jueves, 6 de junio de 2013

NOVELA LÓPEZ DE AYALA - 3


GUSTAVO (continuación)
Dividida estaba la concurrencia en diversas secciones, y en cada una de ellas se ventilaban diferentes asuntos. Unos tararea­ban con grande entusiasmo algunos trozos del nuevo spartito: otros escuchaban con interés a un joven condiscípulo de Gus­tavo, que, dándose mucha importancia, les refería algunas insul­sas aventuras de los primeros años del artista: aventuras de que nunca se hubiera acordado el impertinente narrador, si la cele­bridad del protagonista no se las hubiera traído a la memoria.
Gustavo, sentado en medio de sus dos predilectos condiscípulos, Moncada y Guillermo, parecía absorto en profundas medi­taciones sin embargo, Gustavo no meditaba: no hacía otra cosa que fijar su mirada analítica y penetrante en los diferentes cuadros que su exaltada imaginación le ofrecía. Las escenas de su vida de estudiante; las secretas y continuas turbulencias de su ambición de gloria; la prodigalidad con que la suerte parecía satisfacerla; la atmósfera de luz y de perfumes que respiraba de pronto su corazón sediento; todo lanzaba mil diversas imágenes a su desconcertada fantasía, y colocaba al pobre compositor en un estado imposible de describir. Imaginaba que en aquel momento debía ser completamente dichoso, y con ansia de pene­trar todos los secretos del corazón humano, quería, estudiándose a si mimo, formar una idea exacta de la dicha. ¡Pobre muchacho! El ignoraba que el único medio de ser feliz es no pensar en la felicidad; que no hay dicha que después de profundamente analizada lo sea; y que el inundo no puede satisfacer el deseo abrigado por mucho tiempo en el virgen corazón de un niño y en la insaciable mente de un artista. Gustavo, en el seno de sus venturas, se agitaba turbulento y ansioso; el exceso de vida producía en el fondo de su corazón los mismos efectos que suele producir el escepticismo: la ansiedad y el vacío.
— ¡Miserable naturaleza humana! — exclamó para sí, levantándose bruscamente de su asiento; — ¡tan fuerte para el dolor, tan débil para los placeres!
¿Dónde estás, felicidad? ¿Por qué yo no te siento halagar mi mente, ensanchar mi corazón y serpear por mis venas? ¡No hay duda; el hombre sólo es grande sufriendo! Cuando yo sentía todos mis nervios próximos a estallar de rabia y de vio-lenta desesperación, con sólo la idea de que nunca conseguiría mi ambicionada gloria, era más grande y más feliz que lo soy ahora: más grande, porque me sentía capaz de más violentas sensaciones: más feliz, porque el considerar que solamente en los corazones privilegiados se alimentaban mis extraños dolores, halagaba mi orgullo con un placer tan nuevo y tan intenso corto ellos mismos.
Esto diciendo, apuró una copa hasta el fondo.
Moncada, acostumbrado a leer en los expresivos ojos de Gus­tavo, aunque incapaz de adivinar los extravagantes pensamien­tos del artista conoció que distaba mucho de gozar la espon­tánea alegría que en todos los corazones reinaba.
Cogiole del brazo sin hablarle una palabra, y seguidos de Guillermo, atravesaron la sala de la orquesta y se pararon en medio de un elegante salón de descanso.
—          ¿Qué nueva impertinencia te se ha ocurrido? — dijo Gustavo sin incomodarse.
—  No se trata de mis impertinencias, — respondió Mon­cada, — sino de que tú pongas en olvido las tuyas; si hoy, que todos mimamos a porfía al niño recién nacido, nos pones esa cara avinagrada y feroce qué cara reservas para la noche que te silben?
— Es muy natural, — dijo el metafísico Guillermo, — que cuanto más contento esté un artista, ponga una cara más feroz.
— No entiendo eso.
—          Yo te lo explicaré: dejarse arrebatar de la alegría, es pro­pio de almas vulgares: cuanto mayor sea la alegría, más trabajo debe costar el disimulo: este esfuerzo descompone la fisonomía, luego...
— En fin, — Gustavo: ¿de dónde dimana ese aspecto tan melancólico, que no bastan a disiparlo el vino, la música y la amistad? Si amas, no comprendo que ninguna mujer pueda ser esquiva contigo.
— iYo sí! — dijo Guillermo; — es muy natural que una mujer sea más esquiva con el hombre que más le agrada, por muchas razones, pero me contento con deciros seis: la pri­mara, porque existiendo amor en su pecho, temen que la menor demostración venda su secreto, y este temor las hace más retraí­das que si no estuviesen enamoradas. La segunda, porque ellas saben que el desdén las engrandece, y quieren aparecer más grandes a los ojos del hombre que más les agrada. La tercera....
—          Suprime las restantes. Dime, Gustavo, ¿es ese el carácter de tu Elena?

martes, 4 de junio de 2013

NOVELA LÓPEZ DE AYALA - 2


GUSTAVO

PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I [1]
Juventud, amor y vino

¡Qué bello, qué delicioso aparece el mundo a los ojos de un joven que por primera vez se enamora y se embriaga! A medida que el Champagne ensancha su corazón y acalora su mente, más dulce y encantadora se le aparece la imagen de la mujer querida y es más profunda el inmenso amor que la profesa. El cielo se esclarece, el horizonte se dilata; la brisa es más suave; los campos más amenos, y de lo más íntimo de su corazón, ebrio de amor y de vino, sale un acento de tiernísima gratitud, que bendice al Creador por haberle colorado en medio del Paraíso, ¡Qué figura tan agradable y simpática la de un joven enamorado y borracho!
Perdonad, queridos lectores, estas reflexiones extravagantes, inspiradas por el bullicioso espectáculo de una brillante y esplendorosa orgía, en que varios jóvenes se han reunido, no como la cansada vejez para olvidar sus penas, sino para celebrar sus placeres y aumentar el estruendo de sus alegrías.
Todos los circunstantes no corresponden exactamente al tipo que con tanta ligereza acabamos de describir; pero uno de ellos, favorecido por las continuas atenciones de todos, es un perfecto modelo de vigorosa juventud y de espontáneo y arrebatado entu­siasmo. Nada revela en su morena y aguileña fisonomía la más ligera huella de esa repugnante gangrena de nuestra presente juventud, la duda y el escepticismo. Su frente lisa, ancha y desembarazada, anuncia la fecundidad de sus pensamientos, y su mirada ardiente y luminosa, demuestra la virginidad de su corazón.
Dos meses apenas se habían cumplido desde el día en que el joven Gustavo había pisado por primera vez la deleitable capital de las Españas. Nacido en un modesto pueblo de la provincia de Castilla la Vieja, había hecho sus primeros estudios artísticos en la antigua y célebre Universidad de Salamanca, y a los 22 años se presentaba en la corte, rico de ilusiones, escaso de dinero y autor de una ópera admiración y espanto de cuantas personas habían escuchado sus melodías.
En todas partes la envidia levanta sediciones contra el genio; pero el entusiasmo se encarga de recompensarle generosamente con abundante cosecha de amigos y admiradores. Antiguos condiscípulos de Gustavo, literatos de todas clases, aficionados inteligentes, honrados y ricos, de esos que deseando contribuir eficazmente a los adelantos de las artes no se les ocurre otro medio que emborrachar a los artistas, todos se prestaban sin­ceramente a celebrar el triunfo del nuevo genio.
Ya se habían apurado las doce primera botellas, y el vino, enemigo irreconciliable de las diferencias sociales, a todos los había convertido en verdaderos hermanos; cada uno de los profe­sores concurrentes estaba altamente satisfecho de sí mismo, porque nunca se había creído capaz de tanta sinceridad.
— ¡Brindemos a la salud de la hermosa que reine en el pen­samiento de nuestro Bellini —dijo Moncada, estudiante bullicioso que se enamora perdidamente de la primera mujer que encuentra en la calle, que se dejaría matar por el amigo que hace ocho días aun no le era conocido. y que, sin embargo, hace alarde de escepticismo.
— ¡Brindemos! exclamaron todos. Alzáronse las copas y en la vecina estancia estalló de pronto el armonioso estruendo de una orquesta.
Gustavo levantó su copa, quiso Ilevársela a los labios, y se detuvo un momento: al fin la apuró, pero con tales muestras de indeciso, que cualquiera hubiera conocido que, o no tenía mujer ninguna en quien hacerle aquel obsequio, o que varias se disputaban la preferencia.
— Lo mismo es ocho que ochenta, —dijo Moncada, reparando la indecisión de Gustavo — aunque para mí no hay más que una mujer en el mundo, que se compone de todas las que he conocido y me faltan que conocer: ¡juro ser un modelo de constancia!
—  Así comprendo yo la constancia, repuso Guillermo, estu­diante metafísico y muy dado la explicar absurdos; nadie se ena­mora de una determinada persona, corto dijo no sé quién, sino del amor, y mientras no se averigua de quién es la culpa, si de la mujer, que no sabe seguir agradándonos mucho tiempo, o de nosotros, que no sabemos seguir queriéndola, yo estoy…
Tu estas… dijo Moncada, queriendo acabar la frase de otro.
— Aún no es tiempo: me faltan muchas copas; — y apuró la qué tenía en la mano.


[1] El autor de la primera edición, que manejó las cuartillas originales manuscritas de Ayala, indica que el dorso de la primera cuartilla se podían leer los siguientes apuntes: «Describir la lectura de la ópera.- Carácter de Gustavo.-Ama el amor.- No se atreve a despreciar el amor de la Condesa.- No desecharía amor ninguno.-Todo le parece poco.- No tiene la edad en la que basta y sobra con un amor.-Él acoge todo lo que llega.- No cree lo de Elena porque amengua su fortuna y ataca su vanidad».

domingo, 2 de junio de 2013

PROCESIÓN DEL CORPUS EN GUADALCANAL



Hoy se ha celebrado la procesión del Corpus en Guadalcanal. Para los que no hayan podido  verla, pueden ver un resumen en la siguiente dirección:


 http://youtu.be/hoh_HYP4uWY

NOVELA LÓPEZ DE AYALA - 1



GUSTAVO

Novela semi-inédita de Adelardo López de Ayala, publicada por primera vez en 1908.
  
Prólogo de la presente segunda edición
            En su faceta literaria Adelardo López de Ayala, es conocido como poeta y autor dramático. Sin embargo, como saben los especialistas en literatura del siglo XIX, en 1852, cuando solo contaba 24 años, escribió la novela que hoy prologamos, que jamás ha sido editada como texto impreso para venta en librerías. El motivo de ello fue que fue rechazada por la Censura, por los motivos que aparecen debidamente explicados por el autor de la primera edición, aparecida a principios del S. XX en el Tomo XIX de la Revue Hispanique, (1894-1933) fundada por el prestigioso hispanista francés Raymond Fouché-Delbosc (1864-1929). El prólogo de la primera edición, de autor más cualificado que el de la presente, es suficientemente ilustrativo del carácter de la obra y de las circunstancias que concurrieron para el rechazo por la Censura. Comprenderá el posible lector que, teniendo en cuenta las anteriores circunstancias, me atreva a calificar el texto de esta novela como semi-inédito. 

                                                      Quimiófilo
               ------------------------------------------------------------------

                  Prólogo del autor de la primera edición de 1908.
                                             GUSTAVO
                     Novela inédita de Adelardo López de Ayala

En la página 310, de su traducción castellana de la Historia de la literatura española del Sr. D. J. FitzMaurice-Kelly[1] D. Adolfo Bonilla y San Martín escribe: «Hay un aspecto de la personalidad literaria de Ayala completamente desconocido: nos referimos a Ayala considerado como novelista. Entre los papeles del insigne dramaturgo que han llegado a mis manos, conservo una primera parte de cierta novela inédita del mismo, titulada: Gustavo, novela original. Son 236 cuartillas autógrafas. No creo llegase a escribir Ayala la segunda parte, por las dificultades que hubo de hallar la publicación de la primera. En efecto, a la vuelta de la cuartilla 256 está la siguiente nota, de puño y letra del Cen­sor: Censura de novelas. — Madrid, 27 de Mayo de 1852. — Se prohíbe la publicación de esta novela. — José Antonio Muratori .La obra se divide en diez y seis capítulos, y está escrita en estilo elegante, severo y armonioso».
Por azares de la suerte, es hoy de mi propiedad la novela a que se refiere la mencionada nota. Me decido a publicarla, teniendo en cuenta, no sólo su mérito literario, sino también el hecho de que da a conocer una fase, total­mente ignorada hasta el presente, del gran dramaturgo Adelardo López de Ayala (1828-1869).
Consta el manuscrito de 256 cuartillas autógrafas, que miden, por término medio, 145 mm x 211 mm, de caja de escritura. Hay algunas palabras tachadas, que indicamos en notas. En el ángulo superior de la derecha de la 1ª cuar­tilla, se leen estas líneas
Gustavo
Novela original,
Tomo primero.
Advertencia:
Donde dice: el poeta, léase el artista o el compositor.
Al respaldo de la cuartilla 236, se lee, de distinta letra, esta nota:
«Censura de novelas.
Madrid, 27 de Mayo de 1852
Se prohíbe la publicación de esta novela.
José Antonio Muratori»
* * *
La prohibición del Censor, dado el carácter de la época, se explica por el atrevimiento de algunas escenas de la obra. Desanimado por el obstáculo, Ayala, probablemente, no pensó en terminarla, y más tarde, los pudibundos editores de la colección de Obras la colección de Obra[2] del autor de Consuelo en la colección de escritores castellanos, si de la novela tuvieron noticia no creyeron conveniente publicarla.  
          La corrección propuesta por Ayala, para sustituir las palabras: el artista o el compositor, donde puso el poeta, obedeció quizás al deseo de evitar que se tomase por autobiografía (como en parte lo era) lo que pretendía ser únicamente narración novelesca. De todos modos, el tono de sombrío pesimismo que en algunos momentos se advierte en la obra, acomodase admirablemente al carácter de aquella ilustre bohemia literaria que se distinguía en Madrid a mediados del siglo XIX. En este sentido, Gustavo es un documento histórico del mayor interés, aparte de sus condiciones como producción literaria.
Esta obra fue presentada a la Censura en 1852. Tenía entonces Ayala 24 años, y había dado ya a la escena, el año anterior, uno de sus más hermosos dramas Un hombre de Estado. En aquel famoso Parnasillo, del Café del Príncipe, donde solían ir, entre otros, los Fernández Guerra, Bretón de los Herreros, Gil de Zárate, Hartzenbusch, Campoamor, y Cañete (introductor de Ayala), se le auguraba al joven poeta un porvenir envidiable.
Después del periodo de sensiblería cursi que representa en la historia de la novela española el primer tercio del siglo XIX; después de los imitadores de Sir Walter Scott, entre los que sobresale indiscutiblemente Enrique Gil con su Señor de Bembibre, había llegado la influencia de Eugenio Sué, Jorge Sand, Víctor Hugo y Dumas (padre). Al influjo de éstos, y especialmente de Sué, obedecen algunas obras de Antonio Flores (uno de los contertulios del Parnasillo), autor de Fe, Esperanza y Caridad, y de otro amigo de Ayala: Antonio Hurtado, cuya novela Cosas del mundo se publicaba en El Español por los años de 1850. Francisco Navarro Villoslada, que dirigió la segunda época de El Español y que en 1854 había de colaborar con Ayala y con su amigo del alma Emilio (Juan Pascual) Arrieta en El Padre Cobos, rivalizaba en su Doña Blanca de Navarra con el autor de El Señor de Bembibre. Pero Ayala no sentía inclina­ción a la novela histórica, a pesar de haber acudido a la historia para su drama Un Hombre de Estado, sino que prefería el nuevo aspecto social de la corriente francesa. Y a esta tendencia responde, sin duda, la novela que ahora publica­mos, a pesar de la terminante y campanuda prohibición del Censor que estampó su solemne veto al respaldo de la última cuartilla[3].
Antonio Pérez Calamarte[4].



[1] Publicada por la Editorial La España Moderna (1901).
[2] Siete tomos en 8º Madrid, 1881-1885.

[3] En la primera edición de 1908 el editor respetó la ortografía de la época que usó L. de Ayala, en su manuscrito, si bien alteró algo la puntuación. En la presente edición, reproducida a partir del facsímil de la de 1908, se ha usado la ortografía actual para comodidad del lector y se han suprimido las notas al pie de página que recogían las palabras tachadas por L. de Ayala.
[4] Seudónimo de Adolfo Bonilla San Martín (1875-1926), literato y filósofo, discípulo de Menéndez Pelayo. Su condición de sobrino del compositor Emilio Arrieta, gran amigo de Ayala, explica por qué al fallecer éste en 1869, sus papeles llegaran a sus manos.


jueves, 30 de mayo de 2013


Documentación medieval sobre

Guadalcanal en el archivo general de Simancas: El registro general del sello (y 3)

                    Salvador Hernández González
                     Revista Guadalcanal año 2011
1494, abril 24. Medina del Campo.

Compulsoria a Gonzalo de la Parra, escribano, vecino de Guadalcanal, para traer o mandar traer al Consejo Real el pleito tratado por Juan del Castillo, vecino de Medina del Campo, contra don Pedro Portocarrero, sobre ciertos maravedís que exige a este último y a su mujer doña Juana de Cárdenas, como herederos del maestre don Alonso de Cárdenas, ya difunto[1].

1494, julio 4. Segovia.

Al bachiller Andrés Sánchez de Torquemada, inquisidor y juez de bienes confiscados de la Provincia de León, que vea una petición de Blanca González, mujer de Ferrand Arias, vecina de Guadalcanal, de la Orden de Santiago, sobre razón de los bienes de su dote, que le fueron confiscados cuando fue condenada la memoria y fama de su marido a causa de haberse ahorcado[2].

1494, noviembre, 20. Madrid.

Emplazamiento a Sancho de Córdoba, vecino de la villa de Medellín, por la sentencia pronunciada a su favor y en contra de Alonso Ramos, vecino de Guadalcanal[3].

1495, febrero 12. Madrid.

Carta para que el bachiller Andrés de Torquemada, inquisidor del obispado de Badajoz, no confisque los bienes dotales de Catalina de Funes, mujer de Rodrigo Hernández, vecino de Guadalcanal, por haber sido condenado su suegro a cárcel perpetua y sus bienes confiscados[4].

1495, febrero 12. Madrid.

Carta para que el bachiller Andrés de Torquemada, inquisidor del obispado de Badajoz, respete los bienes dotales de Juana, “la duranga”, mujer de Gonzalo Fernández, vecinos de Guadalcanal, cuyo suegro había sido condenado [por la Inquisición][5].

1495, febrero 12. Madrid.

Rodrigo Fernández, vecino de Guadalcanal, hijo de Diego Fernández, reclama unos bienes confiscados a su padre por la Inquisición[6].

1496, febrero 26. Tortosa.

Comisión al bachiller Diego Fernández de Bonilla, inquisidor del Obispado de Badajoz y Provincia de León, y al licenciado Gonzalo Gallegos, vecino de Sevilla, sobre la demanda presentada por Gonzalo Rodríguez, vecino de Guadalcanal, protestando de una sentencia en la que fue condenado a pagar al fisco 90.000 maravedís[7].

1498, marzo 14. Alcalá de Henares.

Que Diego Maldonado y Francisco de Herrera, juntamente, descubran y labren las minas en el Arzobispado de Toledo y en el Maestrazgo de Santiago y Alcántara sin la villa de Azuaga y su encomienda, pues, en contra de las leyes, las villas de Castuera, La Serena, Almorchón, Cabeza de Buey, Guadalcanal y Fuente de Cantos, se están aprovechando de los mineros de alcoholes, plomos pobres y ricos de plata, cochizos que son para vidriar y otros metales que han descubierto[8].



[1] Vol. XI, documento 1447.
[2] Vol. XI, documento 2232.
[3] Vol. XI, documento 3904.
[4] Vol. XII, documento 577.
[5] Vol. XII, documento 578.
[6] Vol. XII, documento 579.
[7] Vol. XIII, documento 333.
[8] Vol. XV, documento 704.

domingo, 26 de mayo de 2013


Documentación medieval sobre

Guadalcanal en el archivo general de Simancas: El registro general del sello - 2

                    Salvador Hernández González
                     Revista Guadalcanal año 2011

Los instrumentos de descripción publicados sobre esta sección[1], recientemente colgados en red junto con la reproducción digital de la documentación que aquí recogemos[2], brindan un interesante arsenal de datos a través de los cuales afloran variados aspectos de la realidad histórica de la localidad en la recta final de la Baja Edad Media. Teniendo también en cuenta que su estudio detenido requeriría un trabajo de carácter monográfico que sobrepasaría el marco de estas páginas, nos limitamos en esta ocasión a recoger, a modo de apresurada regesta, las fichas correspondientes a Guadalcanal. Así conseguimos un primer acercamiento de estas fuentes a los lectores interesados en estos aspectos de la investigación histórica, quienes pueden consultar ya esta documentación a través de la red.

Regesta documental.

1480, febrero 7. Toledo.

Comisión al Asistente de Sevilla a petición de Juan Domínguez Colchero, vecino de Guadalcanal, sobre ciertas cuentas que tiene pendientes con Juan Sánchez Candil, vecino de Cazalla de la Sierra[3].

1485, junio 7. Córdoba.

Emplazamiento al concejo de Guadalcanal para que responda de la ejecución que ha hecho en bienes de Martín de Mecaur, por negarse en virtud de su hidalguía a contribuir en los pechos concejiles[4].

1485, septiembre, 2. Córdoba.

Petición a Pedro del Puerto, hijo de Alfonso González del Puerto, vecino de Guadalcanal, por causa de la muerte de Juan Ayllón, molinero[5].

1489, julio 7. Jaén.

Carta a petición de Fernando Muñoz y consortes, vecinos de Guadalcanal, sobre el abastecimiento de pan de la citada villa. Va inserta la ley sobre la saca de pan dada por Enrique IV en las Cortes de Córdoba del año de 1455[6].

1491, marzo 22. Sevilla.

Incitativa a Francisco de Urueña, escribano, vecino de Guadalcanal, para que entregue a Juan de Encinas el traslado del poder que el concejo de Montemolín dio a Juan Martín de Medina y consorte, para que se obligue a pagar al citado Encinas 40.000 maravedís[7].

1491, julio 16. Córdoba.

Al Asistente de Sevilla, que determine acerca de la posesión de un “herido” de molino, sito en término de la villa de Cazalla y Guadalcanal, ocupado indebidamente por Juan Candil y otros, no obstante ser de los hijos de Pero Martín, ya difunto[8].

1493, agosto 8. Barcelona.

Francisco González el Rico y su mujer, vecinos de Guadalcanal, apelan de la sentencia dictada por el bachiller Montano, juez de bienes confiscados a herejes, sobre razón de los confiscados a Alvar González de Zalamea y a García González de Zalamea y a García González, condenados por herejes. Se ordena hacerles justicia[9].



[1] Para Guadalcanal, véase: Archivo General de Simancas. Registro General del Sello. Vol. II (1478 – junio 1480). Valladolid, 1950; vol. IV (Enero 1485 – Diciembre 1486). Valladolid, 1956; vol. VI (Enero – Diciembre 1489). Valladolid, 1959; vol. VIII (Enero – Diciembre 1491). Valladolid, 1963; vol. X (Enero – Diciembre 1493). Valladolid, 1967; vol. XI (Enero – Diciembre 1494). Valladolid, 1970; vol. XII (Enero – Diciembre 1495). Valladolid, 1974; vol. XIII (Enero – Diciembre 1496). Madrid, 1987; vol. XV (Enero – Diciembre 1498). Madrid, 1989. Madrid, 1992. En lo sucesivo, se citará el volumen correspondiente y el número del documento dentro del mismo, para facilitar su identificación archivística al lector interesado.
[2] http://pares.mcu.es/
[3] Vol. II, documento 2547.
[4] Vol. IV, documento 1091.
[5] Vol. IV, documento 1577.
[6] Vol. VI, documento 1893.
[7] Vol. VIII, documento 969.
[8] Vol. VIII, documento 1925.
[9] Vol. X, documento 2125.

jueves, 23 de mayo de 2013


Documentación medieval sobre

Guadalcanal en el archivo general de Simancas: El registro general del sello - 1

                    Salvador Hernández González
                     Revista Guadalcanal año 2011


            El Registro General del Sello integra una de las secciones más antiguas del célebre Archivo General de Simancas, que como se sabe concentra en la localidad vallisoletana de su nombre el grueso de los fondos documentales de la Casa de Austria, completados con documentación tanto anterior, especialmente correspondiente a los Reyes Católicos, como posterior que cubre el siglo XVIII[1], si bien en menor volumen que la correspondiente al XVI y XVII.

            Esta sección, también conocida como del Sello de Corte, recoge la documentación correspondiente a la cancillería de los Reyes Católicos, aunque algunos documentos registrados corresponden a su antecesor Enrique IV. Aunque ya Alfonso X el Sabio había instituido el Registro en la legislación recogida en Las Partidas, serían los Reyes Católicos quienes en las cortes de Madrigal (1476) y Alcalá de Henares (1498) promulgasen las primeras disposiciones sobre cómo y qué se ha registrar y su conservación. Como instrumento de esta incipiente administración estatal que marca el tránsito de la Edad Media a la Moderna, en el Registro del Sello de Corte sólo figuran los documentos que eran validados con el sello mayor o de placa generados por el Rey (en su Cámara), el Consejo Real de Castilla, los Contadores Mayores, los Alcaldes de Casa y Corte y el Consejo de Inquisición, en un primer momento, hasta que a los otros consejos se les fue dotando de sus correspondientes sellos. 

            Esta documentación emanada de la monarquía castellana, directamente o a través de los citados organismos e instituciones en los que delegaba la voluntad real, podría definirse a grandes rasgos como de marcado carácter dispositivo o normativo, por lo que abundan, dentro de la amplia gama de contenidos, los actos jurídicos sobre aprobaciones, confirmaciones, denegaciones, perdones, concesión de mercedes, etc., como expresión del ejercicio de la soberanía reservada a los monarcas. Teniendo en cuenta las competencias del Consejo Real y de la Cámara de Castilla – principales productores de documentación – puede afirmarse que del primero procedía todo lo relacionado con la administración de justicia en primera instancia (iniciativas, receptorías, ordenanzas, pragmáticas, moratorias de deudas, etc.), y de la segunda emanaban las convocatorias de cortes, provisiones de oficios públicos civiles y eclesiásticos, legitimaciones, concesión de perdones, mayorazgos, mercedes, títulos de nobleza y licencias de todo tipo, etc.




[1] Un recorrido panorámico muy revelador de la riqueza y valor de la documentación de este archivo estatal se plantea en la obra de PLAZA BORES, Ángel de la: Guía del investigador: Archivo General de Simancas. Dirección General de Bellas Artes y Archivos, Madrid, 1992.