miércoles, 24 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 25


En Asturias las columnas de López Ochoa tropezaron con grandes dificultades. Las columnas de Balmes, Bosch y Yagüe no pasaron de los desfiladeros. Un Batallón de Cazadores pro­cedente de Marruecos -nos participaron de Ceuta-, al embar­car, entró en el barco cantando la «Internacional». Se dio la orden a la marina de que lo detuvieran en El Ferrol. El General Balmes, desde Busdongo, me dijo por teléfono que López Ochoa había ordenado suspender las hostilidades. Fui a ver al Ministro y éste a Lerroux; ninguno sabía nada. Por fin, pudimos averi­guar, a través de López Ochoa, que éste estaba en conversacio­nes con el diputado socialista González Peña, jefe de la rebelión asturiana (ambos eran masones). Pactada la paz entre los dos, se procedió la recogida de fusiles y del dinero procedente del Banco de España (unos catorce millones). Se envió al Coronel Aranda para auxiliar a López Ochoa, el cual, una vez en Oviedo, me informó por teléfono que los rebeldes tenían una gran can­tidad de fusiles nuevos cuya procedencia se ignoraba.
Cuando, en 1932, fui con mi columna de Alicante a Sevilla para los sucesos de Sanjurjo me encontré con que en el Parque Militar de Artillería había 40.000 fusiles y 300.000 cartuchos. Si el movimiento revolucionario del General Sanjurjo hubiese sido de extrema izquierda, asaltado el Parque, hubieran tenido para armar un ejército. Se lo comuniqué al Ministro Diego Hidalgo Durán, quien me preguntó:
-"¿Qué solución ve usted para esto?"
-"Pues ordenar a los Capitanes Generales de las ocho Re­giones Militares que quiten los cerrojos a los fusiles que están en los Parques y que se depositen aquéllos en un Regimiento de Infantería."
Se abrió una carpeta en la que se guardaron los "cumpli­mentados" de todas las regiones, pero aquí viene lo extraordi­nario: la República creó un Consorcio de Industrias Militares que no dependían del Ministerio de la Guerra y por ello el Co­ronel de la fábrica de fusiles de Trubia no se dio por enterado. Informé de esto al Coronel Aranda y éste me contestó que el citado Coronel, cuando había estallado la revolución en Astu­rias, había abandonado la fábrica y se había refugiado en el Cuartel de infantería de Pelayo dejando abandonado 30.000 fusiles que pasaron a los rebeldes.
El Coronel Aranda hizo una gran labor, pues recogió casi todos los fusiles que habían salido de la fábrica. Se hizo tam­bién un gran número de prisioneros y con ello terminó la rebe­lión de Asturias.
El Ministro Diego Hidalgo se trasladó a Asturias para hacer una inspección acompañado del General Franco y del Secretario del Gabinete político, don Gaspar Morales. Durante su ausencia se hizo cargo de la cartera don Alejandro Lerroux. Pocos días después de reincorporarse a su cargo el señor Hidalgo, se levan­tó en las Cortes el Conde de Rodezno y solicitó al señor Lerroux la presencia de don Diego Hidalgo en el banco azul. El señor Rodezno increpó al Ministro:
-"Señor Ministro, a través de una editorial de Madrid, Ru­sia está introduciendo una gran cantidad de libros de propagan­da comunista. Me aseguran que en esa editorial tiene don Diego Hidalgo participación en el negocio."
Ante una expectación enorme, Hidalgo respondió:
-"Es cierto, pero yo no sabía que mi dinero amparaba esa campaña."
Terminó el debate y al día siguiente el señor Lerroux exigió la dimisión de don Diego Hidalgo y se hizo cargo definitivamen­te de la cartera, a la vez que continuaba con la Presidencia.
Al despedirse, don Diego Hidalgo me habló:
-"Han hecho sobre mí grandes presiones para que le qui­tase a usted el cargo y he respondido que mientras fuese yo Ministro no se lo quitaría porque hay muy pocas personas que reúnan la doble cualidad de ser honradas y leales.
"Yo también le había tomado gran afecto a aquel hombre que con el tiempo, en mis días desgraciados, se portó conmigo de una manera noble y caballerosa, ayudándome en todo lo que pudo.
En cuanto tomó posesión del cargo, Lerroux me dijo:
-«¿Cómo se puede recompensar a los Generales Batet y López Ochoa?"
Le contesté: “«Como la República ha suprimido los em­pleos de Teniente General, no cabe ascenderlos. No queda más recompensa que darles a cada uno la Cruz Laureada. Pero hay que hacer expedientes donde se pueda declarar en pro y en contra y sospecho que van tener muchos votos desfavorables. Sin embargo, me voy a apoyar en un fundamento que tiene ya un precedente histórico. Cuando terminó victoriosamente el desembarco de Alhucemas, el Presidente interino del Gobierno, marqués de Magaz, estudió el reglamento de la Cruz de San Fernando y se encontró con la sorpresa de que tenía que for­marse expediente. Con feliz inspiración, el primer artículo del reglamento se modificó de la forma siguiente: «Cuando se trate de premiar con la Laureada a los Generales en Jefe, únicamente el Rey con su Gobierno podrá apreciar los méritos»."
A don Alejandro le gustó mucho:
-"Hágalo usted."
Así se hizo.
-"Ahora -me dijo después el Ministro- me lo deja a los dos disponibles: primero el premio y luego el castigo, porque no sé si sabrá, mi General, que estos dos señores han estado en correspondencia el uno con la Generalitat y el otro con González Peña, jefe de la rebelión asturiana."
Después de la revolución de Asturias, el General López Ochoa, a quien se había concedido la Laureada, vino a verme. Me anunció mi ayudante su presencia.
-"Dígale que entre inmediatamente."
Franco, que estaba conmigo y que no se llevaba bien con López Ochoa, se escondió.
-"Vengo a verte porque al mismo tiempo que se me ha concedido la Laureada se me ha concedido igualmente la Cruz de San Hermenegildo. Por lo tanto, vengo a que se me den los atrasos" -manifestó López Ochoa.
-"Pues mira -le contesté-, con motivo de la revolución de Asturias y la de Barcelona se me ha acabado el dinero para atenciones del personal. Tendrás que esperar a que me den am­pliación de créditos."
Salió del despacho como una bomba y entonces surgió el General Franco de su escondite y dijo:
-"Si me cuentan esto en un café no me lo creo, que te ene­mistes con este tipo por una cuestión de dinero."
-"Pues es verdad lo que le he dicho, tengo dinero para ali­mentación del personal y para el ganado, pero no en el capítulo de Cruces."
-"Así no te harás muchos amigos" -reflexionó Franco.
Un día me preguntó don Alejandro:
-"¿Qué ha sucedido para que se ocupe Sidi Ifni?"
Le respondí que, ocupando el Ministerio el señor Azaña, me llamó a su despacho:
-"He recibido un telegrama cifrado del Jefe del Gobierno francés, en el que me dice que en nuestro territorio de Sidi Ifni hay bandoleros que dan golpes de mano en territorio francés y se refugian luego en Sidi Ifni. Me dice que si España no ocu­pa aquella plaza la ocuparán ellos. Mi General, esto es grave, si mandamos allí fuerzas y las reciben a tiros, tendré un debate político en la Cámara y caerá el Gobierno. Necesito un hombre que, con habilidad política, ocupe aquel territorio que jamás hemos tomado. ¿Tiene usted ese hombre?
-"Sí, señor: el Coronel Bautista Sánchez González."
-"Ocúpese entonces del asunto."
Por conducto de la Alta Comisaría, me puse al habla con el Coronel, el cual, profundamente agradecido, me manifestó: -"Muchas gracias, mi General, pero dígale al Gobierno que estoy en Ketama, cuyo territorio he pacificado por mi amistad con los Caides, y si me ausento es posible que estalle aquí la rebelión."

lunes, 22 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 24


Al día siguiente y a la hora convenida, todos los designados estábamos presentes. El señor Azaña dijo:­
-"Me siento muy emocionado y no estoy para pronunciar discursos." Acto seguido dio la mano a los tres inspectores y al General Masquelet sin pronunciar una palabra. Al llegar has­ta mí, estrechándome las manos, me dijo:
-"General Castelló, no olvidaré nunca su lealtad." Luego salió del despacho y lo acompañé hasta la puerta del Ministerio. Gil Robles estuvo un mes de ministro; lo reemplazó Martí­nez Barrios. Como siempre que entraba un nuevo ministro, puse el cargo a su disposición.
-"Continúa usted de subsecretario conmigo, General Cas­telló. ¿Recuerda que estando usted destinado en el Regimiento de Soria yo era cabo y me castigó con un mes de arresto en un calabozo?
-"Pues no me acordaba."
-"No le faltaba a usted razón... hubo un mitin republicano en Sevilla y yo asistí a él de uniforme. Me detuvo la guardia Civil y me llevó al cuartel; usted dio parte al Coronel y fui al calabozo."
Martínez Barrios despachaba con mucha soltura, estudiaba los asuntos complicados en su casa y los traía resueltos. Tenía una buena cultura general, aunque no era ni bachiller.
Siendo Ministro de la Guerra Martínez Barrios, se presentó en mi despacho don José María Gil Robles para decirme que había tratado de ver al Ministro y que le habían negado que estuviera en el Ministerio. Como antecedente de esta visita diré que el Director del Tiro Nacional, General Suárez Inclán, había muerto y los socios habían nombrado como sustituto al señor Gil Robles. Me había llamado Martínez Barrios a su despacho y preguntado cómo funcionaba eso; le informé que allí hacían su instrucción preliminar los reclutas que aspiraban a reducir su servicio en filas; se les proporcionaban fusiles y municiones a precios reducidos. Me ordenó el Ministro que inmediatamente se recogieran los fusiles y municiones.
-"No quiero que el Tiro Nacional sirva para instruir adep­tos políticos. Esta medida que adopto la tomaría igual si hubie­se sido nombrado presidente del Tiro el señor Largo Caballero." Un día se me presentó en el despacho el Coronel don Fran­cisco Borbón, quien me comentó que, a pesar de estar amnis­tiado por los sucesos del 10 de agosto, a él no se le daba mando y a sus hijos les gritaban en el colegio: "¡Fuera Borbones!"
El Ministro consultó conmigo:
-"¿Y qué se puede hacer?"
-"Se le podría dar una comisión del Servicio en París hasta que los ánimos se fuesen calmando" -respondí.
-"Hágalo usted" -me ordenó.
Se produjo una crisis gubernamental y pasó a Gobernación. Mientras detentaba este cargo sucedió un acontecimiento im­portante: estando Lerroux enfermo y guardando cama se le presentaron Azaña y Martínez Barrios en su casa para manifes­tarle que se habían puesto de acuerdo en formar un bloque po­lítico. Martínez Barrios se separaba así de Lerroux y se llevaba cuarenta diputados. Al jefe del partido radical le produjo gran amargura esta decisión.
-"Yo lo he sacado de la nada y lo he preparado para que me sucediese a tiempo en el partido radical, pero no ha tenido paciencia para esperar y me ha dado esta puñalada por la es­palda. Esto no es de extrañar, para ser agradecido hay que ser bien nacido y él no lo es" -solía decir Lerroux con tristeza. El Presidente de la República, enterado de la escisión del partido radical y que como consecuencia de ello le faltaban votos para gobernar, le entregó el poder a Martínez Barrios que con sus diputados, los de Azaña, los socialistas y la Ezque­rra, convocó nuevas elecciones que fueron muy reñidas y que finalmente perdió. Salieron dos grupos de diputados: los radi­cales y la CEDA. Con este Gobierno asumió el Ministerio de la Guerra el señor Iranzo. Era médico y abogado. De él decían los médicos que era un buen abogado y los abogados que era un buen médico. Durante su breve estancia en el Ministerio se produjo una vacante de General de División y me preguntó cómo se cubría. Le expliqué que con los que estuvieran aptos para el ascenso en el primer tercio de la escala. Me pidió la lista, se la entregué y la llevó al Consejo de Ministros. Al regre­sar me dijo:
-"Ascienda usted al número treinta, el señor Molero." Era el último de la escala.
Gran revuelo motivó este ascenso; mi despacho se llenó de los generales que habían sido salteados, entre ellos Franco, Mola y Fanjul. Luego de hacer averiguaciones nos enteramos de que el ascenso lo habían apoyado Martínez Barrios e Iranzo, ambos masones. Molero también lo era.
Después de la reorganización del Ejército, el General Franco quedó como número uno de los Generales de Brigada. La pri­mera vacante que se produjo de General de División la cubrió el Ministro Iranzo con el General Molero, que era el número veinte de la escala. La segunda vacante la cubrió el Ministro Martínez Barrios con el General Franco. Cuando más adelante Franco vino de Baleares convocado por el Ministro Diego Hi­dalgo Durán, era ya General de División.
Perdidas las elecciones por el Gobierno, el Presidente, señor Alcalá Zamora, formó nuevo Gobierno con Lerroux. Asumió el Ministerio de la Guerra el señor Diego Hidalgo Durán. No era Diego Hidalgo muy conocido en el ámbito militar; sólo sabía­mos de él que había escrito un libro titulado «Un notario es­pañol en Rusia». Al entrar tuvo la debilidad de recibir a los periodistas y cuando éstos le preguntaron qué planes traía, res­pondió:
-"Yo soy otro Lord Haldane, que, como sabrán ustedes, fue el primer Ministro de la Guerra que tuvo el Rey Eduar­do VII cuando empezó a reinar, y como él os digo que soy una doncella que acaba de desposarse con el dios Marte y que, por tanto, no se espere fruto de esta unión hasta pasados nueve meses."
Por lo visto los periodistas reprodujeron los comentarios en grandes titulares... Yo creía que estas cosas sólo se podían decir en Inglaterra, donde tienen un sentido del humor menos mordaz que en España, pues había leído en una biografía de Eduardo VII que cuando se lo contaron el rey se rió con ganas. Así llegamos a octubre de 1934. Lerroux, en su afán por tener más base para gobernar, le pidió su concurso a la CEDA; ésta nombró dos ministros y, al saberse, el diario «El Socialista» lanzó una consigna que decía: «Ahora que cada cual cumpla con su deber», y estalló la huelga general en toda España y con carácter violento en Asturias. El Gobierno tomó la decisión de abortarla y, para ello, se fundó en los artículos 17, 48 y 45 de la Ley de Orden Público del año 1933.
Posteriormente, cuando Gil Robles asumió el Ministerio de la Guerra, nombró Jefe de E.M. al General Franco y adjunto al General Mola, situación que en su momento me había traído a la memoria un juicio que este último había hecho sobre Fran­co. En cierta ocasión me había preguntado:
-"¿Tú has tratado a Franco? Es un hombre muy callado, sabe oír sin interrumpir. Cuando terminábamos las batallas ju­gábamos a las cartas, bebíamos o nos íbamos de diversión; él jamás nos acompañaba. No es efusivo en sus gestos amistosos. Estarás tratándolo diez años y no sabrás si es amigo tuyo."
Cuando, a fines de octubre, comenzó la movilización de las unidades, se enviaron fuerzas a Barcelona, así como a Asturias. El Ministro se trajo a sus órdenes al General Franco y dio el mando de las tropas de Asturias al General López Ochoa.
El General Batet, el día 5 de octubre, me dijo:
-"Castelló, dígale al Ministro que en Las Ramblas se entre­ga armas a todo el que las requiera y se canta 'Els segadors'; esto está muy mal" -y cortó la comunicación.
Informé a la presidencia, pero no creyeron necesario decla­rar el Estado de Guerra. Fueron llegando noticias de alzamien­tos en otros puntos de España. En Madrid se tiraba desde las azoteas sobre las fuerzas de orden público. Hice una nueva pe­tición al Ministro para que declarara el Estado de Guerra; por fin, a las nueve de la noche accedió. Ordenó que una Compañía del Cuartel de la Montaña fuese a poner el bando en el Minis­terio de Gobernación; en cuanto salió del Cuartel la recibieron a tiros y tuvieron que refugiarse en él. Entonces, por primera vez en la historia, el bando se trasmitió por radio para toda España. Hasta ese momento llevé yo el peso de las órdenes con el Teniente Coronel Ungría y mi ayudante Castejón. Decla­rado el Estado de Guerra, se encargó al Estado Mayor Central dirigir las operaciones. A las seis de la mañana del día 6 me avisaron desde Barcelona que se había rendido la Generalitat y que todos sus ministros estaban presos.

sábado, 20 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 23


El Ministro me miraba de hito en hito; finalmente me dijo:
-"General Castelló, lo felicito" -y añadió:
-"No debemos hacer responsables a nuestras mujeres de los delitos que no­sotros cometemos. Déle usted a esa señora las pensiones de las dos Cruces de San Fernando que tiene su marido y déle los atrasos desde el tiempo que ha dejado de percibirlos."
Cuando llegó el expediente a las secciones del Ministerio quedaron todos asombrados; pensaban que ese día sería mi cese como Subsecretario.
Otro tema por resolver fue la combinación de mandos de coroneles en la que figuraban destinos vacantes. El mando de Regimiento en Barcelona era solicitado por el Coronel Cebrián. El Ministro me preguntó:
-"¿Quién es este señor?"
Le contesté:
-"Tiene un ascenso por Mérito de Guerra, ha sido cuatro años profesor de la Academia de Infantería y cuatro años ayudante del ex Rey."
Quedó suspenso y señaló:
-"Así me tiene usted que informar. Déle usted el mando de ese regimiento a ese coronel monárquico, vamos a ver cómo se porta."
Cebrián fue el primero que se sublevó en Barcelona contra la República.
En los despachos diarios yo estudiaba al Ministro y lo en­contraba frío, hosco. Me quejé a Saravia de esta frialdad y de que nunca me había dicho "esto está bien".
-"¿Le ha dicho a usted alguna vez que está mal? Pues en­tonces es que está contento" -replicó Saravia.
A última hora me hablaba ya con confianza y me dijo una vez:
-"Tengo la desgracia de ser soberbio; he sido educado en un convento de frailes y, sin embargo, soy un escéptico en re­ligión."
Y yo me preguntaba si este hombre, que procedía del grupo político de Melquíades Álvarez, que no había logrado ser Dipu­tado hasta la República no se sentiría vejado por haber pasado parte de su vida en el Registro de últimas voluntades de la Gobernación.
En el Arma de Artillería existía la costumbre de conceder un premio que se llamaba "Daoiz y Velarde" al artillero que se hubiese distinguido durante el año. En 1932 numerosos jefes y oficiales concurrieron a solicitarlo. El Ministro, profundamen­te emocionado, expresó:
-"Felicito al Arma de Artillería por la cantidad de perso­nas que solicitan el premio. Esto demuestra los grandes méritos contraídos a favor de España."
Y yo me preguntaba si estos méritos se referían acaso al apoyo prestado por los artilleros en el levantamiento en armas contra el General Primo de Rivera, que coadyuvó al derrumba­miento de la Monarquía.
Las Cortes constituyentes tocaban a su fin; el Presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, nombró Jefe de Gobierno a don Alejandro Lerroux y éste designó, por su parte, como Ministro de la Guerra al señor Rochas.
Aquella noche me llamó Azaña a su despacho:
-"Mañana -me dijo- vendrá el nuevo Ministro y como ésta es la primera crisis que se produce dentro de la República quiero romper con la costumbre de la Monarquía en que venían a este acto comisiones de todos los Cuerpos. Mañana, por con­siguiente, no asistirán más que los Inspectores del Ejército, el Jefe de E.M. central y usted."
Por mi parte, le informé:
-"Señor Ministro, a consecuencia de la reorganización que hizo usted del Ejército, se disolvieron muchos Cuerpos armados y han quedado en la caja del Minis­terio diez millones de pesetas. Es demasiado dinero para que yo responda de él; propongo que me dé usted una orden para ingresarlo en el Tribunal de Cuentas." Y así se hizo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 22

Luis Castelló en Alcazarquivir (Marruecos) en 1928 con sus hijas María Luisa -a la izquierda en la foto-y Dolores Ana. Fotografía cedida por Isabel Krsnik Castelló.

En la Cárcel Modelo estaban Alcalá Zamora y otros políti­cos, quienes constituyeron un gobierno provisional.
La primera bandera de la República apareció en el Palacio de Comunicaciones; luego se vieron millares de ellas en todos los balcones. La muchedumbre se dirigió a Palacio, pero se le adelantó un grupo de jóvenes de la Milicia Republicana que, cogidos de las manos y dando la espalda al Palacio, constituye­ron una barrera para que nadie osara molestar a la Reina y a sus hijos.
Aquella noche parto para Ceuta, donde ostento el cargo de Comandante Militar y Delegado del Gobernador General de Cádiz, más Presidente de la Junta de Obras del Puerto. En mi breve ausencia aquello había cambiado mucho. Mi cargo de Delegado del Gobernador Civil había pasado a un oficial de telégrafos.
En Tetuán, el Alto Comisario, General Jordana, se negó a izar la bandera de la República por no tener noticias oficiales del cambio de régimen. Le dieron dos horas de plazo para en­terarse; cuando el plazo expiró, la multitud encontró la puerta cerrada, trató de abrirla y entonces la guardia mora, por orden del Coronel Capaz, la recibió a tiros. Entró por la fuerza y arrastró al Coronel Capaz. Se buscó al General Jordana, mas éste, amparado por el Coronel Martínez Monje, se escapó en un coche y logró llegar a Gibraltar.
La disciplina se había relajado. Una bandera del tercio se insubordinó en el Zoco de Arba. Me llamó el General Sausa y ambos convinimos aquella noche que tres tambores de regula­res rodeasen el Zoco para hacer prisioneros a los insurgentes. Estos, desarmados, fueron conducidos a Ceuta donde se los licenció.
Marché a Madrid a reanudar el Curso de Coroneles. Allí me enteré de la toma de posesión del nuevo Ministro de la Guerra, señor Azaña, quien se llevó de asesor a Saravia. Según me dije­ron, establecieron un gabinete negro que informaba sobre las personas. La primera disposición fue publicar el Decreto sobre Retiro por el cual se otorgaba el sueldo completo a los que lo solicitasen, cualquiera fuesen sus años de servicio. Tuvo un gran éxito: se produjeron muchas vacantes y se redujeron las plantillas, pues de dieciséis divisiones quedaron ocho.
Al poco tiempo de ser proclamada la República me ascen­dieron a General. Juré la nueva bandera como militar apolítico que era, que debe, ante todo, lealtad a su Patria.»
Mi padre, al tener noticia de su próximo ascenso, le propuso la ayudantía a Castejón. Este, según me contó, puso sus condi­ciones, pues no estaba dispuesto a marcharse a cualquier sitio.
-«Puede que solicite Alicante» -le informó mi padre.
-«Entonces sí me voy con usted.»
Habían terminado los años de África. Allí había hecho prác­ticamente su carrera: allí obtuvo los ascensos a Comandante y a Coronel por méritos de guerra; allí ganó sus Cruces Rojas del Mérito en Campaña y la Legión de Honor que obtuvo comba­tiendo junto a los franceses contra Abd-el-Krim. Una de las medallas, la María Cristina, le fue regalada por su regimiento. Pensaban obsequiársela de platino y brillantes, pero mi padre, que era la austeridad y la integridad personificada, se negó a ello; sólo aceptó una condecoración corriente de metal blanco. Lo homenajearon con una comida.
Y así cerramos un capítulo de nuestras vidas... Embarcamos los cuatro, mi padre, con sus cruces bien ganadas, mi madre y nosotras dos con un mono y un osa de tamaño natural, regalos del regimiento.
Tras las aguas tumultuosas del Estrecho se quedó Marruecos. Mis padres no lo volverían a ver. Mis recuerdos son im­precisos y, sin embarga, una vez un marroquí me enseñó unas postales de Larache y yo reconocí la Plaza de España con sus soportales.

------- V -------


«Durante la guerra civil, en las guerras de Cuba y Filipinas, en la de Marruecos, desde 1900, se aplicaron distintas modali­dades en los ascensos según los criterios de los Ministros.
Un día trajeron a mi despacho un expediente y vi que decía que para ascender por méritos de guerra se necesitaba citarlos en la Orden General del Ejército, abrir un expediente en el cual el Juez admitiese declaraciones en pro y en contra, cerrarlo con su parecer y remitirlo al Consejo Supremo de Guerra y Marina, el que, después de estudiarlo, lo entregaría al Ministro para que, a su vez, en forma de Proyecto de Ley lo enviase a las Cortes.
Hice el siguiente resumen al Ministro: «Que el Dictador Pri­mo de Rivera, no teniendo Cortes, los aprobó por Decreto. Es la única mácula que tienen los expedientes que están termina­dos. Propongo a Vuestra Excelencia que se envíen aquéllos al Consejo de Estado y que éste dictamine si es procedente enviar­lo a las Cortes de la República."
El Ministro se quedó suspenso y luego manifestó: "Con­forme."
Así se hizo. Cuando se supo en el Ministerio la resolución se produjo un gran revuelo, pues había muchas ideas encon­tradas.
Un día recibí una instancia de la señora del General San­jurjo, que estaba preso en el Dueso. Ella expuso que, como su marido había sido privado de la carrera y de los emolumentos, su familia vivía de los subsidios de los amigos de su marido.
Me dirigí al señor Ministro: "He estudiado este asunto y he consultado con las diversas secciones del Ministerio que, casi por unanimidad, conceptúan esta instancia de asunto político. En el Anuario Militar figura un paisano en la relación de jefes y oficiales laureados. Se llama Luis García Rodríguez. Este ofi­cial se distinguió notablemente en Ceuta y en Tetuán, por lo que el General Primo de Rivera lo ascendió a Comandante y le dio la Laureada de San Fernando, mas sus compañeros le formaron Tribunal de Honor porque había realizado las opera­ciones militares con un escuadrón de cincuenta caballos en lugar de cien y cobraba su sueldo del Estado. Sin embargo, en la sentencia no se le privó de la Laureada. Este, señor Minis­tro, es un antecedente, pues entiendo que un oficial expulsado del Ejército por un Tribunal de Honor ha cometido un delito para ellos de mayor importancia que la sublevación del Gene­ral Sanjurjo, que fue un delito político."

martes, 16 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 21


El Dictador planeó un desembarco en Alhucemas para aca­bar con la rebelión. De acuerdo con el Mariscal francés Petain, ambos convinieron una acción conjunta en Marruecos. El man­do francés opuso algunos reparos, pero finalmente se impuso el criterio de Primo de Rivera y la operación tuvo un resul­tado feliz. Se capturó a Abd-el-Krim, quien fue enviado a Mada­gascar.
Firmada la paz en Marruecos, impuesto el orden en el inte­rior, parecía que era el momento de abandonar el poder. Pero para los dictadores ese momento no parece llegar nunca. Primo de Rivera fundó la Unión Patriótica, compuesta de políticos fracasados, y creó una Asamblea Nacional; formó un gobierno de políticos de segunda fila ya en el plano civil. Consiguió anu­lar los partidos políticos monárquicos que habían perdido adep­tos, mas nadie vio que con ello los partidos de izquierdas fueron consiguiendo más prosélitos. La agitación política llegó hasta Marruecos y un día memorable el General Mola, jefe del te­rritorio de Larache, nos citó en la Comandancia de Artillería y con voz grave nos preguntó si el Dictador nos merecía con­fianza para seguir gobernando. La respuesta fue: "Terminadas las causas que motivaron la intervención armada en el Gobier­no de la Nación, y habida cuenta de que se había dado fin a la guerra de manera airosa, procedía liquidar la dictadura."
El Rey llamó al Dictador:
-"Creo, Miguel, que ha llegado el momento de dimitir" -y presentándole al General Berenguer le dijo:
-"Este es tu sucesor".»
Más adelante añade:
«Investido de los poderes, el General Berenguer forma un gobierno en el que él es Presidente; el General Marzo, Ministro de la Guerra, y el General Mola, Director General de Seguridad. La opinión pública, que ha estado siete años callada, va a ma­nifestarse. El primer incidente tuvo lugar en el Hospital de San Carlos donde los alumnos hicieron fuego contra la Guardia Civil. Poco después se manifiestan de manera violenta los so­cios del Ateneo; otro día, sobre Madrid, vuelan aviones en los que Queipo de Llano y Ramón Franco tiran octavillas tratando de sublevar a los descontentos. Fracasa la idea y ambos vuelan a Portugal. De acuerdo con ellos, el político Casares Quiroga, allá en Jaca, ha conseguido que varios jefes y oficiales, entre ellos los capitanes Galán y García Hernández se subleven. Salen fuerzas de Zaragoza, vencen a los revoltosos y ambos capitanes son aprehendidas, juzgados y fusilados. España está pasando días de inquietud. El General Berenguer no goza del prestigio de Primo de Rivera. Es el hombre de Annual. Pese a su caba­llerosidad, para los africanistas es un gafe.
El Rey, tal vez tratando de encauzar la situación, entregó el poder al Almirante Aznar, el cual formó gobierno con Beren­guer en el Ministerio de Guerra y el Marqués de Hoyos, Te­niente Coronel de Estado Mayor en la Gobernación. Con el propósito de restablecer la Constitución, convocó a elecciones municipales para luego ir a las de Diputados. Nadie menos indicado que el Marqués de Hoyos para un asunto de esta en­vergadura, que necesitaba un político experimentado. Yo esta­ba en Madrid en el curso de coroneles. Los votantes acudieron tranquilos a las urnas; por la tarde, como un rayo, circuló la noticia por Madrid: había triunfado la República en las cuaren­ta y nueve capitales de provincia. Por la mañana, en la Puerta del Sol se gritaba: "¡Viva la República!"
Por la tarde, cuando asistimos a la conferencia en el Museo y Biblioteca de Ingenieros, el Capitán General de Madrid nos dijo:
-"Señores coroneles, en las capitales de provincia ha triun­fado la República; el gobierno ha ordenado al General Sanjurjo, Director de la Guardia Civil, que pregunte a los coroneles de los tercios, si aceptan este triunfo; de lo contrario se decla­rará el Estado de Guerra cuyo bando tengo ya redactado. Se­ñores coroneles, el curso ha terminado, cada cual marche a su destino."
A la mañana siguiente se supo que la Guardia Civil había aceptado el voto popular, que el Rey había desoído a los parti­darios de resistir, abandonando el poder y marchado a Carta­gena acompañado del Almirante Miranda. Su esposa e hijos ha­bían quedado en Palacio. Había caído la Monarquía.

domingo, 14 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 20


Por lo visto, debido a la amistad que tenía con mi padre, Mola no se ofendió ante estas palabras. El había vivido un caso parecido. Se trataba también de un desfalco. El culpable no era el Jefe de Campamento, del que todos conocían su honradez, pero tuvo que responsabilizarse de él. Mola lo amonestó con estas palabras:
-«¿De qué le sirve a usted tener la cabeza llena de canas? Yo, cuando he tenido a mi cargo una caja, he hecho que fuera metálica, estuviera cerrada con cerrojo y atada con una cadena a la pata de una mesa, también metálica, incrustada en el sue­lo... Delante de la puerta del despacho tenía a un centinela con fusil y bayoneta calada y el dinero lo llevaba en un sobre co­gido con un imperdible al forro de mi guerrera.»
Por eso, cuando haciéndome eco de los rumores que corrie­ron sobre la muerte del General Mola, que muchos creían de­berse a un atentado, mi padre comentó:
-«No sé qué decirte, conociendo a Mola y lo receloso que era, cuesta trabajo pensar que fuera víctima de un atentado.»
Mi padre y él tuvieron una buena amistad, la cual se rompió por un malentendido que no llegaron a aclarar. Estando en la antesala de su despacho del Ministerio de la Guerra, en Madrid, habló mi padre de las características de su carácter, refiriendo algunas anécdotas. Su interlocutor y él no estaban solos; al­guien, mal intencionado, escuchó la conversación y le contó a Mola que Castelló había hablado mal de él.
De la Dictadura de Primo de Rivera ni me enteré, dada mi corta edad, pero sobre ella conservo algunas páginas escritas por mi padre:
-«Aquella campaña de Marruecos amenazaba eternizarse. Los gobiernos escatimaban recursos y no se atrevían a ordenar un esfuerzo definitivo. Además, parte de la opinión pública achacaba a los militares el desastre de Annual. Se determinó dejar de lado a los políticos de turno e implantar una Dic­tadura.
Desde Barcelona y Zaragoza los Generales Primo de Rivera y Sanjurjo mandaron emisarios a Madrid y a las provincias exponiendo el plan.
Mandaba el Regimiento de León el Coronel Zubillaga, hom­bre caballeroso pero incapaz de reunir a la oficialidad para mo­tivos tan arduos, y el General Saro me designó para este come­tido. Los reuní en el Cuarto de las Banderas y les expuse la idea de un pronunciamiento asegurándoles que quienes se abs­tuviesen no serían molestados. Todos dieron su venia y yo co­muniqué al General Saro el resultado. Este fue comunicado, a su vez, a Primo de Rivera y a Sanjurjo.
Primo de Rivera se sublevó y, después de algunas dificulta­des, se hizo cargo del poder con un Directorio de Generales de todas las Armas. Disolvió las Cámaras y comenzó su gobierno. Prometió terminar con la guerra de Marruecos. Los propios enemigos del dictador no le encontrarían mácula en cuanto a caballerosidad, honradez y competencia.
El primer error que cometió fue disponer que el Arma de Caballería, tradicionalmente de escala cerrada, admitiese los empleos por méritos de guerra. No hay que olvidar que Artille­ría e Ingenieros tenían jurada la escala cerrada. Don Miguel Primo de Rivera, quizá mal aconsejado, tuvo el valor de acome­ter la difícil empresa de modificar el sistema. El prólogo del Decreto empezaba así: «No sin grave preocupación tiene el Ministro que suscribe el honor de proponer a Vuestra Majestad la disolución del Cuerpo de Artillería». Todos los Cuerpos de Artillería se levantaron como un solo hombre. El primer regi­miento que se sublevó fue el de Ciudad Real; se enviaron tro­pas contra ellos y- se rindieron. Hubo consejos de guerra y duras sanciones, mas la lucha siguió. El Dictador relevó a la tropa de la obligación de obedecer a los rebeldes. Medida gra­vísima; se decía por Madrid que los jefes y oficiales del Arma proponían que fueran a Palacio dos íntimos del Rey: Sarabia y el Marqués de Someruelos. Estos informaron al Monarca que se hablaba de disolver el Arma. El Rey les prometió que no fir­maría el Decreto. Volvieron rápidamente a los cuarteles donde se gritó: "¡Viva el Rey!" y "¡Abajo el Dictador!" Poco después el Decreto apareció firmado. Fueron sustituidos por jefes y ofi­ciales de otras Armas; muchos permanecerían interiormente monárquicos, pero otros se pasaron a los enemigos del régimen. Esta intromisión en la política acarreó graves males, pues su ejemplo cundió e indeseables de todas las Armas se convirtie­ron en agitadores.

viernes, 12 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 19


----- IV -------

En la guerra de Marruecos mi padre se destacó por su va­lentía, aunque obraba con cautela. En los cargos que ocupó fue de una honradez e integridad absolutas. Tentativas de soborno tuvo muchas, pero todas fueron rechazadas. Con sus subalter­nos era justo y humano. Tenía, eso sí, el genio vivo y fuerte del militar, pero bastaba conocerlo para saber que sus enfados le pasaban pronto.
Uno de sus ayudantes de Marruecos, según relataba riéndo­se, cuando tenía que tratar con mi padre algún asunto, tras pre­guntar:
-«¿Se puede?», se asomaba a su despacho y enseguida decía: «hasta luego, mi coronel» para regresar al cabo de media hora. Y nuevamente:
-«¿Se puede»?.
-«Sí -respondía mi padre­ y antes también se podía.»
-«No, antes con la cara que usted tenía, no.»
Su tremendo sentido del humor le hacía gastar bromas, a veces un tanto pesadas, a sus subalternos. Este hecho se lo oí narrar a uno de los protagonistas: estaba mi padre en Larache, el lugar más caluroso de Marruecos. Allí las golondrinas que hacían sus nidos en los aleros caían sofocadas, ahogadas por el calor. En su despacho, con ventiladores, persianas de bam­bú regadas con agua, mi padre conseguía una temperatura «fresquita» de más de treinta grados. Las noches, en cambio, eran frías. Lyautey decía que África era un continente frío en el que calentaba mucho el sol. Mi padre llamaba diariamente a Alcazarquivir para informarse de la temperatura que allí ha­cía. La respuesta fue, durante algún tiempo, «para lo que suele ser esto, soportable». Un día en que le respondieron «hoy es inaguantable», se dirigió muy serio a sus dos oficiales: -«Te­nemos que ir a Alcazarquivir. Lo he estado demorando a causa del calor... pero ya no podemos esperar más.» Pensaban los ofi­ciales que la salida sería a media tarde, pero mi padre decidió que saldrían una vez terminada la comida, debido a las numerosas­ gestiones que tenían que hacer.
Cogieron un Ford con techo de lona y se dirigieron a Alcazarquivir. Visitaron uno o varios campamentos. -«Y en uno de ellos, en pleno descampa­do, se paró tu padre... En mi vida he pasado más calor, bien es verdad que tu padre agachaba la cabeza y de la calva le caían goterones de sudor... Así nos tuvo toda la tarde de un lado para otro... y nosotros nos preguntábamos que para qué nos habría hecho hacer el viaje, pues nada de lo que estábamos ha­ciendo parecía muy urgente, ni siquiera necesario. Al terminar la tarde nos invitó a tomar un refresco y entonces, con aire burlón, nos dijo: -«¿A que no sabéis para qué os he traído? Para que sepáis cómo es un día de calor en Alcazarquivir.»
-«En los primeros tiempos de la República se organizó un desfile en honor del Alto Comisario. El Comandante manifestó sus dudas sobre los gritos que habrían de pronunciar los ofi­ciales y la tropa al pasar ante la tribuna presidencial. Antes, en tiempos de la monarquía, el oficial gritaba « ¡ Viva el...! » y la tropa contestaba « ¡ Rey ! ». Nada más sencillo, al parecer, que sustituir estos gritos por un « ¡ Viva la República ! » al que con­testaría la tropa « ¡ Viva !». Pero al Comandante no se le ocu­rrió y creyó de buena fe lo que le dijo el teniente:
-«Pues en esta ocasión, como el que viene es el Alto Co­misario, el jefe tiene que gritar «¡Viva el altoco...!» y la tropa contestar « ¡Misario! ».
Así se ensayó el desfile hasta que alguien le hizo notar al Comandante lo disparatado de los gritos. Fue éste con sus quejas a mi padre:
-«No puede ser, cada día el teniente me gasta una broma, como lo del altoco...misario.»
-«Me salvó la carcajada de tu padre» -me decía el oficial.
Reveladoras del carácter de mi padre y del General Mola son estas otras anécdotas, una de ellas es sobre Mola y la otra sobre Castejón. Creo que entonces Mola era General, el Jefe de Zona, mi padre el Gobernador Militar de Larache y Yagüe Teniente Coronel. Mola fue a pasar una visita de inspección a un campamento a cuyo mando estaba Castejón y descubrió que había un desfalco en la caja. La cantidad era pequeña, Castejón respondió de los oficiales y repuso la cantidad de su bolsillo. Yagüe, indeciso sobre la actitud que debía tomar, consultó el caso con mi padre, quien le aconsejó:
-«No dé usted parte de lo sucedido a Mola, pues ya conoce su carácter inflexible; se empeñará en poner un duro castigo a los oficiales.»
Se conoce que estas razones no convencieron a Yagüe, pues hizo lo contrario. Mola llamó a mi padre; la esperaba en su despacho. En privado se tuteaban; en público, no. Mola pensa­ba, no sin razón, que el tuteo relajaba la disciplina. Estaba ner­viosísimo, paseando de un lado a otro de la habitación.
-«No puede ser... así no se puede mandar... Tú eres una hermana de la caridad vestida de uniforme.»
-«¿Se puede saber adónde quieres ir a parar?»
-«Pues a esto: en un acto de servicio te has metido a acon­sejar a Yagüe que no me diese parte.»
-«Vaya... ya te vino con el cuento. Has de saber que fue un consejo personal; él se limitó a contarme lo sucedido y yo le aconsejé lo que mejor me parecía.»
-«Pues no es justo que esos oficiales se queden sin castigo.» -«Bien, si te empeñas en castigarlos, los envías un mes arrestados a un castillo y pones en su hoja de servicio que son poco escrupulosos en la administración. ¡Ya está bien como castigo! Pero al menos no les formas Tribunal de Honor y les quitas la carrera.»
-«Bien... por una vez, y sin que esto sirva de precedente, se hará como tú digas.»
Al salir del despacho encontró mi padre a Castejón: -«No sé qué querrá el General.»
-«Pues se trata del asunto del desfalco de la caja.»
Prevenido pues, Castejón entró muy sereno a enfrentarse con su superior. Este lo recibió enfadadísimo y le repitió lo que le había dicho a mi padre. Castejón, sin inmutarse, se limitó a decir:
-«¿Sabe usted lo que le digo, mi general? Que si no fuese por el Coronel Castelló, entre el genio que tiene usted y el que tiene el Teniente Coronel Yagüe, aquí no habría quién viviese.»