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jueves, 10 de marzo de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 78 y último


RESULTANDO: Que el procesado siempre disfrutó del con­cepto de buen militar aun cuando sin el relieve suficiente para justificar su elección para elevados cargos que bien pu­dieran habérsele confiado precisamente por su falta de per­sonalidad propia y carácter propicio a dejarse intervenir y mediatizar. Vistos los autos, oídas la acusación fiscal y defen­sa y siendo ponente el Auditor de Brigada D. Adriano Coro­nel Velázquez.- CONSIDERANDO: Que asumido el poder le­gítimo por las autoridades Militares del Ejército Nacional, la oposición armada contra el mismo origina la rebelión defi­nida en el artículo 237 del Código de Justicia Militar.- CONSIDERANDO: Que del expresado delito es responsable en concepto de autor el procesado, porque los hechos que la sen­tencia declara ponen de manifiesto que los realizó ostentan­do cargos y desempeñando puestos que su sola ocupación en­volvía extrema gravedad en provecho de los rebeldes, aun cuando no tuviera con ellos una completa identificación, por lo que incurrió en la responsabilidad que determina el ar­tículo 237 en relación con el número 2.° del artículo 238 del Código de Justicia Militar.- CONSIDERANDO: Que es de apreciar la circunstancia agravante de gran trascendencia y perjuicio para el servicio y los intereses generales del Estado a que se refiere el artículo 173 del texto legal ya citado.­
CONSIDERANDO: Que toda persona responsable criminal­mente de un delito o falta lo es también civilmente.- Vistos los artículos citados y los demás de general aplicación, así como el anexo a la Orden de 25 de enero de 1940 («B.O.» nú­mero 26).- FALLAMOS: Que debemos condenar y condena­mos al ex-General de Brigada DON LUIS CASTELLÓ PAN­TOJA como autor del delito de ADHESIÓN A LA REBELIÓN MILITAR, con la circunstancia agravante apreciada, a la pe­na de MUERTE, y para caso de indulto a las acciones de pér­dida de empleo, interdicción civil e inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena con expresa reserva de la acción civil o responsabilidad de igual clase en cuantía de­terminada.- Lo que por esta nuestra sentencia, juzgamos, pronunciamos, mandamos y firmamos.- OTROSI: El Conse­jo al dar cumplimiento a la Orden de 3 de julio de 1942 («B. O.» núm. 155) estima que no procede formular pro­puesta de conmutación.- Existen siete firmas ilegibles.
Y para que conste expido el presente testimonio que con­cuerda bien y fielmente con sus oficiales a los que en su caso me remito, y el que firmo y sello con el Visto Bueno de S. S.", en Madrid, a dieciocho de agosto de mil novecientos setenta y seis.


---------------------FIN---------------------

martes, 8 de marzo de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 77


Manifiesta se haga constar en acta la sentencia del 10 de enero de 1912 del Consejo Supremo de Guerra y Marina y también la providencia del mismo de fe­cha 25 de febrero de 1916 que previenen la anulación de las actuaciones desde que se nombra Fiscal con incapacidad le­gal. Asimismo manifiesta que no se le han hecho al proce­sado la lectura de los cargos procedentes de la causa general y unidos al sumario con posterioridad a la anulación de lo actuado por el Fiscal incompetente.- Preguntado convenien­temente el procesado por el presidente, contestó que desea unir tres documentos que entrega al Excmo. Sr. Presidente del Consejo.- Manifiesta que considera al Tribunal incompetente para juzgarlo por su condición de ex-Ministro, correspondien­do juzgarlo el Consejo Supremo de Justicia Militar. A conti­nuación se defendió sobre algunos extremos de los que se lo acusan, no teniendo nada más que añadir.- Terminado el acto, quedó el Consejo reunido en sesión secreta para delibe­rar y dictar sentencia, firmando el visto bueno; el Presidente del Consejo con el Sr. Juez de que certifico.- Visto Bueno: El General Presidente. - Firmado. - Rubricado. - Ilegible. Firmado por el Secretario. - Ilegible.

AL FOLIO 252 OBRA SENTENCIA.- En la Plaza de Ma­drid, a dieciséis de marzo de mil novecientos cuarenta y tres, reunido el Consejo de Guerra de Oficiales Generales para ver y fallar la presente causa instruida en procedimiento suma­rísimo contra D. LUIS CASTELLÓ PANTOJA, ex-General de Brigada, por el delito de Rebelión Militar y RESULTANDO: Que al producirse el Glorioso Movimiento Nacional el 17 de julio de 1936, el procesado D. LUIS CASTELLÓ PANTOJA, mayor de edad, estado viudo, natural de Guadalcanal (Sevi­lla) y en aquella fecha General de Brigada, se encontraba en Badajoz al mando de la 1.ª Brigada de la 1.ª División y lejos de unirse con sus fuerzas al Alzamiento, acata la orden de trasladarse a Madrid presentándose en esta Capital el 19 del mismo mes para formar parte como Ministro de la Guerra del Gobierno que acababa de constituirse presidido por Giral, cargo que acepta y desempeña hasta el día 6 del mes de agosto siguiente que le fue admitida su domisión. RESUL­TANDO: Que de la declaración testimoniada del General Don CELESTINO GARCÍA ANTÚNEZ, se deduce que el procesa­do como Ministro de la Guerra rojo dictó órdenes para atacar el Cuartel de la Montaña con piezas de Artillería y relevó a dicho General por ofrecer dificultades al cumplimiento de tales órdenes, así como que confirmó al General Aranda la orden de entrega de armamento a los elementos del Pueblo, RESULTANDO: Que al cesar el procesado como Ministro fue nombrado en Plaza de Superior Categoría Jefe de la Pri­mera División Orgánica cuyo destino acepta y desempeña, girando visitas a los frentes y permaneciendo en tal puesto hasta la segunda decena de octubre de 1936, que por padecer una gran depresión ingresa en el hospital, trasladándose más tarde a la embajada francesa de la que es evacuado a Francia el 7 de julio de 1937 y en cuya nación permanece hasta el 31 de marzo de 1942 que detenido en San Juan de Luz fue pre­sentado el 6 de abril siguiente en la Dirección General de Se­guridad en Madrid.- RESULTANDO: Que al procesado se le imputa la detención del heroico Teniente Coronel Noreña, y que como consecuencia de tal detención se produjo el asesi­nato del mismo, si bien no puede asegurarse que del procesa­do partiese la orden de detención y sí una falta de protección que de haber existido hubiese evitado la muerte de aquel jefe.

domingo, 6 de marzo de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 76


AL FOLIO 247 OBRA ACTA DEL CONSEJO DE GUERRA.­En Madrid, a dieciséis de marzo de mil novecientos cuarenta y tres. En cumplimiento del artículo 661 en relación con el 585 del Código de Justicia Militar, se hace constar por la presente acta lo siguiente: Constituido el Consejo de Guerra de Ofi­ciales Generales, presidido por el Excmo. Sr. General de Di­visión D. RICARDO DE RADA PERAL, y como Vocales: Exce­lentísimo Sr. General División D. Eduardo Sáenz de Buruaga y Polanco, Excmo. Sr. General de Brigada D. Luis Odrioloza Arévalo, Excmo. Sr. General de Brigada D. Miguel Rodrigo Martínez, Excmo. Sr. General de Brigada D. Anselmo Arenas Ramos, Coronel de Artillería D. Matías Zaragoza Usera, Vocal Ponente Auditor Bda. D. ADRIANO CORONEL VELÁZQUEZ, en audiencia pública dio comienzo la sesión a las nueve trein­ta horas en el palacio de las Salesas, para juzgar al procesa­do D. LUIS CASTELLÓ PANTOJA, Ex-General de Brigada, el cual se hallaba presente.- Dada cuenta de la causa por el Ins­tructor fueron examinados los testigos: Excmo. Sr. General de División D. Francisco de Borbón de la Torre, manifiesta que conoce al procesado desde hace tiempo y que siempre le ha parecido hombre disciplinado y católico cumplidor fiel de sus deberes militares. Que con motivo de los sucesos del 10 de agosto a su regreso de Villa Cisneros a fin de evitar persecuciones el procesado le dio una misión ficticia por la que pudo trasladarse a París, evitando con esto, casi con se­guridad, perder la vida como ocurrió con otros familiares del declarante.- Excmo. Sr. General de Brigada D. José Hungría, manifiesta que conoció al procesado estando en la primera Sección de la Subsecretaría del Ministerio y posteriormente intimó con él en la Embajada francesa. El concepto que le merece es correcto como militar y bueno en el aspecto social y religioso, pues en más de una ocasión asistieron a misa jun­tos. Que en el Ministerio estaba mediatizado por el Gobierno y de un modo especial por Sarabia, jefe que era de Estado Mayor, por lo que todas las órdenes y contestaciones telefó­nicas se hacían sin la intervención del procesado. Que el pro­cesado remitió un documento voluminoso al Delegado que el declarante como jefe del S.I.P.M. tenía en la zona francesa, documento que fue recibido por el Marqués de Rabalso y que está unido al sumario. Respecto de la conducta que le merece respecto de su actuación como Ministro de la Guerra, mani­fiesta que el concepto que del procesado tiene es el de que todo militar puede tener de aquél que ha servido al enemigo. Coronel D. Fidel de la Cuerda dice que el concepto que tiene del procesado, tanto político como moral y religioso es inme­jorable, pero que no puede manifestar por no creerse capaci­tado el que le merece su actuación como Ministro de la Gue­rra. Que en cierta ocasión como tiene declarado, le salvó la vida, pues siendo detenido por unos milicianos convenció a éstos para que lo llevasen al Ministerio, respondiendo el pro­cesado de su persona. Por lo que pudo observar, en el Minis­terio el procesado era un cero a la izquierda.- Coronel de E.M. D. José Torres Martínez, declara que estuvo a las órde­nes del procesado. Que el 8 de agosto organizaron la División solamente para servicios burocráticos; se lamentaba el procesado de la situación en que se encontraba y cuando el de­clarante, juntamente con otro compañero, manifestaban sus ideas, el General conociendo las mismas no les ponía impe­dimento alguno. Que quiso oponerse a la baja del Ejército del declarante. Y que lo considera de ideas religiosas por ha­berle visto medallas.- Ex-Ministro D. Diego Hidalgo Durán, manifiesta que siendo Ministro lo tuvo de Subsecretario, no queriéndolo renovar del cargo a pesar de haberlo solicitado repetidas veces el procesado, por sus cualidades de lealtad y honradez y porque no le impusieran un Subsecretario Polí­tico. Fue Subsecretario también de otros Ministros y cree que aun siendo Gil Robles Ministro de la Guerra lo tuvo unos días hasta que enteró de la marcha y organización de la Subsecretaría al nuevo Subsecretario, Sr. Fanjul. Que en cierta ocasión estando el declarante en Valencia en el hotel incautado por la Columna de Hierro, el comité solicitó su ayuda para llevar los libros, preguntóles el declarante por el General Castelló y le contestaron, «no nos hable de él porque es un traidor, no puede ser un buen militar un hombre que deserta, hay que echarle y por último huir». Que siendo Mi­nistro de la Guerra en el año 1934, declaró el estado de guerra en toda España, y solicitó del Generalísimo Franco una lista de Oficiales y Jefes que no fueran afectos. Lo mismo pidió al General Castelló (procesado) y comparadas ambas listas con la que hizo el declarante, las tres estaban casi en completo acuerdo, pues no discrepaban más que uno o dos nombres.­Don José Losada de la Torre, Director de ABC, preguntado sobre el artículo que escribió en el año 1938 referente al Te­niente Coronel Noreña, manifiesta que lo hizo por referencias y noticias. Que eran los milicianos los que mandaban en el Ministerio de la Guerra, que el fin del artículo era exaltar la figura del Teniente Coronel Noreña. Que el 8 de agosto se dice en el artículo era Ministro el General Castelló, y lo dice por referencias. Que sabe que después de ser puestos en li­bertad eran nuevamente apresados por los milicianos en los jardinillos del Ministerio del Ejército. Continuada la vista manifestó el Fiscal: Que los hechos eran constitutivos de un delito de ADHESIÓN A LA REBELIÓN, previsto y penado en el párrafo 2.° del artículo 238 del Código de Justicia Militar, con las agravantes de la trascendencia de los hechos señala­dos en el artículo 173 del mismo cuerpo legal, por lo que pidió para el procesado la pena de MUERTE. A continuación el defensor manifestó que los hechos eran constitutivos de un delito de AUXILIO A LA REBELIÓN, con la eximente del artículo 8, núm. 12 del Código Penal Común, en relación con el artículo 9.° núm. 1, del mismo cuerpo legal, y para en su caso el artículo 270 del Código de Justicia Militar, por lo que pidió para su defendido la pena de DOCE AÑOS Y UN DIA, DE RECLUSIÓN MENOR.

viernes, 4 de marzo de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 75


Recordatorio cedido por Antonio Rivero Morente


Después vino un sacerdote. Mi padre había confesado y co­mulgado semanas antes. Es curioso; una vez, estando en San Miguel de la Breña cambiándole el encaje a un mantel de té, pensé «éste servirá para cuando le den la extremaunción a mi padre». Sirvió para convertir en altar el tocador de su habita­ción cuando comulgó. Finalmente llegó la muerte. Estaba yo en mi cuarto, junto al de mi padre, con ambas puertas abiertas. Confieso que no tenía fuerzas para contemplar aquella intermi­nable agonía. Mi hermana, que se había marchado a primera hora de la mañana a su casa, regresó al mediodía.
-«¿Y papá?"
-"Sigue igual." Se asomó a su cuarto. Me llamó:
-"Lola, ven... creo que papá..."
Sí, mi padre había muerto.
-"Ciérrale los ojos, Lola" -me dijo mi hermana sollo­zando."
Le pusimos un traje azul marino, aquél que llevaba en su solapa la Legión de Honor.
Aquella tarde, como la anterior, fue un continuo desfile de amistades.
El entierro tuvo lugar el 28 por la tarde. Publicamos una esquela en el ABC. La redacté yo misma; decía: «Excelentísimo señor don Luis Castelló Pantoja. General de Brigada retirado. Ex Subsecretario del Ministerio de la Guerra. Comendador de la Legión de Honor.» No quise mencionar el cargo de Ministro, bastante caro lo habíamos pagado.
En la mañana del 28 vinieron los Castejón. Quisieron verlo. Lola se paró, medrosa, en el pasillo.
-"¿Está muy desfigurado?"
-"Sólo un poco."
Y ante el ataúd descubierto se echaron a llorar los dos.
Por la tarde volvió Antonio con su ayudante. Se sentó en un diván de la entrada sin hablar con nadie, con expresión abatida y apenada. Pasó varias veces a ver a su general.
Cementerio de San Justo. Ante la fosa abierta mi hermana se abrazó a mí llorando. Yo no podía llorar. Me sentía agotada hasta para eso. El consuelo de las lágrimas vino después. La fosa se llenó de tierra, sobre ella se colocaron dos coronas cuyas cintas decían «A nuestro padre», «A nuestro abuelo». Los niños leyeron la esquela y se pusieron a rezar sin que nadie se lo indicara.
Apareció una breve nota en el diario ABC; yo sabía que era del periodista González Cavada, gran amigo de mi padre. El ha­bía enviado también la noticia a Radio Nacional y Televisión. Allí la reprodujeron con todos sus cargos y condecoraciones. Había muerto como yo siempre deseé que muriese, como un General de España.
Recuerdo unas palabras de Paul Geraldy en el prefacio de uno de sus libros: «Silencio. Mi casa no espera ya visita alguna. Es demasiado grande y todo, o casi todo, resulta superfluo en ella. Mis amigos no son ya casi mis amigos, mis parientes están lejos de mí, felices a su manera. El tiempo marchitó mis amo­res. La página que escribo ¿a quién se la voy a dedicar? Os la muestro, os la dedico, os la tiendo como se tiende una mano, estas páginas auténticas que no son vana literatura sino el mensaje sincero de un alma.»

miércoles, 2 de marzo de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 74


Una vez comentó con su primo Pepe a propósito de mí:
-"¡Está hecha un genio! Yo ya estoy preocupado buscando en los anales de la familia a quién ha podido salir, pero por mucho que lo pienso no encuentro. Eso sí, está pendiente de mí pero al menor traspié que cometo ¡una chillería!"
En el verano de 1960 mi hermana y yo estábamos en la finca con los niños. Mi padre no fue aquel año con el pretexto de que el médico quería que siguiera su tratamiento de inyec­ciones. Una mañana entró mi hermana en mi cuarto y me ten­dió una carta de su marido:
-"Lee lo que ha escrito Alberto."
Leí: «Vuestro padre está mal. Me ha llamado Socorro asus­tadísima. Creo que mi deber es comunicároslo y creo que Lola debería marchar a Madrid.» Inmediatamente fui al pueblo y puse una conferencia.
-"No se asuste, señorita, ya está mejor."
-"¿Pero qué ha sido?"
-"Se le ha paralizado la pierna en plena calle. Hable con él, está levantado."
-"¿Quieres que vaya enseguida, papá?"
-"No, no hace falta, estoy muy flamenquillo."
Le escribí una carta: «Miento mal. Podría decirte que esta­ba en Alanís y se me ocurrió hablar contigo. La verdad es que María Luisa recibió carta de su marido en la que le contaba lo sucedido. Regresaré pronto, así que hazme el favor de no salir solo; si te aburres en casa, lo siento, peor es que te ocu­rra algo en la calle y hazte la idea que este invierno tendrás una institutriz severísima.»
Se resignó mejor de lo que yo esperaba, aunque no le hacía gracia que lo tuviese que acompañar a todas partes. Una tarde que fui a buscarlo como de costumbre al Círculo de la Unión Mercantil me presentó muy orgulloso a uno de sus compañeros de tresillo.
-"Esta es mi hija. Es como si fuese mi mujer, mi madre. Lo es todo para mí."
-"Y tu institutriz, papá."
-"Se vengan -dijo su amigo-, se vengan ahora del tiem­po en que los hemos tenido tiesos."
Tenía que ayudarlo en su aseo; lo afeitaba, lo acostaba, aunque aún se valía por sí mismo. En la primavera de 1962 empezó a notar dificultades en su pierna derecha. El médico le recetó inyecciones y ya no volvió a salir a la calle.
-"¿Qué piensas hacer con tu veraneo?"
-"Padre, yo no me iré mientras tú no estés bien."
-" ¡Olé!"
-"Ni olé ni olá. ¿Cómo quieres que te deje?"
Pasó por Madrid un gran amigo suyo de Sevilla y le comen­tó, como si se tratase de algo extraordinario:
-"Carlos, Lolita no se ha marchado a la finca este año, se queda aquí conmigo."
Nunca olvidaré las palabras de Carlos mientras sonreía con dulzura:
-"Son nuestros hijos, Luis, los hijos de nuestra alma. Quizá un hijo no lo haría por ti, pero ella, por el mero hecho de ser mujer, es madre, y cuando estamos enfermos somos como ni­ños y nos cuida como a sus hijos."
Una mañana, ya arreglado y vestido, lo llevé al salón, des­pacito, apoyado en mí. (Tú serás el báculo de mi vejez.) Vino el practicante a aplicarle su inyección; me fui un momento a mi cuarto y al regresar lo encontré caído sobre el respaldo de la butaca, como paralizado, y con la boca abierta en un rictus. -"¡Papá, papá!" -grité.
Comprendí que no podía hablar. Asustadísima, avisé a uno de nuestros vecinos que era médico.
-"Es una trombosis. Vamos a llevarlo entre todos a la cama."
Me dio un medicamento. Por la tarde vino su médico de cabecera. Le conté lo ocurrido y le pregunté si no sería la re­acción de la inyección, pero me respondió que no podía tener ese efecto porque esas inyecciones licuaban la sangre.
Al otro día repitió la reacción, aunque menos fuerte. Al ter­cer día sucedió lo mismo. Esta vez el médico llegó poco después de haberlo llamado.
-"Es extraño. No pueden ser las inyecciones; de todas ma­neras, que no se las vuelvan a poner."
Esta vez la trombosis atacó la pierna válida. Mi padre era un hombre corpulento; sus piernas ya no lo sostenían, no podía levantarse solo del sillón.
-"¿Y cómo has podido tú con él, con lo frágil que pareces?" -me preguntaban los amigos.
Pues sacando fuerzas de flaquezas. Al comienzo tenía aguje­tas en los brazos. No le gustaba quedarse en la habitación, decía que tenía los ojos habituados al salón; pero había días en que no podía trasladarlo hasta allí, días incluso en que tenía que llevar un barreño a su cuarto para asearlo ante la impo­sibilidad de llevarlo hasta el cuarto de baño.
-"¿Cuándo estaré bien?"
-"Eso tú mismo lo irás notando."
No podía decirle que en lo que le quedaba de vida tendría que limitarse a ir de la cama a la butaca y de la butaca a la cama. Para él, que había detestado siempre tener que depender de los demás, el tener que hacerlo ahora le significaba un su­frimiento moral enorme.
-" ¡Qué lata! ¡Qué tostón te estoy dando, hija mía!"
Tal vez era una lata, pero nunca lo quise más que cuando lo tuve viejo y desvalido en mis brazos. Alguna vez confundía el sueño con la realidad, otras perdía la noción del tiempo y se despertaba en la noche pidiendo el desayuno. A veces logra­ba salir de la cama y lo encontraba caído en el suelo.
Los amigos me aconsejaron que contratara un enfermero para que me auxiliara.
-"Aquí no entra un enfermero mientras yo pueda con él." Sabía, sí, que algún día, no por falta de voluntad, sino de fortaleza física, tendría que hacerlo. Una amiga me dijo una vez:
-"Pero Lola, tú eres joven, vas a enterrar tu juventud aquí." Me dieron ganas de preguntarle qué haría ella si su marido estuviera enfermo como lo estaba mi padre.
Avisé a mi hermana; me llamó por teléfono.
-"Si estuvieras sola -le dije- te diría que te vinieses a Madrid, pero con los tres niños meterte en un piso caluroso como el tuyo me parece un crimen."
Mi hermana vino con su marido. Quedó impresionada.
-"¡Pobre papá, cómo está!"
Con ellos habían traído a Antonio. Al despedirse de él mi padre le envió recuerdos y saludos para sus padres. Por decir algo, dijo Antonio:
-"A ver cuándo viene usted por allí, don Luis."
-"¡Ca! Ya no..."
Pese a todo, no perdía su buen humor. Una tarde pasó una amiga nuestra a saludarlo.
-"¿Cómo estás, Luis?"
-"Ya ves, hija, hecho una calamidad. Tengo más faltas que un juego de pelota. Si me rifasen, aunque pusiesen un premio gordo conmigo, no venderían ni una papeleta."
Había días en que su voz era tan débil que aunque pegaba materialmente mi oído a su boca no lograba oírle. Entonces callaba resignado y me besaba la mano. Más de una vez me he encerrado a llorar en mi habitación.
A comienzos de septiembre mi hermana regresó de la finca.
-"¿Querrías tú irte unos días a descansar a San Miguel?"
-"Sí, con la condición de que tú vengas casi todo el día, si no habría que llamar a un enfermero."
Mi hermana tenía marido y tres hijos, no podía dedicarse a mi padre como lo hacía yo, pero me sentía cansada, la enfer­medad podía haber durado meses o años.
-"¿No te importa que me vaya unos días a San Miguel?" -le pregunté a mi padre.
-"No" -respondió.
-"Vendrá María Luisa a cuidarte."
Yo sabía que prefería que me quedase, pero él no quería ser egoísta. Saqué mi billete, pero no estaba tranquila, sentía remordimientos. Un sábado lo noté más caído que de costum­bre; vino el médico, le tomó la tensión y comprobó que la tenía bajísima.
-"Acuéstalo inmediatamente, dale café y este medica­mento." Yo tenía el billete para el jueves, el martes lo anulé. A fines de la semana siguiente había recuperado su tensión normal pero seguía muy decaído, sin fuerzas.
El martes siguiente, a la una de la madrugada estaba escri­biendo en la sala de estar. Me pareció que me llamaba o que tosía. Fui a su cuarto, estaba despierto.
-"¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal? ¿Quieres que llame al médico?"
Movió negativamente la cabeza. Avisé al médico; cuando éste llegó afirmó:
-"Está gravísimo, es una trombosis cerebral. Está en coma, no ve, ni oye, ni siente. Voy a ponerle una inyección exponién­dome a que muera mientras se la aplique y como último recur­so le daremos oxígeno. Es duro tener que decirlo, pero no hay esperanzas.
Ya había empezado el estertor de la agonía. Trajeron el oxígeno.
Llamé a mi hermana. Isabel, que aún no tenía cinco años, se despertó y al oír que el abuelo estaba muy mal se echó a llorar.
Mi hermana y yo permanecimos toda la madrugada a su lado pendientes del oxígeno, como nos había indicado el médi­co. No quise acostarme. Mi cuñado comentó más tarde que le sorprendió mi serenidad durante aquella noche. Los nervios estallaron a media mañana, no podía más.
Mi padre seguía inconsciente, respirando gracias al oxígeno. Seguía aquel ronco estertor. Me arrodillé al pie de su cama llorando y llamándolo:
-"Papá, papá."
-"Viens Lola. Tu vas te rendre malade" -me dijo mi cuñado.
Aquella tarde habían quedado unos amigos en visitarme. Me comuniqué con uno de ellos.
-"José María, mi padre está muy grave, encárgate tú de avisarle a los amigos."
Vinieron todos y decidieron quedarse esa noche; era un grupo de tres chicos y tres chicas, se portaron como si fueran mis hermanos. Jamás lo olvidaré. Ellos me sacaron de la habi­tación y me obligaron a tomar algo. Estuvieron con nosotros hasta el amanecer. José María propuso:
-"Vamos a nuestras casas a descansar. Si ocurre algo, que Lola nos avise."
Por la mañana vino el practicante.
-"Ya es inútil que le ponga la inyección."
Luego vino su médico de cabecera, quien anunció:
-"No creo que pase el día."

lunes, 28 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 73


Por la noche, al amor de la lumbre de la chimenea de Jose­fa, nos sentábamos a conversar.
Irene solía decirme:
-"Señorita, cántese usted una copla."
-"¿Cuál?"
-"¡Ay! Aquella tan bonita."
-"¿Cómo se llamaba?"
-"No lo sé."
-¿Y cómo era la música?"
-"No me acuerdo."
Hasta que, a fuerza de tararear algunas canciones, encon­trábamos la preferida. Tenía mi público y como cantaba, es­cribía, dibujaba, me hice una aureola de gloria que me dio mucho prestigio. Me había llevado un gramófono «La Voz de su Amo», pero se nos estropeó y nadie en el pueblo supo arre­glarlo. Entonces descubrimos que era posible hacer girar las placas con un dedo y para protegerlo y que no resbalase sacri­fiqué un viejo guante. Pero no todos eran expertos en el arte de mover dactilarmente los discos. ¡Felices momentos! Una gran amistad, un enorme cariño nació entre aquellas buenas gentes y yo. Eran una familia para mí. A lo largo de muchos años compartimos muchas penas y alegrías. Un día, paseando con Rafael padre, le conté mis preocupaciones. No olvidaré nunca sus palabras:


-"Puede usted confiar en nosotros- y, con voz emociona­da, añadió- ¡le tenemos ley!"
Me fui interesando cada vez más por aquello. Convencí a mi padre de que debía comprar ganado y explotar directamente la finca. Así se hizo. Luego vinieron los años malos. Mi padre repetía siempre que no quería vender la finca porque había sido de su hermano, pero no le gustaba el campo y quizá habría acabado vendiendo. Estuvo casi a punto de hacerlo; yo lo impe­dí. Desde el punto de vista económico habría sido un buen negocio, pero aquello era la ilusión de mi vida.
En 1956 mi padre tuvo síntomas de parálisis, que resistió pese a sus setenta y cinco años. Le quedó una leve cojera y el corazón débil, pero podía valerse por sí mismo. En cierta oca­sión me contó un vecino que un día de lluvia se encontró con mi padre:
-"¿Cómo va usted con bastón y paraguas, mi general?" -"¿Que cómo voy? Si suelto el bastón me caigo y si dejo el paraguas, me mojo."
Todo menos quedarse en casa. Tuve que ponerme en plan de madre regañona. Un día que había ido por la mañana al dentista, al regresar al mediodía me encontré con que mi padre había salido.
-"¿Pero adónde ha ido don Luis?" -le pregunté a la chica.
-"Ha dicho que iba a tomar café."
Estaba diluviando.
-"Pues sí que está el día como para que salga solo."
Salí en su búsqueda, recorrí todos los cafés y cafeterías del barrio inútilmente; llamé a mi hermana por si se le había ocurrido ir a verla; pregunté a unos vecinos con los que tenía­mos amistad si estaba en su casa; todo en vano. A la media hora apareció él muy contento canturreando.
-"¿Era tan urgente lo que tenías que hacer en la calle como para tener que salir en un día así?"
-"He ido a tomar café."
-"Podías haberlo tomado aquí."
Durante toda la comida, pese a los esfuerzos que hizo por hacerme reír, permanecí con el ceño fruncido. Después del al­muerzo, como vi que con aire muy resignado se disponía a echar una cabezadita en su butaca, me apiadé.
-"¿Quieres que te acompañe al casino?"
-"No, hijita, yo me quedo aquí."
-"Si quieres salir te acompaño, lo que no quiero es que salgas solo."
Aquella tarde fui a un concierto con unos amigos, me acom­pañaron a casa y les comenté lo ocurrido en la mañana. Subie­ron a saludar a mi padre.
-"¿Qué tal, mi general?" .
-"Nada, hijos, aquí hecho un viejo. Ya no manda uno sobre sí mismo. Cuando no me riñe mi hija me riñe la muchacha. Esta mañana se me ocurrió ir, en mala hora, a tomar café con unos amigos y ¡Cristo divino, la que organizó! Se avisó a la Casa de Socorro, a la comisaría."

sábado, 26 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 72


-"No quiero desilusionarte, hija mía -me decía Paco-, pero he de advertirte que aquello en esta época del año es muy frío, luego se torna muy caluroso; esos paseos que piensas dar vamos a ver si lo consigues, aquel terreno es muy abrupto; dices que quieres escribir, pues de noche se ve muy mal a la luz de un quinqué."
Algo similar me habían dicho mis amigos de Madrid.
-"Te veremos de regreso en un mes."
Un día, mi padre y yo fuimos a la finca. Quiso empezar, como buen militar, a dar las órdenes para mi instalación.
-"Tú déjame a mí."
-"¿Qué cama le preparamos, señorita?"
-"Un sommier al que le pondrán cuatro patas" (pensaba convertirlo en cama turca).
Durante los días que permanecí en el pueblo compré cre­tonas y botes de pintura; había encargado que pusiesen en la casa los diecisiete cristales que faltaban. Adquirí ropa de cama, cacharros de cocina, quinqués de petróleo. Me buscaron una chica joven como yo, sobrina de Josefa, la mujer de Rafael. Yo tenía veintiséis años, muchas ilusiones en el alma y muchos bríos. Aquella noche, a la luz del quinqué, en la enorme habitación que iba a servirme de dormitorio, sala de estar y comedor, amueblada con el sommier, una vieja camilla sin fal­das, un diván muy bonito de asiento de anea, dos viejas mece­doras y una silla que me servía de mesilla, escribí a mi padre: «Ya hay luz en el cortijo, ya hay dueño en San Miguel.»
Ya había vida, luego abrí la ventana y me asomé al balcón. Era una fría noche de primavera sin luna. En el cielo intensa­mente negro lucían las estrellas. Busqué en él aquel lucero que veía desde la cárcel de Sevilla. Aún recuerdo el frío con­tacto de la barandilla de hierro, que de tan fría parecía hú­meda. Fue uno de los momentos de emoción más intensa que sentí en mi vida. El huerto, los montes, el gran nogal, eran sólo sombras. Silencio absoluto. Paz inmensa de la naturaleza. Quizá tan sólo cantasen los grillos, croase alguna rana en el estanque invisible. Sobre mi cabeza, en el palomar, el leve arru­llo de unas palomas. Había realizado mi sueño. Levanté los ojos al cielo y yo, que no me he puesto de acuerdo conmigo misma para decidir si creo o no en Dios, dije: «Gracias. Gracias por haberme permitido realizar este sueño, gracias por esta paz, gracias por mis ilusiones, gracias por la nueva finalidad que voy a darle a mi vida.»
Un sueño, un bello sueña que con los años se derrumbaría pero que fue la razón de mi vida durante mucho tiempo. Luego fue como aquel cuento bobo que se les relata a los niños: «éste puso un huevo, éste lo coció... ». Todos contribuimos a arreglar la casa. Yo tan pronto cogía una aguja para hacer colchas y cortinas como una brocha para pintar puertas y ventanas. Anto­nio, el hijo menor de nuestro encargado, era quien me ayudaba en este trabajo. Hicimos incluso de carpinteros con una sierra prehistórica y un martillo que parecía hecho para clavar esta­cas. Antonio me acompañaba en mis paseos, pues Josefa y Ra­fael tenían miedo de que me pasase algo si iba sola. Sufría unos despistes tremendos.
-"¿Dónde estamos?" -me preguntaba Antonio.
-"¿Dónde?"
-"Sí, ¿dónde está el cortijo?"
-"Hacia allí."
El chico se echaba a reír:
-"Vuélvase usted" -señalaba.
Y detrás de mí aparecía, muy cercano, el cortijo. Caminábamos, trepábamos los cerros, incansables. Años más tarde tuvimos caballos y abandonamos la gloriosa infantería. Recordábamos entonces con cierta nostalgia.
-"¿Te acuerdas cuando trepábamos los cerros sin can­sarnos? ¡Cuánto paseábamos!"
-"¿Somos aún capaces de hacer lo mismo?"
-" ¡Ya lo creo! "

jueves, 24 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 71

Capilla de la finca San Miguel de la Breña en Guadalcanal. (fotografía cedida por Emilio Rivero)

Años más tarde creí amar (nunca he estado segura) a otro hombre. Lo dejé por otro amor más imaginativo que real. Lue­go quise a un chico más joven que yo. El también me quería, pero lo asusté, temía que le hiciese sombra.
Pasaron los años y me enamoré de un hombre diez años mayor que yo. Si el primero estaba marcado por huellas de mujeres de poca calidad moral, éste lo estaba por un matrimo­nio desgraciado.
Queda cierta añoranza, el recuerdo de una mirada llena de ternura, el brillo de unos ojos a la luz de la luna. (Cuando el campo a nuestro alrededor era color madreselva, y olía a to­millo, a romero, y se escuchaban los grillos.) Quedan unas pre­ciosas cartas de amor que un día se rompen, sin olvidar su contenido.
Llegó la primavera de 1953 y con ella mi segundo desengaño amoroso, del cual nada supo mi padre. Sólo sabía que una vez más estaba mal de los nervios y quería volver a San Miguel de la Breña. Yo había visitado la finca en 1949 por última vez. Paco nos había aconsejado que no nos instaláramos allí, pues ' eran los años «huidos» en los que se raptaba a las personas y un clima de terror reinaba en el campo.
-"Es una imprudencia dejar en San Miguel a Lolita:"
Pero una tarde, previo aviso a la Guardia Civil, de acuerdo con el consejo de Coca de la Piñera a mi padre, fuimos a la finca. Yo había estado allí de niña, probablemente a nuestro regreso de Marruecos. Había pasado la tarde pendiente de un pajarito. Recordaba vagamente la capilla, sabía que había en ella una estatua de la Virgen con unos pastores delante. Llegamos en el coche de la cuñada de Paco y acompañados por ella. A la entrada del carril nos esperaba Rafael, el encar­gado. Era primavera. Una primavera que había sido fértil en lluvias. El campo estaba precioso, la hierba alta, cuajada de flores. San Miguel de la Breña había sido un convento de la orden de los Basilos hasta la desamortización de Mendizábal. Del convento sólo quedaba la iglesia convertida en vivienda y quizá la capilla adyacente. El retablo de la Virgen era segura­mente posterior. Todo estaba abandonado. La casa, saqueada por unos y por otros; los primeros se llevaron lo que pudieron y los segundos lo que quedaba. Después logramos recuperar cuatro muebles, más rotos que los de Madrid. Saqué un croquis del campanario, me paseé por la casa destartalada y vacía, me acerqué a la alberca, aquella bella alberca grande como una piscina de agua purísima y helada a la sombra de una hermosa encina. Aquel día me enamoré de todo aquello y no paré de soñar con la finca. Dibujé el plano de la casa y ya veía cómo la arreglaría. Tuvieron que pasar cinco años...
Una noche me armé de valor y hablé con mi padre; le pedí que me dejase marchar a la finca.
-"¿Pero qué harás tú allí? La casa está abandonada." -"La arreglaré."
-"Tú arreglas mucho. Además, ¿qué van a pensar de una señorita que se encierra en una finca con los gañanes?"
-"En primer lugar, no estaré sola, está Rafael con su mujer y sus hijos y, en segundo lugar, si lo que va a pensar la gente te importa más que la salud de tu hija, me quedo en Madrid y enfermo."
Al día siguiente me dijo:
-"No he podido dormir en toda la noche, he estado pen­sando en lo que me has dicho. Te vas a ir a la finca."
-"¿Por cuánto tiempo?"
-"Por el que tú quieras."
Me dolía separarme de él, pero necesitaba irme por muchas razones. Me sentía menos unida a él que en los años en que estaba detenido. Las desgracias unen mucho. Necesitaba que me echase de menos.
Fuimos juntos a la boda de la hija de Paco que, aunque vivía en Sevilla, quería casarse en Guadalcanal, donde se había criado. Paco nos dijo que hasta pasada la Semana Santa era inútil ir a la finca, todos los trabajadores se iban al pueblo. Los días que estuvo en Guadalcanal mi padre se hospedó en casa de Paco; yo, por falta de sitio; lo hice en la fonda, pero todos los días iba a verlo y comía a menudo con ellos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 70

El General Castelló con sus hijas María Luisa y Dolores Ana y su nieto Vladimiro en brazos, en la alberca de la finca San Miguel de la Breña en 1955. (fotografía cedida por Isabel Krsnik Castelló)

Al salir mi padre de Prisiones Militares vivimos un tiempo en un hotel de la Gran Vía. Fue entre los años 1947 a 1950. Por aquel entonces la promoción de mi padre organizó una comida en Toledo. El era el único que había estado en zona republicana en la guerra.
-"Mira -le dijo al organizador- que no quiero indirectas, que si no, no voy."
-"No te preocupes."
Algunos de ellos se habían seguido viendo, otros no se veían desde hacía diez o veinte años y otros desde los tiempos de la Academia, unos cincuenta años.
-"Tú... ¿quién eres? ¡Chico, qué viejo estás!"
En Toledo, el Gobernador, Coronel Villalba, les enseñó las ruinas del Alcázar. Se celebró una misa:
-"Señores Jefes y Oficiales, a formar fila y entrar marcan­do el paso como cuando eran cadetes."- Y todos aquellos viejos se sintieron rejuvenecer y entraron en la iglesia mar­cialmente.
Mi hermana se casó. Como su marido era croata, apátrida entonces, emigró a Venezuela, donde era más fácil que en Es­paña conseguir la nacionalidad y encontrar trabajo. Pero mi hermana añoraba nuestra tierra y acabaron regresando. Vino a España para tener a su primer hijo y ya no se marchó. En 1950 vino su marido. Entonces decidimos poner casa. Desde Francia mi padre se había informado si el piso de Madrid había sido bombardeado. Al saber que seguía en pie escribió al dueño y le propuso realquilarlo a una amiga suya, quien le pagaría el alquiler. El dueño, que era militar y franquista, rehusó.
Cuando abandonamos España ocupó nuestro piso, por or­den del Gobierno, un médico y su familia que venían huyendo de la zona de guerra. Al salir de la cárcel el dueño de la casa se presentó en el piso y pistola en mano les dijo a sus ocupan­tes que eran unos rojos indeseables y que les daba 48 horas para desalojar la vivienda. (Estos señores hicieron un inventa­rio de todo lo que quedaba en ella y años más tarde, al saber que habíamos regresado, se lo entregaron a mi padre.) Se ins­taló el dueño en nuestro piso y luego se llevó algunos de los muebles a un hotel que tenía en la misma casa. Cuando decidió venderla metió los muebles en el sótano y allí estuvieron hasta 1950. Los hallamos en un estado deplorable. Lo más di­fícil de recuperar fue el fajín de mi padre y un ajedrez filipino de marfil. Mi padre comentó esto con el Comandante Camino.
-"No se preocupe, que estos objetos los recuperaremos" -le dijo. Y le envió al dueño de la casa, que ocupaba un alto cargo en Logroño, una carta muy sutil en la que le decía que, aprovechando que una pareja de la Guardia Civil debía ir a esa ciudad y regresar a Madrid, podía, por su intermedio, enviar el ajedrez y el fajín, los que llegarían a manos de su propietario, el General Castelló. No se atrevió a negarse.
Hubo que retapizar todos los muebles, encolar algunos, comprar ropa de cama. (¿Para esto guardabas, madre, tus pre­ciosas sábanas sin atreverte a usarlas?) Cuando hicimos la mu­danza la gente se detenía a observar en la calle, con una mezcla de asombro, burla y pena.
Mi hermana, su marido y el niño vivieron unos años con nosotros y luego pusieron casa. Mi padre y yo continuamos vi­viendo en Hilarión Eslava. Con el transcurso de los años le fui quitando el mando de la casa y convirtiéndome en una especie de madre regañona.
Vivíamos felices, sin grandes discusiones. Más que cariño, sentía adoración por mí. En cierta ocasión me dijo:
-"Me gustaría que te casaras antes de que yo muriera, pero otras veces pienso ¿y yo?"
-"¿Tú crees que no lo he pensado, padre?"
-"Tú serás el báculo de mi vejez" -solía decirme, medio en broma, medio en serio.
Y yo, tras muchas contrariedades, me quedé soltera. Prime­ro me enamoré o creí enamorarme de un hombre veinticinco años mayor que yo. Me quería, pero era terriblemente descon­fiado, probablemente debido a sus anteriores experiencias con mujeres de poca calidad moral. Me hizo sufrir mucho. Inter­vino mi padre y, furioso, me dijo que debía dejarlo y olvidarme de él porque se estaba riendo de mí. Marchamos a Sevilla. Fue cuando descubrí la finca de San Miguel de la Breña.

domingo, 20 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 69

Cortijo y capilla de la finca de San Miguel de la Breña en Guadalcanal (fotografia cedida por Emilio Rivero)
Nos trataban con mucho cariño y gracias a ellos un verano pudimos huir del calor sofocante de Madrid para ir con toda la familia a una casa en el campo, en Orusco. Allí, por las tar­des, me sentaba a escribir bajo un manzano del huerto, y lo agradable del lugar y las ricas manzanas me producían un gran bienestar.
Tuve otras alumnas, Carmen y Luchi. Esta última, nieta de Miguel Maura, había nacido en Francia y, debido a la facilidad con que los niños aprenden y olvidan los idiomas, su madre temía que olvidase el francés. Por eso quería que una señorita fuese dos horas al día a jugar con la niña y hablar al mismo tiempo en francés. Al comienzo las dos horas se me hacían penosas, pero luego me acordé de aquellas muñequitas de papel que recortaba de pequeña y con ellas y otras que tenía la niña, y una casa de muñecas, inventé para ella innumerables histo­rias que antes creaba para mí. Acabé divirtiéndome tanto como ella.
La finca de San Miguel de la Breña estaba en condiciones lastimosas. El arrendatario había procurado sacarle el mayor provecho posible gastando lo mínimo en cuidarla. Recibió or­den de devolverla, pero no lo hizo. Mi padre resolvió ver al Gobernador Civil de Sevilla, para lo cual Castejón lo proveyó de una carta de presentación. Lo recibió como lo que era, un perfecto caballero.
-"En este momento no es el ex-General que viene a ver al Gobernador de Sevilla. Es el Capitán Coca de la Piñera que se pone a las órdenes del General Castelló."
Mi padre le explicó a Fernando Coca lo que ocurría con la finca de San Miguel. Además de haberla heredado de su her­mano, era suya en parte por haberle ayudado a pagarla, dinero que mi tío no le había reintegrado. La casa del pueblo, así como otras fincas de menor importancia; se vio obligado a ven­derlas para hacer frente a las deudas contraídas con los amigos, los Derechos Reales y la multa política. Don Diego Hidalgo aceptó la devolución del dinero adelantado, pero se negó a acep­tar honorarios.
-"Dejaría yo de llamarme Diego Hidalgo si le pasase a usted honorarios."
Coca de la Piñera citó en su despacho al arrendatario, y como este hombre era falangista y Coca Jefe de la Falange, le recriminó:
-"Le han dado a usted orden de entregar la finca a su dueño y no lo ha hecho. Le doy 24 horas para que la desaloje. Personas como usted son las que deshonran a nuestro partido."
El arrendatario esperó a mi padre en el pasillo y le rogó que le dejase recoger la cosecha de trigo.
-"Recoja usted esa cosecha que ha sembrado y márchese después" -fue su respuesta.
Estando mi padre en Prisiones había recibido su visita, pues enterado de la pésima situación económica en la que nos en­contrábamos fue a poner a nuestra disposición unos miles de duros. Mi padre le dijo que tanto él como sus hijas estaban acostumbrados a pasar calamidades. Agradeció su oferta pero la rechazó.
Mi padre vendió la casa del pueblo a Paco, el sobrino de su cuñada. Aquél se ofreció a llevar la finca de San Miguel de la Breña. Mi padre aceptó. Fue una pena, porque era un hom­bre de acción y necesitaba una ocupación. Pero no se le puede reprochar a un hombre que había sufrido tanto como él que en esos momentos no tuviese ánimos de hacerlo por sí mismo. Y esto, en definitiva, lo perjudicó física ,y espiritualmente. Re­dujo su vida a sus partidas de bridge y de tresillo. Se hizo socio del Círculo de la Unión Mercantil, ya que para reincorporarse al Casino Militar se requería someterse a una votación y no quería exponerse a un fracaso. Cuando no tenía bridge con sus amigos iba allí. Llevaba una vida demasiado sedentaria para un hombre que, pese a sus años de padecimientos, estaba bien de salud y se conservaba estupendamente. Comía con exceso; se lo advertimos:
-"Es peligroso comer tanto, sobre todo de noche." Con su buen humor y su gracia andaluza contestaba:
-"Quisiera yo veros cuando lleguéis a mi edad, eso si lle­gáis, ya que lo más probable es que os quedéis a mitad de camino."

viernes, 18 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 68

Casa heredada de su hermano José Castelló en Guadalcanal y que posteriormente vendió a los Urbano

«Más tarde apareció Beluca, por quien mi padre siente franca debilidad. Ella, que no visita a nadie, ha ido muchas veces a verlo a Prisiones.»
«Nuestra última visita fue a casa de los Vega. No estaban. La única que estaba en casa, además del servicio, era la madre de Hilde. Papá se la encontró en el pasillo al ir a hacer otra lla­mada telefónica y le dijo quién era, pero ella no se enteró, pues era alemana, y se limitó a sonreírle. Entonces las mucha­chas, con muchos gestos, le explicaron de quién se trataba.»
-«" ¡Ah! -dijo con fuerte acento alemán-. Una alegría, una gran alegría" -y con un limitado francés comenzó a hablar con mi padre. La cocinera se presentó a papá»:
-«"Yo lo conozco a usted, general, estaba en casa de los señores antes de la guerra".»
«Y mi padre se puso a hablar con esas buenas mujeres que lo escuchaban como en éxtasis. No tardaron en llegar Hilde y Manolo. Su alegría fue enorme.»
-«"Además, ¡hay que verte! -dijo Vega-. ¡Pareces otro vestido de persona!".»
«Al día siguiente fuimos a misa juntos, una misa de acción de gracias.»


XI

Lo peor ya había pasado. Un año tardó aún mi padre en recuperar sus bienes por habilidad de su abogado don Diego Hidalgo, que años antes se había trasladado a Sevilla para evi­tar que hicieran la pública subasta de las fincas para pagar las contribuciones atrasadas. Consiguió la devolución de sus bienes antes de que le fuese rebajada la pena de treinta años por la de doce. Tuvo que pagar una multa y los Derechos Rea­les con recargo de la herencia de su hermano.
Castejón intervino en su ayuda una vez más ante Franco:
-"Si no quiere devolverle sus bienes al General Castelló, devuélvale el usufructo a sus hijas, que ya se encargarán ellas de dárselo a su padre."
En cierta ocasión, el General Franco le preguntó a Castejón:
-"¿De qué vive el General Castelló?"
-"Pues mientras le devuelven sus haberes pasivos, en trá­mite, da clases de bridge a unas señoras."
Por lo visto, esto le hizo mucha gracia a Franco y se echó a reír.
Era verdad, una señora amiga le había buscado alumnas entre sus amistades y mi padre, con su característico sentido del humor, comentaba:
-"He logrado la ilusión de mi vida, vivir a costa de las mujeres."
Mi hermana tuvo que dejar su puesto de institutriz en Dai­miel porque su pequeño alumno, al terminar la guerra, regresó a Francia con sus padres. Más tarde consiguió una colocación en la Embajada de Francia como taquígrafa y mecanógrafa. Yo seguía dando clases a los Camino.
A fines del año 1942 mi padre tuvo que ser operado de una hernia. Fue conducido al Hospital Militar de Carabanchel. El Comandante de la Guardia Civil a quien designaron para acom­pañarlo era Camino, a quien había conocido en Marruecos. Le preguntó a mi padre qué hacíamos nosotras. Nuestro padre le comentó que nos dedicábamos a dar lecciones de francés. Ca­mino le dijo que precisamente necesitaba una profesora de francés para que sus hijos perfeccionasen el idioma que apren­dían en el Liceo Francés. No sé si realmente la necesitaban o hicieron esto para ayudarnos. Nos repartimos los alumnos, mi hermana se encargó de la hija mayor, Carmen, y yo de Nines y Miguel. Nines era encantadora, pero como alumna era un desastre. Jamás tenía tiempo para hacer los deberes que le dejaba como tarea.

miércoles, 16 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ 67


«Hace unos meses el Jefe del Estado ha dado un indulto. Papá lo leyó y vio que podía acogerse a él y de inmediato em­pezó a hacer las gestiones necesarias. Los periódicos han anun­ciado el indulto con bombo y platillo. Pero no ha habido una entrada masiva de exiliados políticos. Sólo han entrado algu­nos. Dicen que muchos han sido detenidos provisionalmente para ser depurados.»
«Hace aproximadamente dos meses que papá gestiona su puesta en libertad, la que ya ha sido aprobada y firmada por el Capitán General.»
«Esperábamos pasar las Navidades juntos, pero ésta es la Navidad más triste de mi vida, pues no sólo no ha sido puesto en libertad, sino que nadie nos invitó a compartir las fiestas.»
«En la pensión todos habían salido. Mi hermana y yo pusi­mos la radio y abrimos la botella de jerez, regalo de mi alumna Luchi, dispuestas a coger una mona triste. Comimos el turrón que teníamos y a las doce, no pudiendo soportar más el abu­rrimiento, nos fuimos a acostar. Al día siguiente llevamos algo de comer a Prisiones Militares y almorzamos con papá. Luego nos enteramos de que el yerno de doña Pepita, la dueña de la pensión, que había ido a cenar la noche anterior con su hija y él, al enterarse de que estábamos solas quiso llamarnos, pero como la pensión no tiene teléfono llamó a una vecina que no le dio la gana avisarnos. Así pasaron las Navidades. Ya llega fin de año. Esta noche es la última de 1945 y papá sigue dete­nido. Aún podrían ponerlo en libertad pero no lo harán, sería demasiado hermoso que así fuese. Otro sueño que se va a pique... Otro castillo en el aire o en la arena, otro castillo que se derrumba. ¿Por qué? ¡Ay! ¿Por qué?»

6 de enero de 1946.

«La víspera de Reyes llegué un poco más tarde a casa. Noté que corrían a abrirme y que todos estaban muy sonrientes. Me dirigí a mi cuarto. A la mitad del pasillo oí una voz que me llamaba»:
-«" ¡Lolita! "»
«¡Era mi padre! Nos abrazamos felices y emocionados. ¡Al fin estaba libre! Libre tras tres años y nueve meses sin contar el tiempo del Fuerte del Há de Burdeos.»
«Después de almorzar le recorté el bigote, le corté el pelo y le arreglé las uñas. Se vistió decentemente y se dedicó a hacer visitas. Salió con María Luisa a casa de los Cassan. Mi herma­na estaba de institutriz de un niño francés que vivía con sus abuelos en Daimiel. Eran unos señores estupendos; se portaron muy bien no sólo con ella, sino con mi padre. Monsieur Cassan puso en sus manos un cheque en blanco»:
-«"Cuando se tienen amigos ricos no se deben pasar cala­midades. Ya me devolverá usted este dinero cuando pueda" -le dijo.»
«Luego mi padre y yo fuimos a casa de los Peña. Desde allí llamó a todas sus amistades para anunciarles la buena nueva.»
«En un sitio aceptó una comida, en otro un café, en otro una merienda. Luego nos fuimos a casa de los Uña. Encontramos a Juan dormitando en una butaca junto a la camilla. Papá se sentó a su lado sin hacer ruido. Cuando se despertó y lo vio se puso de pie y lo abrazó profundamente emocionado.»
-«"¡Luis! ¡Luis!" -y en su emoción sólo podía balbucir palabras entrecortadas.»
«De allí nos dirigimos a la casa de los Varela Radio. Cuando vio entrar a papá en el salón Isabel se puso en pie como im­pulsada por un resorte y abrió los brazos. Varela estaba en su despacho, al poco abrió la puerta que lo comunicaba con el salón. »
-«"He oído su risa y la he reconocido enseguida. Ahí está Castelló, me dije. ¡Qué alegría! ¡Qué alegría! Todo llega".» «Isabel descorchó una botella de Champagne y sacó unos dulces. Manolo, le dijo entonces a su madre»:
-«"Lolita y yo merendaríamos muy a gusto de tenedor".»
«Y nos sirvieron una espléndida merienda en el comedor.»

lunes, 14 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ 66



«Tengo miedo. Presiento que algo va a ocurrirme; no sé si será bueno o malo pero, como siempre ante un cambio de mi vida, temo lo peor. Tengo miedo.»

10 de abril.

«Hoy hay gran efervescencia en el ambiente; se dice que la guerra acabará pronto. En Londres, a los Ministros que es­taban de vacaciones se les ha informado que deben estar a la espera de la noticia de la firma de la paz. La conferencia de San Francisco ha sido aplazada, pues los asuntos a tratar no podían ser los mismos una vez acabada la guerra. El mundo ya casi se ha acostumbrado a vivir en guerra como si fuese el estado normal de la humanidad.»

29 de abril.

«¿Y si fuese cierto? ¿Por qué no iba a serlo? He estado almorzando con los González. Durante la comida escuchamos las noticias que daba la radio; dejaron para el cierre, como si acabaran de recibir la información, que los alemanes han pe­dido la paz a los Estados Unidos y a Inglaterra y que piensan continuar la guerra con Rusia. Por haber estallado una revuelta en Munich y estar Hitler enfermo, se ha solicitado la paz a Himmler. Anoche no había forma de encontrar un periódico; a los vendedores se los arrancaban de las manos. Había colas ante los quioscos y por todas partes se oían comentarios.»
«El Duce ha sido fusilado por los propios italianos, colgado luego por los pies como si fuese un animal, quizá por los mismos que antes lo aclamaron. Pese a todos sus errores y probablemente injusticias, no creo que mereciese semejante muerte. »
«En Francia, el Comité de Defensa Nacional ha pedido la muerte del Mariscal Petain; Dios quiera que esto no se lleve a cabo. ¿Puede decirse que colaboró de buen grado con los alemanes? ¿Que fue traidor a su patria? ¿Quién sabe cómo se habrían desarrollado los acontecimientos sin él? Ya sé que parecía invitar al colaboracionismo. Pero ¿era acaso totalmente libre en sus actos y sus palabras?»
«Cuando fui a ver a papá me lo encontré en el pasillo.»
-«"¿Sabes la noticia? -me preguntó-. La guerra ha ter­minado".»
«Nos abrazamos muy emocionados.»
«No maldigo los sufrimientos que he pasado; quizá hayan sido necesarios para que se formase mi carácter. La vida que ahora llevo tiene también su encanto. Más tarde, cuando la me­moria haya borrado los detalles tal vez aparezcan aquéllos.» (Nota de 1977: «No, no tenía encanto alguno aquella vida. Lo único positivo que había en ella era la esperanza. Es verdad que los sufrimientos me hicieron más humana y comprensiva, ¡pero a qué precio!».)
«Morimos una sola vez en la vida. Las circunstancias nos hacen cambiar y nos convierten en personas diferentes de las que éramos. Es otra manera de morir, pero es una muerte que llega tan en silencio, tan insensiblemente, que apenas si senti­mos su golpe.»

Diciembre de 1945.

«Esta noche es la última del año. Lo dejo marchar sin pena y recibo el otro sin excesiva alegría. Me siento un tanto escép­tica en cuanto al porvenir. Noto que me acompaña aún la in­certidumbre, la melancolía.»
«Había esperado que papá estuviese a nuestro lado en estos días tan especiales y estas fiestas familiares hubieran sido más dulces por hacer tanto tiempo que no las pasamos los tres juntos.»
«A papá le tiene sin cuidado salir de una manera o de otra de la cárcel. Esperaba que al salir recobrara, si no su puesto en el Ejército, al menos sus bienes. De otra manera, como dice él en broma, sólo le quedará el recurso de colocarse en la puer­ta de una iglesia con un cartel que diga "Ex Subsecretario y Ministro implora su caridad". Sin derecho a retiro, sin bienes, sin trabajo. Ciertas colocaciones, en centros oficiales por ejem­plo, le estarían prohibidas. No es fácil encontrar trabajo cuan­do se ha pasado de los sesenta años.»

sábado, 12 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 65


«Días después, y acompañado por ese mismo brigada, tuvo que ir mi padre al dentista en el Hospital Militar. Había un pelmazo que tardaba en la consulta; cuando salió vio que era Vega:
-"¡Hombre, tú tenías que ser!"» «Y Vega se encaró con el brigada»:
-«"A usted tenía yo ganas de verlo. ¿De manera que para dejarme entrar a ver a mi querido amigo el General Castelló necesita usted preguntarme quién soy? ¿Usted cree que con esta cara y estos bigotes puedo ser barrendero? A mí se me mira y se dice uno: este señor tiene que ser General".»
-«"Usted perdone" -repetía el brigada, que luego comentó a mi padre»:
-«"¡Qué genio tiene su amigo!".»

23-11-44.

«Papá me ha comunicado una gran noticia: ¡ha sido indul­tado de la pena de muerte!»
«Esta mañana lo llamó el General Borbón»:
-«"Luis, estás en libertad".»
-«"¿Quién ha intervenido en esto?".»
-«"Asensio y yo, con la aprobación de Franco".»
-«"Pues decidle a Franco que le estoy profundamente agra­decido, pero como he pasado de la condena al indulto y la pues­ta en libertad, saldré de la cárcel con mis bienes confiscados y sin derecho a retiro".»
-«"¡Tienes razón! Voy a ocuparme de este asunto. Iba a firmar tu puesta en libertad".»
-«"Pues no lo hagas".»
«Las tres cuartas partes del sueldo que papá había solicita­do le han sido denegadas. Me siento llena de una suave sere­nidad, quizá la conformidad ante mi destino. Esto lo supe ayer leyendo la carta que me entregó para don Diego Hidalgo, a quien no le ha extrañado lo ocurrido.»
-«"Es una injusticia, pero era de esperar esta resolución. ¿No está demasiado desesperado tu padre?".»
-«"No, está muy tranquilo, aunque me bastó verlo para comprender que algo no iba bien".»

Noche del 15 de febrero.

«Esta noche es mi cumpleaños. Esta noche tendré dieciocho años. Esta noche, con mucha calma, evoco todos mis sueños destruidos; esperaba cumplirlos en otras circunstancias. ¡Mis dieciocho años! En mis años de adolescente triste y torpe, me veía convertida en una chica que habría recuperado la belleza de la infancia, una chica rica y feliz en su hogar. Esto me ayu­daba a soportar sufrimientos y amarguras. ¡Dios mío! ¿Es que no tengo derecho a ser feliz? Contemplo el porvenir, y una voz débil, la de la esperanza, parece decirme: "espera" y otra más fuerte, la de la razón, me dice que mire el presente y me atenga a él. En todo caso, cuando llegue la felicidad, la habré pagado muy cara. Nueve años de sufrimientos creo que es bastante para mi edad. Quizá dentro de dos años... Me van a parecer interminables.»
«El reloj del tiempo tiene sus caprichos, hace parecer los días tristes muy largos.»
«Los sufrimientos y las amarguras producen reacciones opuestas y contradictorias; a fuerza de haber sufrido mucho, cualquier pequeña felicidad parece inmensa, o bien a fuerza de haber soñado para soportar el presente amargo, cuando llega la felicidad, ésta nos parece pálida al lado de lo que habíamos esperado.»
«A veces vale más que los sueños no se realicen para que no pierdan su encanto.»
«La otra noche tuve una pesadilla. Caminaba por el campo y de pronto me encontré con una cuerda con sábanas tendidas.»
«Miraba hacia la derecha y hacia la izquierda y sólo lograba ver aquella hilera de sábanas que se perdía en el horizonte. Le­vanté una sábana y detrás había otra y otras, secas y cru­jientes.»
«También soñé que caminaba por los aires, vestida con una especie de túnica griega de tela ligera. De pronto me encon­traba con una puerta que flotaba en el aire entre nubes de tormenta. La puerta estaba abierta. Quería avanzar y no podía, una fuerza invisible me retenía, Quería gritar y no salía grito alguno de mi garganta. Me desperté sobresaltada. El mismo sueño se repitió noches después.»

jueves, 10 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 64


«Miércoles. Me levanté temprano y fui a dar un paseo. Ca­miné hasta la Colonia de El Viso. Este barrio me agrada, pues me recuerda San Juan de Luz. El otro día me dio incluso la sensación de que estaba allí. Dejé atrás las casas y me encami­né hacia el campo. Seguí una carretera al borde de la cual ha­bían plantado minúsculos árboles rodeados de cemento. A mi derecha veía sembrados de trigo cuyas espigas doradas y verdes mecía el viento. Me detuve un instante para contemplar el mo­vimiento tan bonito del trigal, que me recuerda el oleaje ma­rino. Caminé por la vereda del trigal. El conjunto de espigas apretadas semejaba un bosque ecuatorial. Cogí amapolas y me senté un momento en el borde de un pequeño monumento de piedra que tenía forma de pirámide. ¿Una tumba? La idea de un campesino enterrado en su trigal es bonita. Al final acabé perdiéndome y llegué hasta Ciudad Lineal.»
«Ayer fuimos a almorzar con los Peña. Un matrimonio ruso exiliado vino a tomar café con ellos. La noticia de la invasión produjo un gran alboroto en Francia, según nos contó Merce­des. En cuanto a los alemanes, les sorprendió hasta el punto -de desorientarlos. Siempre habían creído que la invasión era un bulo. La radio inglesa no dijo nada el primer día; la radio alemana anunció que había tenido lugar una invasión en el norte de Francia. Seguramente esperarían que llegara por ese lugar, pero tal vez les pareció tan simple la idea, que la desecha­ron. Por otra parte, creían tener una barrera costera infran­queable que les hacía pensar que si el desembarco tenía lugar, las tropas enemigas no podrían permanecer en las costas más de 24 horas. Todos los soldados alemanes recibieron la orden de marchar hacia los alrededores de París. Actualmente sólo quedan en San Juan de Luz algunos oficiales, unos soldados no muy jóvenes, otros de catorce años recientemente moviliza­dos y algunos prisioneros rusos escogidos entre los que no hablan francés y visten uniforme alemán. Los que hablan es­pañol lo ocultan. Sólo llega un tren a París cada cinco días y tras un viaje de treinta y dos horas. En París el gas y la elec­tricidad sufren frecuentes cortes y en algunos barrios sus ha­bitantes tienen que comprar el agua, pues los depósitos y ca­nalizaciones han sido destruidos. Mercedes nos contó que su equipaje fue minuciosamente registrado. Las tropas de ocupa­ción no se han vuelto groseras ni brutales por el revés sufri­do, tienen una tristeza resignada. El bombardeo de Biarritz fue efectuado por bombas de poca potencia; pese a ello, las casas de las calles que dan al Port Vieux han quedado muy deterio­radas. El dique construido por los alemanes ha quedado com­pletamente destruido. Los prisioneros rusos son empleados en trabajos de reconstrucción, trabajo duro que realizan con una sola comida al día, pero la población francesa encuentra la ma­nera de socorrerlos.»
«Con emoción me he enterado de la liberación de Francia. Todos esperábamos que con ella terminase la guerra, pero ahora los más optimistas creen que durará aún varios meses.
«A veces siento un desaliento enorme; tan sólo el recuerdo de mi padre me sirve de apoyo, ya que sé lo mucho que me quiere y que algún día se apoyará en mí. Me siento reconfor­tada cuando al salir de la visita diaria ambos hemos estado muy animados, mientras que cuando hemos permanecido silen­ciosos me siento hastiado de todo y me parece que tengo algo que reprocharme, pues debo hacer un esfuerzo por distraerlo.»
«Continúan visitándolo sus buenos amigos Juan Uña Varela y su hija, José María González, Vega, Diego Hidalgo; incluso algunas señoras organizaron en su cuarto partidas de bridge. A don Juan Uña, que era un señor muy guapo de estatura me­diana pero con un gran porte, barba y cabellos canos, lo to­rnaban por un General retirado y los soldados se cuadraban para saludarlo. Uña, complacido, se llevaba la mano a la frente y esbozaba un leve saludo militar. El General de la Vega tam­bién era un señor de muy buena presencia. Generalmente no preguntaban a las visitas quiénes eran ni a quién iban a ver. Pero un día, el brigada de guardia se lo preguntó a Vega.»
-"¿Que quién soy? ¡El General de la Vega y Zayas! ¿Que a quién vengo a ver? ¡A mi gran amigo el General Castelló!"
-¡A sus órdenes, mi General!"

martes, 8 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 63


X

Diciembre de 1943.
«Ya está aquí el invierno. Este año llegó antes de lo espera­do con su cortejo lúgubre de viento y frío.»
«Ayer fui a ver a los Uña. Están muy fastidiados con sus achaques y las escasas noticias que reciben de Inés. Este año no nos invitaron a almorzar, pues la casa está muy triste.»
«Los escaparates de las tiendas comienzan a engalanarse. Las fiestas navideñas llegarán pronto. ¿Cómo será la Navidad para mí este año? Papá cree que la guerra y nuestra situación tendrán fin. ¡Con tal de que las Navidades de 1944 estemos los tres juntos en nuestra casa! ¿Cuándo dejará la vida de darme amarguras? Siempre se siente alegría al comenzar un año nuevo... y al mismo tiempo cierta nostalgia cuyo origen des­conocemos.»
«Sigo estando triste. ¡Ay, qué año! ¡Ay, qué vida! ¿Qué me traerá 1944?»
«La vida no está únicamente formada por los hechos exte­riores, existe una vida interna más intensa que la otra. Resulta agradable una existencia que nos gustaría vivir. Vivir de sueños es a veces mejor que seguir el cauce monótono de la vida. No sólo de ellos está formada la existencia, están también los pen­samientos, las ideas. Todo un mundo extraño y a veces contra­dictorio.»
-«"Analizas y profundizas todo demasiado para una chica de tu edad", me dijo una vez Julia.»
«Sí, lo analizo todo, todos mis sentimientos. Me siento herida hasta por una palabra expresada en un tono un poco seco; no olvido las ofensas pero las perdono. Si cualquier in­significancia me hace sufrir, cualquier pequeñez me hace feliz. Le doy más importancia a los pequeños detalles que a los gran­des rasgos. En San Juan de Luz tenía una amiga inglesa, Delfi­na. Su madre era bonita y muy distinguida, pero poco efusiva como buena inglesa. El primer día que fui a su casa después de la muerte de mamá, cuando me vio con mi vestido negro, en lugar de darme la mano como lo hacía habitualmente, se inclinó hacia mí y me besó en la frente. Jamás olvidaré ese beso. También me emocioné mucho al saber que una de nuestras profesoras del colegio, al comunicar a mis compañeras la muer­te de mi madre, propuso rezar por ella. Toda la clase se puso de pie para orar.»
«Papá se siente optimista, cree que la guerra acabará pron­to. Pensar que hay niños que han nacido durante ella y no conocen más vida que ésa, bombardeos y tarjetas de abasteci­miento. Para nosotros la pesadilla terminará el día en que papá salga de la cárcel y estemos juntos en nuestra casa. Ya es tiem­po de que acabe. Hace siete años que dura; siete años durante los cuales me he convertido en una chica triste y tímida. He sufrido tanto, que el día en que llegue la felicidad me parecerá mentira. Me costará trabajo creer que no es un sueño más.»
Abril de 1944.
«Desde mi habitación, en la que estoy escribiendo, oigo el gorjeo de unos pájaros. Es una de las cosas que más aprecio de esta casa, que la ventana esté cerca dé un jardín. Por la noche, cuando la abro antes de acostarme, mis ojos contemplan con gusto el jardín. En la calle Pardiñas sólo podía ver un cuadradito de cielo y un patio del que provenían desagradables ruidos. Cuando el cielo estaba estrellado lo contemplaba y huía de la realidad que me rodeaba.»
«¡Ay, esa música! Esa música un poco difusa y dulce que me llega por la ventana abierta, esa melodía compuesta de trozos de valses. Esta paz de la tarde, esta sensación inexplica­ble que me hace ver de otra manera y sentir que vivo en otra época. A veces me siento extraña en este siglo XX del que me desilusionan tantas cosas, me hieren como un sonido brusco en medio de una suave melodía.»
«La invasión, la célebre invasión tan anunciada ha comen­zado. Ha tenido lugar en Normandía. Lo supimos el martes pero había empezado el lunes por la noche. Once mil aviones y cuatro mil barcos han atacado. El desembarco estuvo acom­pañado por el lanzamiento de paracaidistas protegidos por la aviación. Con mal tiempo y entre la espesa bruma las tropas han desembarcado. Lo que no deja de ser inquietante es la conducta de Rusia. No ha tomado parte alguna en dicha inva­sión, aunque mantiene una dura lucha en su propio suelo y corren rumores de que quieren firmar una paz por separado con los enemigos. Otros van más lejos y dicen que quieren aliarse a Alemania. Esto ya es menos probable, ya fueron trai­cionados por los alemanes una vez. Pero si llegase a ocurrir lo primero, Alemania, liberada de uno de sus enemigos, podría continuar la lucha con más fuerza.

domingo, 6 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 62

Imagen del General Castelló cedida por Antonio Rivero Morente

Presenciaron el acto don Diego Hidalgo, mi defensor, don Ricardo Benítez de Lugo y el Jefe que me había acompañado.»
Respecto del asunto Noreña habla él mismo más tarde. El Teniente Coronel Noreña recibió orden de presentarse a las autoridades militares. Fue al Ministerio de la Guerra y manifes­tó que iba a entregarse porque estaba idealmente sublevado con sus compañeros. Le dijeron que se presentara ante el Ge­neral Castelló, que estaba en Capitanía. Allí hizo las mismas declaraciones. Lo detuvieron. Noreña no fue a pedir protección, sino a entregarse. Tras su detención, otros oficiales que esta­ban a las órdenes de mi padre le manifestaron que ellos tam­bién estaban sublevados idealmente y que esperaban una opor­tunidad para pasarse al bando nacional con sus compañeros. Mi padre no los denunció.
Una noche perdió el sueño a causa de una visita. A altas horas de la madrugada llamó a su puerta L. de M, a quien le había tomado afecto.
-«¿Tiene usted algo de beber?»
-«Tengo un poco de vino.»
-«Pues deme una copa, necesito reponerme.» Cuando se la hubo tomado le contó:
-«Estaba en el Casino Militar y he oído decir que esta ma­drugada lo fusilarían y vine a despedirme de usted. Los oficia­les de guardia me han confirmado que no han recibido el menor aviso, pero ya que estaba aquí quise darle un abrazo.»
Bien podría haberse ahorrado la visita -pensó mi padre-. Muy «agradecido» por esa muestra de cariño tan inoportuna, ya no pudo conciliar el sueño, puesto que si esos rumores co­rrían por círculos militares bien podían tener fundamento.
La sentencia fue llevada al Jefe del Estado, quien no quiso firmarla; dijo algo así como que la dejaran para más adelante. Dieciocho meses después, en una reunión del Consejo de Minis­tros, previendo que se trataría la sentencia de mi padre, el Ge­neral Asensio, gran amigo suyo, habló con otros ministros para que llegado el momento de la votación lo hicieran negativa­mente. Pero la votación no hizo falta. El General Franco dijo simplemente:
-«Tengo aquí la sentencia de muerte del General Castelló; no hay lugar a deliberación: he decidido indultarlo.»

viernes, 4 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 61


Y así lo hizo, firmó página por página su declaración, omi­tiendo, amparando bajo su supuesta amnesia, a personas que hubieran podido resultar perjudicadas con su delación.
Llegó el día del juicio, que tuvo lugar por la mañana. Aque­lla tarde su habitación de Prisiones Militares estaba repleta de amigos que habían asistido al juicio. Mi padre se empeñó en que ese día mi hermana y yo fuésemos al cine. Mi hermana sos­pechó algo raro y a la mañana siguiente se presentó a verlo.
-«¿Qué pasó ayer?»
-«¿Por qué lo preguntas?»
-«Porque algo extraño ocurría; tú, evidentemente, quisiste que no asistiéramos a la conversación que tendrías con tus amigos. ¿Te han juzgado?»
-«Sí, ayer por la mañana.»

«El proceso se ha deslizado lentamente a pesar de ser "su­marísimo". La calificación fiscal ha sido de "adhesión a la re­belión". Según mi defensor, este delito lo cometen los militares que se alzan en armas contra el Rey, las Cortes o todo Gobier­no legalmente constituido. Parece que el auditor asegura que a partir del 18 de julio de 1936 el General Franco tenía un Gobierno legal y nosotros, a quienes nos tocó estar en el otro bando, somos los rebeldes. Por ello se deduce que no he sido nunca Autoridad Judicial a pesar de haber tomado medidas por los sucesos del 18 de mayo de 1936, por emanar mi nombra­miento de un Gobierno ilegítimo. Sin embargo, el fiscal me acusó de haber ejercido el cargo de Ministro, en vista de lo cual hice constar que si era Ministro para las responsabilidades, mi causa debía ser vista por el Supremo, porque éste, cuando la calidad de Ministro va aneja a la de General o Almirante, sólo podrá ser enjuiciado por el Consejo Superior del Ejército y Marina. El auditor me negó la incompetencia. A su juicio está perfectamente claro que no he sido Ministro. Por este motivo hice sendas instancias al Presidente y al Fiscal del Alto Tribu­nal relatándoles los hechos por si me creen. Hoy es 10 de marzo de 1943. Espero.»
«El 14 fue vista la causa. Presidió Rada, acusó Calvijo. La acusación se dirigió a mi actuación como Ministro. Los cargos emanaban de la Causa General y no se me habían leído. Conoz­co al Fiscal desde hace mucho tiempo. Estuvo a mis órdenes siendo yo Subsecretario. Aquello que leía no había sido escrito por él. El texto fue muy duro. Culminó con el episodio Noreña. Pidió pena de muerte. La defensa estuvo bien, a pesar de que la causa le fue pasada tres horas antes. Definió muy bien la pena de este delito en su grado mínimo.
El primero de los testigos fue Paco Borbón; estuvo admi­rable.»
Le oí contar muchas veces a mi padre la declaración del Ge­neral Francisco Borbón de la Torre, duque de Sevilla. Le die­ron la categoría de Alteza Real, aunque no sé si la tenía pese a ser primo del Rey Alfonso XIII. El Tribunal y la Sala se pu­sieron de pie cuando entró. Borbón relató que al proclamarse la República le había preguntado al Rey qué debía hacer.
-«Antes que Borbón eres español» -le contestó. Permaneció en España y en el Ejército. Se sublevó con el General Sanjurjo y, pese a que se dio una amnistía, a él no se le dio mando. En el colegio a sus hijos les gritaban: «¡Fuera Borbones! », La vida se le había hecho imposible. Fue a ver a su amigo Castelló, que era entonces Subsecretario en el Minis­terio de la Guerra, y éste le propuso a Azaña que le diese a Borbón una comisión de servicio en Francia. El se encargaría de enviarle allí su sueldo por mediación de la Embajada de ese país. El ministro accedió.
-«Esto -había declarado Borbón- hizo que no estuviera en España cuando comenzó la guerra civil. De haberme quedado tal vez hubiera corrido la suerte de mis hermanos y algunos de mis primos, que fueron fusilados; por tanto, deduzco que mi vida y cuanto soy se lo debo al hombre que está sentado en aquel banquillo.»
«También estuvo muy bien Fidel de la Cerda; bien Ungría. La declaración escrita de Castejón fue muy valiente. Los escri­tos de García Encina muy afectuosos. Se me concedió la pala­bra. Empecé entregando la copia de los escritos dirigidos al Fiscal y al Presidente del Supremo. Acto seguido les dije que no podían enjuiciarme ni sentenciarme, pues no tenían catego­ría para ello, a pesar del respeto que me merecían. Les dije que había lagunas en mi defensa motivadas por la precipitación de la vista. Lo primero que impugné fue que mi nombramiento de Autoridad Judicial emanaba de una orden jurídica "rebelde", datando, como databa, de marzo de 1936. Además, con esa auto­ridad había fallado sobre la sedición de Alcalá de Henares de cuya sanción me hice responsable ante Casares Quiroga. Vinie­ron luego las "salpicaduras" de Madrid, y Miaja nombró juez al Coronel Blasco. Por conducto de mi Auditor, don Constante Miguélez de Mendiluce, supe su nombramiento, pero yo destituí a Blasco porque entendí que no podía ser Juez quien estaba afectado a organizaciones de extrema izquierda y debía juzgar a personas de derechas.
Me preguntaron si había servido con lealtad a la República y contesté:
-"Con la misma lealtad que a la Monarquía."
Dije también que la causa de mi continuidad en el cargo de Subsecretario se debía a que, siendo muchos los aspirantes, prefirieron confiar la administración de los ochocientos millo­nes del presupuesto del Ministerio de la Guerra y los tres del Fondo particular a un militar apolítico. En este sentido habló también en mi defensa don Diego Hidalgo, quien dijo que "po­día dormir tranquilo sabiendo que la llave de los Fondos del Ministerio la tenía el General Castelló". Fue muy importante su declaración. Por último, relaté con más detalle el asunto Noreña. La vista, que había comenzado a las diez, terminó a la una. Cuando me retiré eran las dos de la tarde y aún el Tri­bunal no había terminado de deliberar. En tanto salió el Fiscal y me dijo:
-"Perdón, mi General."
Le estreché la mano con afecto y lo tranquilicé:
-"Usted no ha hecho más que cumplir con su obligación." El que hubiese solicitado mi pena de muerte no era motivo para que se fuese con la conciencia intranquila. Me acordé de Maura cuando decía "Nosotros somos nosotros".

miércoles, 2 de febrero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 60


«He recibido carta de Nany, gran amiga de San Juan de Luz que vivía entonces en Barcelona. Dice que le ha enseñado una carta mía a una profesora suya que sabe grafología.»
-"Debe tener un gran valor" -ha señalado. «Tengo que tenerlo. ¿Qué sería de mí sin él?» «Antes me parecía extraño que se pudiesen tener ganas de morir, como le ocurría a Geneviéve. Ahora hay momentos en los que me gustaría dejar este mundo. El presente no tiene nada de halagüeño, el porvenir tampoco. Prefiero ver el futuro negro; así, si cuando llega es gris, me parece blanco. Pero en el fondo la esperanza nunca muere. Recuerdo haber visto la reproducción de un cuadro que simbolizaba la esperanza: una mujer con los ojos vendados que tiene en sus manos una lira, todas las cuerdas están rotas menos una y a ella se aferra deses­peradamente. »
«Me gustaría alcanzar aunque sólo fuese un pequeño lucero en el firmamento de la gloria.»
«Ayer papá y yo estábamos solos. Cantamos y bailamos un poco. "Ay, hija mía -me dijo suspirando-. ¿Cuándo podre­mos bailar en nuestra casa?" ¿Cuándo tendremos una casa? Esto que llevamos no es vida. Aquí estamos instaladas de una manera provisional, como si fuésemos a marcharnos de un mo­mento a otro. No se puede una instalar mejor en esta casa. El único armario que hay lo tenemos nosotras y es tan pequeño que sólo podemos meter la ropa interior y los vestidos de la estación; el resto está en las maletas. ¡Ay qué casa! Y ahora, al menos, es verano, hay un poco de luz, pero en invierno pa­rece una tumba. La ventana de nuestra habitación da a un patio por el que suben olores de cocina, el humo grasiento de las frituras, y siempre se oyen gritos, voces de matrimonios que discuten, llantos de niños, radios puestas a todo volumen hasta muy tarde en la noche, voces destempladas de mujeres que cantan a grito pelado. Para ver un trocito de cielo tengo que sacar medio cuerpo por la ventana.»
«Me aburro, sigo aburriéndome. Espero que los Uña, los Va­rela y los González vuelvan para poder ir a almorzar una vez por semana a casa de cada familia de las que recibimos tanto cariño.»
«Desde hace unas semanas estamos en nuestro nuevo domi­cilio. Tenemos una habitación llena de luz que da a un patio que abre a la calle. Hay un comedor y un cuarto de baño con agua caliente, calefacción y radio. La dueña es una señora viu­da, muy buena persona; tiene varias hijas de nuestra edad. Hay otros huéspedes en la casa.»
«Mercedes de la Peña ha vuelto de San Juan de Luz adonde fue, como todos los veranos, a ver a su marido. La ciudad tiene, según nos ha contado, el aspecto de una fortaleza. Las luces se apagan a las ocho de la tarde, todo el mundo debe estar en sus viviendas a las once de la noche. Hay cañones y alambradas por todas partes, barcos de guerra en la bahía, calles que si no fuese por la lluvia que las lava estarían sucias y todo enorme­mente caro. ¡Pobre querida ciudad!»
«Ayer fue día de Difuntos. ¿Qué alma caritativa se habrá acordado de llevar flores a la tumba de mamá? Las Castaing lo hicieron el año pasado; es posible que lo hagan este año tam­bién. Mercedes nos ha dicho que las vecinas de la casa en la cual murió se encargan de cuidar la tumba. Nos dijo también que sobre ella habían crecido unas margaritas. ¡Margaritas so­bre la tumba de Margarita Gauthier! ¡Deliciosa coincidencia!»
Mientras tanto se acercaba el juicio de mi padre. Previa­mente fue llevado a las Salesas.
-«No podemos pedirle juramento porque está usted some­tido a proceso, pero queremos hacerle algunas preguntas por­que estamos escribiendo sobre los sucesos de la guerra en la zona roja.
-«Les advierto que padecí una enfermedad mental y que desde entonces padezco de cierta amnesia.»
-«Convendría que nos diese nombres de personas que fue­ron a ofrecerle sus servicios siendo usted Ministro o Goberna­dor Militar de Madrid con el objeto de desenmascararlos.»
-«¿Cómo? ¿Que yo dé los nombres de aquéllos que en tan dramáticos momentos me pidieron protección y luego tuvieron la suerte de pasarse a vuestro bando y que, terminada la gue­rra, ustedes ignorasen sus antecedentes? No, yo no los denun­ciaré para reducirlos a la triste situación en que estoy. ¡Antes prefiero la muerte!»
-«Es que usted no iba a firmar nada.»
-«Peor aún, yo lo que declaro lo firmo.»

lunes, 31 de enero de 2011

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 59


De aquellos años datan unos versos que me dedicó mi padre, tal vez sin valor literario pero que resultan entrañables por la enorme ternura que encierran.

«En la Villa de Larache
en una casa bonita
nació mi hija Lolita negra
como el azabache.

Por retrasarse en venir
el padrino, que es mi hermano,
la bautizó un franciscano
allá en Alcazarquivir

en la bella Comandancia
y escogidos invitados
que fueron agasajados
con sencillez y elegancia.

Con un feroz apetito,
pues tragaba a todas horas,
se crió como una bola
mamando sus dos añitos.

Así se desarrolló
sin darnos grandes trastornos
con una cara bonita
y un buen pelo enmarañado.

A nadie ya maravilla
que sin robar ni matar
lo pasó bastante mal
en la cárcel de Sevilla.

Sin tomar una lección
es muy justo consignar
tiene gran disposición
en artes de dibujar.

Al presente se ha espigado.
Tiene el geniecillo fuerte
y gesto malhumorado
mas le pasa fácilmente.

Come como un pajarito.
Tiene el talle de una avispa
un poco corta de vista
y no tiene mal palmito.

Se expresa correctamente
en francés y en español,
redacta perfectamente
con gran imaginación.

No es gastosa ni tacaña,
no es alegre ni tristona,
en vestir no desentona
y en su trato no es huraña.

Pagando culpas ajenas
calló y aprendió a sufrir.
Olvida pronto sus penas.
Tiene fe en el porvenir.

¿Tendrá suerte en el amor?
¿Casará? ¿Tendrá chiquillos?
¿Conservará su «magot»
o se lo gastará algún pillo?

Son defectos y virtudes
que pintan de buena gana
todas las vicisitudes
que pasó Dolores Ana.»