico, un arca de madera de nogal donde se depositaba el Santísimo. Este conjunto de enseres litúrgicos se había costeado tanto a base de las limosnas de los fieles como especialmente a costa de la Hacienda Real, interesada en la correcta atención espiritual de los trabajadores de este poblado minero, en aquella interesante coyuntura de la España de mediados del siglo XVI, cuando las minas de Guadalcanal adquirieron la celebridad con la que han pasado a la Historia.





[1] ARCHIVO HISTORICO NACIONAL, sección Ordenes Militares, Visitas de la Orden de Santiago, libro 1012 – C, folio 378 recto – 379 recto.
[2] ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS, sección Cámara de Castilla – Diversos, legajo 46, documento 31: Relación de los ornamentos y otras cosas de la iglesia de las minas de Guadalcanal (1576).