lunes, 25 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 10


-"¿Qué te ha pasado para estar dos años disponible?"
-"Señor, he estado todo ese tiempo en las Juntas de Defensa."
Entonces salió y canceló todas sus audiencias del día, luego regresó y:
-"¿Qué pasa en Infantería?" -inquirió, vivamente inte­resado.
-"Lo principal es el descontento por los méritos de guerra y los destinos."
-"¿Y qué arreglo encontráis para ello?"
-"Para los destinos, que sean por antigüedad, formular una papeleta solicitando ocho; llegada la vacante, el primero que la hubiese requerido, la conseguiría. Los mandos del Cuer­po son del Rey. Para los empleos por méritos de guerra, nom­brar un Juez que instruya un expediente en pro y en contra; el Juez emite su parecer y lo pasa al Consejo Supremo, el cual, una vez aprobado, lo entrega al Ministro y éste lo remite a las Cortes en forma de proyecto de ley."
El Rey quedó suspenso un momento, luego dijo:
-"Dile a tus compañeros que así se hará."
Y así se hizo la Ley de Bases de 1918. Posteriormente el Mi­nistro La Cierva llevó el Directorio del Arma de Infantería al Ministerio de la Guerra en forma de Junta consultiva. Las Jun­tas de Defensa habían muerto.»
Varios años estuvo mi padre en Madrid. Años de vida pla­centera. Allí cambió la Semana Santa y las Ferias por la ópera, la zarzuela y las cupletistas de la época, entre las cuales una de sus preferidas era la famosa Raquel Meyer. Solía irse a pri­mera fila del patio de butacas provisto de un cuadernillo y una pluma estilográfica para tomar la letra de las canciones. Una noche Raquel, entre copla y copla, se le acercó y desde el es­cenario le dijo:
-«No se moleste en tomar la letra de las canciones, las tengo impresas; espéreme a la salida y se las daré.»
Así lo hizo con una preciosa sonrisa. Aquel folleto se con­servaba en casa; cada canción estaba ilustrada con una foto de Raquel.
La ópera, como es natural, era otra cosa; para ir a ella se vestían de punta en blanco. Mi padre tenía un palco con algu­nos amigos, todos ellos socios de la Gran Peña.
Antes del espectáculo tenían la posibilidad de observar a la aristocracia con sus damas enjoyadas y emplumadas con «aigrettes» y abanicos de avestruz. Un portero uniformado y solemne, con una alabarda en la mano, iba anunciando a las diferentes personalidades que entraban. Cuando llegaban ellos, sin perder su empaque ni su seriedad, el portero anunciaba: «Un grupo de señores socios de la Gran Peña.» Estos pasaban luego a ocupar sus puestos en el palco, mas como eran ocho, cada acto le tocaba a uno oírlo de pie. Los verdaderos aficio­nados y entendidos, todo el mundo lo sabía, estaban en el «pa­raíso» provistos de las partituras. A ese público y no al elegante de los palcos y patio de butacas temían los cantantes, pues de sus aplausos o pateos podía depender el éxito de una obra.
A veces tenía mi padre que hacer guardia en Palacio y de los breves contactos que mantuvo con el Rey nació en él una pro­funda simpatía hacia el Monarca. Solía decir que si como Rey se podía discutir su figura, como persona poseía grandes cua­lidades. Nadie podría negarle un gran sentido del humor y va­lentía, cualidades sin duda muy borbónicas, pero también ha­bía heredado la debilidad de dejarse influir por los demás.
Por quien mi padre sentía una gran admiración era por la Reina madre, doña Cristina, a tal punto que le oí decir que más que a su marido, en cuyo breve reinado poco más hay para se­ñalar que su humanitaria y valiente actuación cuando el cólera de Aranjuez, él habría dedicado el monumento del Retiro a doña Cristina. Y relataba un episodio que bien podría servir de lección a muchos gobernantes: en cierta ocasión un Minis­tro se quedó sorprendido al verla leyendo un periódico socialis­ta y, al manifestar su asombro, ella le contestó:
-«Claro, lo bueno que ocurre en España ya me lo cuentan ustedes... quiero saber también lo malo y lo que opina la opo­sición.»

sábado, 23 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 9


Hízose en Andalucía un plebiscito y, casi por unanimidad, resulté elegido delegado.
Barcelona, en el mes de julio, había pasado por una huelga revolucionaria y una sedición militar.
El día que llegué fui, como los otros, a presentarme al Co­ronel don Benito Márquez, presidente de la Junta. A todos los delegados nos citaron en el pabellón del coronel y allí presenta­mos nuestras credenciales. El coronel concedió la palabra al Capitán Leopoldo Pérez Pala, el autor del Manifiesto. Su figu­ra apenas si era conocida; era un tipo extraño y daba la impre­sión, por su vestimenta, de que se trataba de un bohemio o un revolucionario. Inspiraba respeto. Comenzó a hablar quedo pero, al mismo tiempo, en un tono rudo tajante. Todo era sin­cero en él. La soberbia brotaba de sus palabras, se hacía luz. El Manifiesto en sus labios tomaba vida. Dejó muy en claro que él amaba el Arma y que la consideraba la base sustancial del Ejército; creía que debía ser la cantera de la que saliesen los generales. «Quien lleva el peso de la batalla -decía- debe te­ner el máximo de los honores y recompensas; la labor de las otras armas es sólo accesoria.» Hizo a continuación una catili­naria contra Artillería e Ingenieros, a quienes llamaba «masó­nicos y jesuíticos». Planteó luego el asunto de los méritos de guerra. Se manifestó en un principio partidario de la "escala cerrada" pero propuso un plebiscito del Arma y, caso de triun­far el criterio de la "escala abierta", hacer un expediente con un Juez, escuchar votos en pro y en contra, enviarlo al Consejo Supremo, luego Ley en Cortes. El Arma aprobó este sistema y fue la Ley de Bases. La razón que adujo para la toma de esta medida fue el favoritismo entronizado en el Ejército. Respecto del asunto de los destinos expresó que siempre el que carecía de influencias iba a los peores destinos, por lo cual proponía que éstos fuesen solicitados por papeletas y la fecha de las mismas fuese la que determinara la obtención de la solicitud.
Por último, habló sobre la gestación de las Juntas: éstas habían tratado de tantear a los jefes de los partidos políticos para solicitar su apoyo y ofrecer el nuestro. Supimos que no habían sido recibidos por Maura, que los había escuchado Cambó y había aceptado Cierva. No habían visitado a los republica­nos, pero éstos les habían enviado emisarios para poner a su disposición sus huestes con el objeto de derrumbar a la Mo­narquía. (El movimiento revolucionario de Besteiro, Saborit, Largo Caballero, fue posterior al Manifiesto; a no dudar, éstos creían que la guarnición de Barcelona se declararía neutral, pero cuando se impuso el Estado de Guerra, la Junta cumplió con su deber.)
Los delegados oíamos atónitos esta intromisión de la Junta en la política. Cuando nos vimos fuera del local me reuní con Rafael Valenzuela, Rafael Duyós y Campoangulo. Cambiamos impresiones y acordamos dar nuestra aprobación a la parte militar y un voto de censura a la actuación política que nos ponía fuera de nuestra misión para cuya actuación no estába­mos preparados y que nos acarrearía la enemistad de los par­tidos políticos que no apoyásemos. Acordóse decirles que el Ejército es órgano apolítico creado para la defensa de la Patria -y del orden, sea cual fuese el gobierno que los dirigiese. Veinte días duraron las sesiones, de las cuales dimos cuenta a nuestras Juntas. Yo emití mis opiniones, que ya estaban contrastadas por los otros comandantes. Mi Junta de Sevilla las hizo suyas y, puestos de acuerdo con las otras regiones, se pudo suprimir la Junta Central de Barcelona y constituir un Directorio del Arma en Madrid con un Presidente votado por todos y un Vocal por cada región militar. Yo fui designado por la Segunda Re­gión. Reunidos en Madrid, conviví con los demás dos años: hicimos algunas cosas útiles y algunas innecesarias. Por nues­tras oficinas desfilaron jerarcas de la milicia, unos para co­nocernos, otros para cambiar impresiones, otros para darnos consejos. En el reglamento estaba dispuesto que cada dos años se renovase la mitad de la Junta. En el primer sorteo me tocó salir; nos habían dado derechos preferentes para elegir el des­tino que deseásemos. Fui destinado al Regimiento de León de Madrid. En la Monarquía era norma que cuando un Jefe era destinado a un Cuerpo armado debía solicitar audiencia al Rey. Así lo hice. El Rey me recibió. Su primera pregunta fue:

jueves, 21 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 8


II

«Corría el año 1905, en Barcelona; el diario "Cu-Cut" había lanzado palabras injuriosas contra el ejército; un grupo de ofi­ciales asaltó la redacción y arrojó por la ventana todo el ma­terial de imprenta. La guarnición se hizo solidaria con este hecho. Hubo revuelta periodística.
En Sevilla se reunieron en el Casino Militar, por orden del presidente don Ramiro Ortiz de Zárate, todos los jefes y oficia­les de la guarnición.
El Capitán General Luque, enterado de ello, mandó cerrar las puertas del Casino y se comunicó por teléfono con los co­roneles de las guarniciones de Andalucía; Zárate manifestó que contaba con la conformidad de ellos y que había puesto un te­legrama al Gobierno expresando que el Segundo Cuerpo de Ejército, con su General al frente, estaba al lado de la guarni­ción de Barcelona.
Cayó el gobierno Moret y asumió el Ministerio de Guerra el General Luque. Así terminó aquel asunto y yo, que tenía veinticinco años reflexioné: "Hemos cometido un acto de se­dición".»

Mi padre continuó en Sevilla hasta que en 1909 tuvo que marchar a la guerra de Marruecos.

Destinado mi padre a Madrid, vivía en una pensión de la calle de Las Torres. La dueña, Isidora, se destacaba en el arte culinario. Además de la atención de la pensión, seguía siendo la cocinera de un marqués, uno de aquel entonces que al título unía la fortuna, los criados de librea y el tiro de caballo. Isidora era un verdadero «cordon bleu». Un día el marqués hizo una apuesta con una amiga suya tras haber discutido quién tenía mejor cocinera. Durante un mes estuvieron comiendo y cenan­do en ambas casas. Ganó la apuesta el marqués: Isidora, duran­te ese mes, les sirvió, entre otras cosas, un plato distinto de huevos cada día. Como su amo tenía invitados a diario, bien a almorzar, bien a cenar, no era raro que sobrase comida y los restos de estos suculentos platos Isidora podía llevárselos, con lo cual en la pensión se comía opíparamente. Al morir el mar­qués, en su testamento no olvidó a su excelente cocinera y le dejó una cifra considerable de dinero, que unido a los ahorros del matrimonio les permitió inaugurar un hotel al que le dieron el nombre de una de sus hijas: Mercedes. Acabaron siendo los dueños de un hotel de primera categoría, el Alfonso XIII.
Cuando comento con personas de aquella época lo que ga­naba mi padre siendo teniente, 150 pesetas al mes, sobre todo si estas personas son modestas, generalmente exclaman:
-«¿Pero usted sabe lo que eran 150 pesetas de entonces?»
-«Pues bien -contesto yo- treinta duros era exactamente lo que costaba la pensión en casa de Isidora.»
-« ¡ Pues sería magnífica ! » -y acto seguido comienzan a enumerar lo que se podía adquirir por un duro. La lista resulta inacabable; un duro, un famoso duro de aquel entonces era también lo que costaba comer en un buen restaurante, y lo sé porque recuerdo haberle oído contar a mi padre que él y otros compañeros, tras vacilar mucho, un primero de mes, con la paga recién cobrada, decidieron echar una cana al aire y comer en un restaurante muy bueno cuyo menú costaba precisamente ese dinero. Imagínense a cuatro oficiales, en la flor de la edad, que van a gastarse un duro en comer. Pedían cuatro raciones y las fuentes volvían vacías a la cocina. Al terminar el almuerzo se les acercó un señor con una botella de Champagne: era el dueño. «Es la primera vez -dijo con satisfacción- que en mi restaurante regresan vacías las fuentes a la cocina; para mí esto es un honor y vengo a invitarlos a tomar una botella de Champagne. »
«A comienzos de 1917, estando en el regimiento de Soria de Sevilla llegó un emisario de Barcelona. No estaba muy claro qué nos quería imbuir, parecía lamentarse de que Artillería, Ingenieros y E.M., debido a su unión, nos impusiesen su in­fluencia mientras que nosotros, con nuestras rencillas, éramos la Cenicienta del Ejército. Proponía la constitución de una Jun­ta que aunase los intereses de todos. Mis compañeros oían con absoluta indiferencia. Nuestro visitante se fue desalentando. Al poco tiempo el Gobierno debió enterarse de lo que se trama­ba. El General Luque, que estaba de Ministro, no quiso actuar y dimitió; fue sustituido por el General Aguilera. Este dio orden al General Alfau, que mandaba la 4ª Región, para que metiese en Montjuich a la Junta de Barcelona. La noticia corrió como la pólvora y lo que no habían conseguido los emisarios lo con­siguió el castigo. El Arma de Infantería se levantó entera apo­yando a los presos. Cayó el Gobierno y entró otro conservador, el Marqués de Estella, quien relevó a Alfau sustituyéndolo por el General Marina. Puso éste en libertad a los detenidos de la Junta y publicó un célebre Manifiesto a través del cual nos enteramos de lo que se trataba y nos apresuramos a firmar el reglamento. En Madrid se constituyó una Junta de Caballería y supimos que el Rey había aconsejado a sus familiares que lo firmasen, tanto aquél como el nuestro. Acatado el estado de cosas, la Junta de Barcelona invitó a las once regiones militares a constituir Juntas Regionales y a enviar un delegado de cada una de ellas a Barcelona con el fin de unificar posiciones y criterios.

martes, 19 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 7


Otro de los profesores era Manuel Lucas Pomares. Con una carrera poco brillante, casado y cargado de hijos; los unifor­mes de este pobre oficial dejaban bastante que desear, lo que él achacaba a los escasos treinta duros de sueldo que ganaba al mes. Un día de los Inocentes aparecieron los siguientes ver­sos, escritos con letra de molde y clavados con chinchetas a la puerta de la clase:

Nadie es más feo que él.
Manuel.
Pronto gastará peluca.
Lucas.
Cargado de costillares,
Pomares.
En salsa de calamares
debió tener su guerrera.
Esta es la figura entera
de Manuel Lucas Pomares.

El Regimiento número 9 de Sevilla fue el primer destino de mi padre. Allí vivió unos años placenteros alternando con la mejor sociedad sevillana. En la ciudad del Guadalquivir las clases so­ciales estaban muy delimitadas. Para tener acceso a las capas altas había que poseer un título, tener alguno en la familia... o ser militar, carrera entonces muy mal pagada pero que goza­ba de un gran prestigio. Dentro del círculo de la alta sociedad había otro sector más cerrado aún del que un buen amigo de mi padre, sevillano él, solía decir;
-«Luis, para entrar ahí hay que ser por lo menos primo hermano de Jesucristo.»
Mi padre vivió muchos años en el hotel París, que era uno de los mejores de la ciudad.
Era entonces muy elegante. Tenía su propio caballo (lujo que no podían permitirse todos los oficiales de Infantería). Era una jaca a la que llamaba «Naná» en recuerdo de la heroína de la novela de Zola. Mi tío le enviaba la parte proporcional de las rentas de la finca, lo cual le daba la posibilidad de hacer un papel airoso en medio de aquella sociedad aristocrática y opulenta. De cuatro invitaciones aceptaba dos, pues sabía que no podía corresponder más que a una.
La gran distracción de las jovencitas sevillanas a comienzos de siglo consistía en ir a pasear en coche cubierto por el Parque María Luisa al caer la tarde. Iban acompañadas de su ma­dre o de la «carabina». Allí las rondaban los galanes a caballo y por ello merecía la pena cualquier sacrificio. Es anecdótico el caso de unas señoritas económicamente venidas a menos a quienes su padre puso en la alternativa de comer patatas todos los días y conservar el coche o prescindir de este último. Opta­ron por las patatas...
Cuando llegaba la feria, los jóvenes sevillanos tenían la oca­sión de acercarse a la dama de sus pensamientos. Previamente, durante la Semana Santa, las señoritas «bien» solían colocarse tras una mesa petitoria en compañía de unas señoras muy se­rias y los galanes, para que ellas se dignasen dedicarles una media sonrisa, tenían que soltar sobre la bandeja tres o cuatro duros. Al llegar la Feria, si la joven en cuestión tenía algún hermano, éste decía a sus amigos que se pasaran por su caseta. Cada caseta suponía un ramo de flores para la mamá y otro para la jovencita. A la tercera caseta que se visitaba se había terminado la paga del mes.
Finalmente se celebraba un magnífico baile en el Círculo de Labradores, lo más elegante de Sevilla. En sus salones se podía invitar a las jóvenes a bailar un rigodón o unos lanceros, ya que el «agarrado» no era de buen tono en una señorita. Decla­rarse a una de ellas requería todo un ceremonial. En el baile del Círculo de Labradores, entre rigodón y lanceros, se podía un joven insinuar. Luego venían las cartas; a la primera no se debía contestar y lo mismo ocurría con la segunda. El galán tenía que insistir y enviar la tercera. La respuesta solía ser eva­siva... se hablaba en ella de la no muy completa conformidad de los padres a las relaciones, pero se dejaba una esperanza.
« A mí cuando no me contestaban a la primera me encogía de hombros y daba por zanjado el asunto...
Probablemente me perdí muy buenos partidos... Además me daba por pretender a las recién puestas de largo. ¡Y tenían unos humos!»
Solía presumir de haber recibido muchas «calabazas» y, con su habitual buen humor, comentaba que había salido a flote en la vida gracias a ellas. Sabía perder con elegancia.
Tuvo un amor muy romántico. Se enamoró platónicamente de una joven y llegó a alquilar un piso cuyas ventanas daban a la misma calle que la de la dama de sus pensamientos. Puso visillos y una butaca junto a una de las ventanas y allí se pasa­ba las horas muertas haciéndole silenciosas señales con la mano. Su dama, un buen día, dio por finalizado el idilio. Mi padre recibió una carta que ponía punto final a su amor: «Con gran desconsuelo de mi corazón y contra mi voluntad he de decirle que mis padres se oponen terminantemente a nuestras relaciones.» ¿Motivos? Jamás los supo, pero probablemente aquel romance dejó un recuerdo imborrable y lleno de nostal­gia en su alma.
Pretender, como él pretendía en broma, que sólo había re­cibido calabazas, es algo difícil de creer.
Tuvo relaciones con una prima hermana suya, Cándida, her­mana de José Castelló del Olmo. A éste, por quien sentí un en­trañable cariño, le pregunté un día:
-«¿Es verdad que papá y tía Cándida fueron medio no­vios?»
-«No... fueron novios formales.»
-«¿Y por qué riñeron?»
-«Por cualquier tontería... tu padre tenía mucho genio, mi hermana también... chocarían... Y luego, por amor propio, ninguno querría dar su brazo a torcer.»
Tía Cándida terminó casándose con un señorito de pueblo aficionado a la bebida. Los claros del día se los pasaba en el casino de Constantina y por la noche regresaba a su casa con media trompa. No tuvieron hijos. Tía Cándida fue muy guapa y muy gastadora, así que al quedarse viuda se encontró con que entre los dos habían dilapidado una fortuna muy decente. Siem­pre admiré a tía Cándida; tenía una cultura que dejaba bastan­te que desear y, sin embargo, fue capaz de ponerse a trabajar y ganarse la vida. Tuvo una colocación en una fábrica de per­fumes, luego estuvo de institutriz de una niña subnormal y cuando la conocí, ya pasados los sesenta años, trabajaba en las oficinas de un Sindicato. Iba siempre primorosamente ves­tida y maquillada. No sé cómo se las había arreglado para qui­tarse años y facilitar así su empleo. Con la edad había perdido su juvenil esbeltez pero conservaba un cutis admirable. Mi prima Dolores, la hija de tío Pepe, me contaba que cuando vivía en su casa, se levantaba casi de madrugada para tener tiempo de arreglarse y seguir aparentando esos diez años me­nos que había escamoteado en el Sindicato. Lo más admirable es que cuando se convocaron las oposiciones tía Cándida pidió a Dolores que le enseñase matemáticas. Con mucho más de se­senta años se puso a estudiar quebrados, regla de tres, álgebra y la ley de Sindicatos. ¡Y aprobó las oposiciones! Pese a la re­baja que se había hecho en la edad, llegó un momento en que alcanzó la del retiro. La última vez que la vi me dijo que como le quedaban pocos años de vida había empezado a romper car­tas y fotografías que después de muerta no le interesarían a nadie. Tras su fallecimiento comenté con
su hermano esta con­versación:
-«Pues... no... no rompió todas las cartas, conservaba aún la de tu padre felicitando a mi madre por mi medalla militar... »

lunes, 18 de octubre de 2010

LA VILLA SANTIAGUISTA DE GUADALCANAL


La Diputación Provincial de Sevilla, en su nota de prensa del pasado 8 de octubre, informaba de los ganadores del Concurso de Monografías "Archivo Hispalense", del presente año, que promueve desde su área de Cultura e Identidad.

En la sección de Historia, ha sido premiado con accésit, Manuel Maldonado Fernández, con el libro "LA VILLA SANTIAGUISTA DE GUADALCANAL", dotado con un premio de 1.055 euros, y la próxima publicación del libro.

Desde aquí, queremos hacerle llegar a Manuel Maldonado nuestra felicitación por el premio conseguido, que permitirá a muchos lectores conocer la historia de Guadalcanal, dentro de la Orden de Santiago.

El libro está compuesto por nueve capítulos y cinco anexos, recogidos en casi trescientas páginas.

Manuel Maldonado Fernández, natural de Trasierra (Badajoz), Licenciado en Ciencias Biológicas y Catedrático de Biología y Geología en el IES “San Isidoro” de Sevilla, donde ha desarrollado la mayor parte de sus treinta y seis años de docencia.
Como historiador lleva varios años dedicados al estudio de la Orden de Santiago, especialmente centrados en Llerena y su partido histórico, en el que se encuadraba Guadalcanal hasta 1835. Estas investigaciones han dado como fruto la publicación de varios libros sobre la Historia de los pueblos santiaguistas de Casas de Reina, Llerena, Reina, Trasierra, Valencia de las Torres y Valverde de Llerena.
Asimismo colabora en publicaciones especializadas de ámbito nacional y autonómico, como la Revista de Estudios Extremeños, Archivo Hispalense o Chrónica Nova. En ellas se abordan aspectos que se han particularizado y desarrollado en numerosos Congresos, Jornadas y otros eventos interesados en la Historia de la Orden, sus pueblos y su gente, así como en más de setenta artículos publicados en la revista de Feria y Fiestas de Guadalcanal, y en las equivalentes de los pueblos santiaguistas del entorno de Llerena.
Su relación con Guadalcanal, aparte la propia de la proximidad geográfica, ya se inició en su infancia con la asistencia a la populosa feria ganadera del Coso, allá por los años cincuenta, continuando en su juventud con visitas periódicas a sus magníficas instalaciones deportivas. Ahora, en la madurez, continúa esta relación especialmente atraído por su voluminoso e interesante Archivo Histórico Municipal, al que ha visitado en más de cien ocasiones durante los últimos nueve años y al que considera uno de los mejores de los pueblos que en su día pertenecieron a la Orden de Santiago.
Estas visitas han servido, además de ampliar conocimientos sobre la Historia General de dicha Orden, para publicar varios artículos en la Revista de Feria y Fiestas Patronales de Guadalcanal.
Aparte estas publicaciones en la revista local, ha difundido el nombre y la Historia de Guadalcanal más allá de su entorno inmediato, gracias a otros artículos publicados en libros y revistas de mayor difusión. Son los casos de los estudios titulados:
“La encomienda santiaguista de Guadalcanal”, publicado en la Revista de la Diputación Provincial de Sevilla (Estudios Hispalenses) en el año 2002.
“La feria de Guaditoca”, publicada en las Actas del Congreso Internacional “550 Feria de San Miguel”, Zafra, Septiembre de 2004.
Agradecemos a Manuel Maldonado este importante trabajo que ha realizado, que permitirá a nuestros jóvenes conocer una parte importante de la historia de Guadalcanal.

Sin embargo, los responsables políticos del Ayuntamiento de Guadalcanal, han hecho todo lo posible para que este libro no se publicara.

Quisiéramos hacer un poco de historia sobre este tema, que nos ha hecho pasar vergüenza ajena, por el comportamiento del Alcalde y la Concejal de Cultura.

En las Jornadas Patrimoniales de Santiago y Santa Ana del año 2009, el entonces concejal de Patrimonio Eduardo Cordobés, después de la magnífica charla que Manuel Maldonado realizó sobre la Orden de Santiago, seguida con muchos interés por los numerosos asistentes, le solicitó la redacción de un libro sobre el tema, a lo que el señor Maldonado se comprometió.

Eduardo Cordobés realizó la gestión con la Diputación Provincial de Sevilla y meses después se entregó el libro, que previa aclaración de algunos puntos, quedó listo para pasar a la imprenta. Sin embargo, como la burocracia tiene sus cosas, la Diputación solicitó un escrito del Ayuntamiento, antes de iniciar la edición del libro.

Lo que parecía lo más fácil, por motivos políticos, se convirtió en un problema de difícil solución. Llevado a un pleno en una propuesta de PSOE, en el mismo se aprobó la propuesta de enviar el escrito por unanimidad (sólo estaban los ediles del PP), pero quedamos sorprendidos al ver una copia del acta meses después, donde se había cambiado la aprobación por un redactado en el que condicionaba el envío del escrito a que la Diputación publicara antes dos libros que el Ayuntamiento había solicitado. (ver copia del acta en la fotografía).

Vergüenza ajena tenemos que sentir, ante la actitud de los responsables actuales de este Ayuntamiento, que después del trabajo realizado por Manuel Maldonado, echaran por tierra el libro de esta persona, que tanto ha hecho por difundir la historia y el nombre de Guadalcanal.

Como dice el dicho; "no hay mal que por bien no venga", el libro al final se va a publicar, con una mayor difusión en los medios de comunicación, llegará a las bibliotecas de Andalucía, y Manuel Maldonado se va a ver premiado por el trabajo realizado, con la dotación económica del premio.

domingo, 17 de octubre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 6


-«En medio del desorden de la casa paterna -le oí contar a mi padre- aprendimos mi hermano y yo a ser ordenados en la administración de nuestros bienes.»

«Castelló Pantoja, Luis. Fecha de nacimiento: 26-03-1881. Fecha de la R. O. de ingreso: 04-08-1889. Salida de la Academia; número de promoción 116. Fecha de la R. O. de ascenso a ofi­cial: 14-04-1902. Cuerpo a que fue destinado: Regimiento de Soria Nº 9, Sevilla.»
Entró mi padre con dieciocho años en la Academia de In­fantería de Toledo. Fueron duros años de aprendizaje, pues además de la severa disciplina, el vetusto edificio carecía del menor confort; pese a los gruesos muros, ni un brasero para calentarse en invierno y un calor sofocante en verano. Los ca­detes eran despertados al alba. Tenían varias horas de estudio en unas mesas despacho que estaban frente a las camas. Les permitían envolverse las piernas con una de las mantas y se iluminaban con velas cuyos cabos se jugaban a las cartas y que, empalmados unos con otros, daban un poco más de ilu­minación. No era de extrañar que entre la hora temprana, la semipenumbra y el frío, a más de un alumno acabase por en­trarle el sueño y dormitase. El vigilante avanzaba entonces con pasos sigilosos, daba unos golpecitos en el hombro del durmien­te y castigaba al caballero cadete a seguir estudiando de pie. Para evitar este cruel castigo los alumnos cortaban cabezas de cerillas y las esparcían por el suelo y así conseguían escuchar los pasos del vigilante, despertarse y eludir la sanción. Luego llegaba la segunda penitencia: pasar a los lavabos. Cómo esta­ría de fría el agua que, las mañanas de invierno, un asistente tenía que subir a la cisterna y romper la capa de hielo que se formaba en ella e impedía que el agua circulase por las cañerías. Un compañero de mi padre, el futuro marqués de Camarasa, provisto de jabón, manopla, esponja y toalla, antes de comen­zar sus abluciones metía con cautela un dedo en el agua, movía negativamente la cabeza y mojando entonces la punta de la toalla se restregaba cuidadosamente los ojos. Para completar la higiene disponían de los baños públicos donde, por un real, tenían agua caliente, jabón y toalla. Los solían utilizar una vez por semana.
Tras el aseo venía el desayuno: café con leche y migas en abundancia. Seguían las clases teóricas y prácticas hasta la hora de almorzar. Los domingos, previo aviso, podían salir a comer fuera y no regresar hasta la hora de la cena.
Hablaba mi padre de un profesor de matemáticas muy di­vertido que trataba a los alumnos con una especie de paternalismo cargado de ironía. Usaba con frecuencia el apelativo «bonito -precioso»... calificativo poco usual en una Academia Mi­litar.
-«Vamos a ver, ¿qué es lo que no has entendido? Eso de que A más B, menos C igual a D, más E... bonito-precioso: te lo voy a explicar... para eso estoy yo aquí, para eso me paga tu padre.»
Pero si el alumno no comprendía rápidamente y tenía que repetir dos y hasta tres veces su explicación, su paciencia aca­baba terminándose y exclamaba:
-« ¡ Ay, bonito-precioso! ¡Qué lástima que una nube de mier­da no cayese sobre nuestras cabezas y nos aplastase!»
Un domingo le tocó a este oficial quedarse de guardia. A me­dia tarde, una señorita de voz aflautada preguntó por teléfono por él y se presentó como Niní, hermana de uno de sus alum­nos; solicitó permiso para que aquél se quedase no sólo a cenar sino a dormir en casa de sus padres.
-«No faltaría más, tratándose de usted... »
Pero al regresar a la mañana siguiente el cadete vio cómo el profesor de matemáticas lo miraba con divertida ironía y acercándose a él le decía con voz aflautada:
-«Soy Niní... la hermana del alumno X... Pero bonito-precioso... ¿Tú crees que no te reconocí cuando me llamaste? Lo que pasa es que comprendí que tenías ganas de correrte una juerguecita... y por una vez... »

viernes, 15 de octubre de 2010

GUADALCANAL, PUEBLO VIVO - 9

Esta novena entrega está dedicada íntegramente, a la Romería de la Virgen de Guaditoca. Acompañaremos a los romeros por el camino de la ermita, en la romería de septiembre del año 1990.