jueves, 17 de enero de 2013

COFRADÍA DE LA SOLEDAD DE GUADALCANAL, DURANTE EL SIGLO XIX. (2)


NOTAS PARA LA HISTORIA DE LA COFRADÍA DE LA SOLEDAD DE GUADALCANAL, DURANTE EL SIGLO XIX.
Por Germán Calderón Alonso
Revista de Guadalcanal año 1997


III.      LA RESPUESTA DEL CLERO DE SAN SEBASTIÁN.

Pero tenemos ya que ver la respuesta de otra parroquia, San Sebastián. Por ella informó el mismo dos de julio el teniente de cura párroco D. Vicente Salvador que expresó las razones que le asistían para considerar infundadas e injustificables las pretensiones de los hermanos de la Soledad.
Por un lado ya era antigua la petición de la hermandad de que las parroquias asistieran a su procesión. Tampoco era el primer paso la exposición que se había hecho al alto tribunal. En un tercer lugar se vierten acusaciones graves sobre la  corporación pues literalmente se dice: “... ha largo tiempo que se abriga esta  idea, no ha mucho que se  promovió esta cuestión, no por pureza de sentimientos religiosos sino, por mera vanidad y ostentación mundana y por el deseo de crear una preeminencia que jamás ha existido ¡Sensible es el extravío que en este punto se advierte en las ideas evangélicas y en el espíritu de nuestro divino dogma”. Las mismas acusaciones de siempre: se le achaca a las cofradías la riqueza de sus procesiones, la mundanidad que demuestran en sus desfiles procesionales. Pero las acusaciones llegan a más pues de dice que la corporación “... quiere con perjuicio de tercero, un lujo, ostentación y pompa innecesarios, sólo por vanidad para aparentar orgullo y superioridad sobre los demás”. D. Vicente Salvador alega que “...no es ciertamente el exterior mundano el que eleva los actos de nuestra sublime religión, sino la fe ardiente y pura, el recogimiento de las costumbres y la sencillez y dignidad de las prácticas y ceremonias”. En fin, la teoría de la preeminencia de las costumbres sencillas y puras sobre la pompa habitual en las cofradías de todos los lugares y tiempos, cuestión que hoy sigue viva y latente y tan de actualidad como en el siglo XIX. Pero hay más y aquí está, como hemos dicho en repetidas ocasiones, el meollo de la cuestión de lo que la anterior argumentación es un simple adorno puede que hasta retórico. A todo lo anterior se une el que intentaba, según el sacerdote, fomentar el espíritu de rivalidad entre las tres parroquias, destacando el primer puesto de Santa María. La verdad es que no creemos que se le pudiera echar demasiada leña al fuego de por si tan encendido. No se quería, en ninguna manera, reconocer el carácter de Iglesia Mayor a una de las tres. Para el cura teniente de San Sebastián bajo la capa del culto que debía tributarse a Jesús Yacente se ocultaban otras dos intenciones que él venía a considerar diríamos bastardas: dotar de una excesiva solemnidad a la procesión y ratificar la preeminencia de Santa María. Según continuaba contando hacía dos meces, es decir en mayo, ante el visitador, el clero de las dos parroquias preteridas “procurando destruir toda idea de rivalidad y de servidumbre que envilece” convino “motu propio” asistir a la procesión del Santo Entierro. Ahora bien no cedía sin compensaciones pues el de Santa María en contrapartida debería asistir a las procesiones de los otros dos, singularmente a las citadas del Hábeas Christi. A continuación vemos en el texto una serie de interesantes preguntas retóricas pues se nos dice: “Si es sólo la suntuosidad y solemnidad de la religión lo que se procura ¿Por qué no se accedió a esta justa y equitativa demanda?, ¿No son todos los pasos y procesiones de la pasión y muerte de nuestro Redentor de igual importancia y consideración?, ¿Cuáles no merecen practicarse y recordarse con augusto y majestuoso esplendor?. Desde nuestro punto de vista del día de hoy, la respuesta en parte estaría clara pues, por inveterada costumbre, la procesión del Santo Entierro ciertamente se considera oficial y más importante que las demás. Y ello ocurre en la generalidad de los lugares donde se celebra. Ahora mismo este aserto se discute. Pero para el clero de Santa Ana y San Sebastián, no estaba nada claro y hay que reconocerles su valiente defensa de sus derechos.
            Siguen las preguntas retóricas: “Si había pureza de motivos y delicadeza de sentimientos ¿Por qué no se aceptó la proposición y se impuso voluntariamente el Clero y la cofradía solicitantes la carga que espontáneamente se imponían las clerecías de Santa Ana  y San Sebastián?. En fin, se acusa al clero de Santa María de desear imponer su predominio y de no dejarse llevar por la pureza de motivos, lo que quizás parecería  más grave. Pero sigue más pues se afirma que ninguna de las tres parroquias tiene tiempo para asistir a las funciones de las otras y lo más importante, ninguna puede exigirlo ni hasta ahora  lo ha hecho. Ante esta falta de derecho y costumbre sólo se podía exigir, según el teniente cura, esta obligación si existía reciprocidad de servicios prestados gratuita y voluntariamente. Un verdadero toma y daca. Se afirma que si estos servicios fueran forzosos e interesados perderían su grandeza. Se aduce que “la violencia y el interés empañan el refulgente esplendor de las prácticas y ceremonias religiosas”. Por otra parte se dice que no se puede alegar la  asistencia del clero al entierro de un sacerdote. Vuelven a aparecer las razones que exponía el párroco de Santa Ana. A estos funerales se iba porque así lo ordenaban las constituciones de la hermandad de sacerdotes de San Pedro, las cuales abundaban en poblaciones con numeroso clero y que también existían en Guadalcanal, conservando hoy documentación de ella en el Archivo General del Arzobispado. Por otra parte se recuerda que no existían conexiones entre este entierro y el de Cristo. Al Santo Entierro asistía todo el clero con sobrepelliz acompañado de los sirvientes de los diversos templos. Y lo más importante es que se dice que iban “sólo por pura devoción y voluntariamente, no por cumplimiento, y vana ostentación como sucede en aquel”. Existe una cierta contradicción en las palabras de D. Vicente Salvador que diciendo huir de la ostentación reconoce que se asiste a los entierros de sacerdote por puro cumplimiento, guardando unas reglas. En resumen, tras larga exposición, el teniente de cura párroco de San Sebastián pide al secretario del tribunal de órdenes que exponga a éste alto organismo los motivos que tienen ambas clerecías para no asistir a la procesión a fin de que pudiera apreciarlos y, consiguientemente, juzgarlos.
Pero veamos el informe del visitador eclesiástico que nos echará mucha luz sobre este enojoso asunto.



lunes, 14 de enero de 2013

COFRADÍA DE LA SOLEDAD DE GUADALCANAL, DURANTE EL SIGLO XIX. (1)



NOTAS PARA LA HISTORIA DE LA COFRADÍA DE LA SOLEDAD DE GUADALCANAL, DURANTE EL SIGLO XIX.
Por Germán Calderón Alonso
Revista de Guadalcanal año 1997

I.                INTRODUCCIÓN.

Es muy desconocida la historia de las cofradías de la villa de Guadalcanal. Intentaremos, pues, en este pequeño artículo, hacer una aportación en este sentido referida en este caso a la Hermandad del Santo Entierro de Cristo y Ntra. Sra. de la Soledad, residente en la Iglesia Mayor de la población, la parroquia de Santa María de la Asunción.
Se trata del estudio de unos autos que se instruyeron por la corporación en 1851 debido a que las otras dos parroquias de la población, Santa Ana y San Sebastián, no acudían a su procesión del Viernes Santos. Hay que imaginarse la “indignación” de los cofrades ante estos hechos que parecen, a primera vista, un desprecio por parte del clero de ambas collaciones hacia una procesión, que en todo tiempo y lugar, ha sido considerada oficial, por tratarse, claro está, del entierro de nuestro Salvador.
Hay que tener en cuenta que el 11 de mayo de ese mismo 1851 se firmó el concordato entre el Gobierno Moderado presidido por Bravo Murillo y la Santa Sede, rigiendo la  sede de Pedro, el Papa Pío IX. Se acaba así con una situación extremadamente anómala de enfrentamiento entre la Iglesia y el Gobierno Español, nacida por la disolución el 11 de octubre  de 1835 de las órdenes religiosas masculinas y la puesta en venta de sus bienes el 19 de febrero de 1836, obra del ministro Juan Álvarez Mendizábal. Guadalcanal hasta 1851 pertenecía a una jurisdicción eclesiástica exenta, el Priorato de San Marcos de León de la Orden Militar de Santiago, concretamente a su Vicaría de Tentudía. Tras el concordato pasó a depender de la autoridad episcopal del arzobispo de Sevilla. Pues bien, existía un tribunal especial de las Órdenes Militares, con sede en la corte, y el Secretario de éste, D. Alfonso de Cuenca, enterado del asunto se dirigió el 11 de junio de 1851 al Gobernador Eclesiástico interino del Priorato de San Marcos, que gobernaba éste al no existir un prior en estos momentos tan extraños. Le expuso la pretensión de la hermandad, representada por su mayordomo, que era también teniente de alcalde de la villa D. Ignacio Vázquez, y que era que las parroquias asistieran a la procesión del Viernes Santo con cruz parroquial alta y llevando los clérigos capas pluviales, lo cual era lo más lógico en estos casos. Particularmente hasta ahora no vemos nada anormal en la pretensión de los cofrades. El Gobernador se dirigió entonces a los párrocos con fecha 16 de junio para que expresaran lo que opinaban de lo que se  nos antoja espinoso asunto, con el fin de que él lo trasladara al tribunal eclesiástico. Pero antes deberíamos ver, pues es todo un fresco costumbrista, el informe del 28 de mayo del “celoso” mayordomo de la cofradía. D. Ignacio Vázquez. El fin de pedir que acudieran los cleros parroquiales era que se realizase “... con toda la suntuosidad que se requiere el funeral del primer sacerdote de la Ley, el Hijo de Dios...”. No se puede decir más en menos espacio, dada cuenta de que no se había dirigido a los curas pues veía cercana la negativa como se la habían dado sus antecesores.
Lo más llamativo del asunto es que D. Ignacio alegaba que al entierro de un sacerdote los demás acudían  con cruces y capas, mientras que no iban al de Cristo. La verdad es que el argumento parece, en principio demoledor. Pero veamos que respondieron los párrocos.

II.           LA RESPUESTA DEL CLERO DE SANTA ANA.

El  párroco de Santa Ana, D. José Baños, oído su clero, dio cumplida respuesta al gobernador eclesiástico, sede vacante de San Marcos. En primer lugar alegó que no todos los cofrades del Santo Entierro tenían la pretensión de que asistieran las dos parroquias con cruz y capa pluvial, sin tan sólo alguno entre los que no se encontraban los eclesiásticos que, seguramente, se habían  opuesto a esta pretensión. A ello había que sumar que la corporación no poseía reglas aprobadas por la autoridad eclesiástica, lo cual ni entonces ni ahora decía nada a su favor. Lo cierto es que los hermanos no sólo se habían dirigido al tribunal de órdenes sino que antes habían mostrado su pretensión en la Santa Visita que hizo D. José Gómez Jurado, párroco de Ntra. Sra. de los Ángeles de Bienvenida. En ella se negó el visitador a sus deseos y los hermanos no se avinieron a la concordia de procesiones que se pretendía hacer, estipulando que Santa  María asistiese a las procesiones del Hábeas Christi de Santa Ana y San  Sebastián. En contrapartida, estas dos parroquias acudirían al Santo Entierro una vez que hubieran acabado los oficios en sus templos, los cuales, lógicamente se estimaban más importantes. Ello se consideraba una “obligación de justicia” mientras que acompañar a Santa María “que es igual  en todo a las demás”, no lo era. En el fondo lo que late es la rivalidad entre la parroquia “mayor” y las otras dos. Todo ello nos recuerda los pleitos de preeminencia entre Santa  María y San Pedro en Arcos de la Frontera y entre Santa María y Santiago en Utrera o los conflictos entre Santiago y San Sebastián en Alcalá de Guadaira. Estas luchas entre parroquias, que se nos antojan tan antievangélicas, son muy habituales en la historia de la Iglesia andaluza. Por otra parte, el párroco opone un argumento irrebatible, pues era mucho más importante una procesión en la que desfilaba el  mismo Jesucristo, que otra en la que salía tan solo su imagen. Por otro lado alegaba en lo referente a los entierros de los clérigos de la villa, que existía obligación de asistir a ellos por establecerse en unas constituciones que estaban legalmente aprobadas por el ordinario. Además la presencia en estos entierros la tenía la parroquia en la cual se hacía el funeral y las tres clerencias actuaban, para el caso, como si se tratara de una solo. Finalmente si se consentía en la pretensión de Santa María iría subordinada a las otras y con el tiempo se establecería una costumbre que obraría a favor de la supremacía. Como hemos de suponer, ello es lo que no se debía de consentir. Además dice que la no presidencia de Santa María había sido declarada “en juicios contradictorios y sentencias ejecutorias”. Por último hay que decir que, según el párroco, había costumbre de acudir a la procesión del Santo Entierro sólo con la cruz. En fin, que lo que subyace e invade todo el conflicto es la disputa entre la matriz y las otras dos parroquias.

miércoles, 9 de enero de 2013

PROFESIONES, OFICIOS Y OCUPACIONES DE GUADALCANAL EN 1750 (Y 3)


Profesiones, oficios y ocupaciones de Guadalcanal en 1750 y quienes las ejercían.
                                   Rafael Ángel Rivero del Castillo    
                                   Revista Guadalcanal año 2011

Truquero[1] que administra la mesa de trucos de la cofradía del Santísimo: Don Bernardo Pérez.
Tratantes de mercadería: Phelix Martin, Francisco Rodríguez, Francisco de Sevilla Recio y Luis Francisco Pinto.
Cajero de Don Bernardo Pérez: Bartholome Rodríguez.
Tratantes de mercería: Juan del Mármol, Antonio Díaz, Narziso del Mármol, Joseph Christoval, Francisco Rodríguez Merino, Balthasar González y Silvestre Christoval.
Recatonero[2]: Pedro López Manero, Francisco Narziso Álvarez, Magdalena Rodríguez, viuda, Pheliciana Martínez, Juan Baptista, Jazinto González, Andrés González, Juan Cairon, Miguel Lozano, Manuel Alphonso, Joseph Ramos, Bartholome Jiménez y Francisco Gómez.
Medidor de vino: Miguel Lozano Gálvez.
Guarda de las rentas generales: Juan del Mármol.
Regidor del reloj: Lucas García.
Mandadero del convento de religiosas de Santa Clara: Santiago Domínguez.
Mandadero del convento de religiosas del Espíritu Santo: Juan de Toro.
Arrieros: Pedro Romero, Sebastián Falcón, Thomas Arroyo, Agustín Moya, Diego Ruiz ,Diego García, Pedro Bazeta , Pedro Fermín, Rodrigo Álvarez , Diego Ortiz Pinto, Francisco Espino, Francisco González, Joseph Romero, Juan Ortiz, Juan Gómez , Juan Mathias, Miguel Álvarez , Pedro Rodríguez, Pedro García, Cristóbal de Burgos, Christoval Villate, Juan Calado, Salvador Viejo, Christoval Muñoz, Christoval Pinelo Cayetano de Heredia, Diego Álvarez, Francisco Cantero, Francisco Silvestre Villate, Joseph Gutiérrez Guindanda, Antonio Zerezo, Francisco Sayazo, Francisco Utrion , A Francisco Lozano, Gregorio Ruiz, Francisco Álvarez, Joachin Gómez, Joseph del Rey Pedro López Manero, Luis Rodríguez , Don Joseph Marquez, Joseph de Espinola, Juan Lozano, Cristóbal Alva, Don Francisco de Castilla y Monsalve, Joseph Bazquez , Isabel Ortiz, viuda, ,Barbara Chavez, viuda, Ana Robledo, viuda.
Peón público: Domingo Sánchez.
Contador de carne: Pablo de Bejar y Blas de Bejar.
Pintores y doradores: Joseph Rodríguez Mendoza Y Francisco Rivera.
Escultor: Francisco Rivera Antúnez.
Herreros: Francisco Hernández, Francisco Sabido, Pedro Bernabé, Francisco Fajardo y Manuel Velázquez.
Cerrajeros: Matheo Cavallaro y Pedro Cordero.
Oficial de cerrajero: Juan Cordero.
Carpinteros: Juan Caballero Neira, Luis Fernández Abulagas, Diego Joseph Robledo, Sebastián Rodríguez, Andrés Espino de la Peña, Juan de Dios, Santiago Antonio Robledo, Agustín Santiago Guerrero, Pedro de Lara, Joseph Núñez y Gerónimo de la Peña.
Caldereros Manuel Picón y Manuel Bonilla.
Herradores: Joseph Miguel, Juan de Dios Fonseca, Miguel Ortiz, Andrés Jiménez, Juan Rodríguez Renquilla y Diego Martin Luengo.
Alarifes[3]: Antonio Martin Fornarino, Domingo de Aposta, Juan Picon, Julián Domínguez, Manuel Yanes, Domingo Rodríguez, Juan Alonso, Juan Boceta, Juan Yanes Álvarez, Manuel Cordero y Joseph Serrano.
Sastres: Antonio Rodríguez, Antonio Marquez, Christoval Robledo, Joseph Robledo, Diego Rodríguez, Diego Ruiz, Eusebio Ugia, Francisco Robledo, Francisco Narciso Álvarez. Francisco Ponze, Joachin Robledo, Joseph del Castillo, Juan García Robledo, Nicolas Álvarez, Pedro Veloso Rios, Pedro Robledo, Miguel Fernández, Bartolomé Moreno, Joseph Ugia, Juan Ponze, Joachin Ponze y Antonio Vizente.
Tejedores de lienzos: Antonio Rodríguez, Alonso Marquez, Pedro Marquez, Alfonso Marquez, Fernando Burgos, Juan de Echaves, Francisco Chaves, Juan Garnica, Juan Bazquez, Jerónimo Echaves Vera, Joachin de Arcos, Pedro Fernández, Pedro López Palomo, Cristóbal Joachin Robledo, Cristóbal Carrascal Espino, Nicolas Arenas, Francisco Marquez, Sevastian Sanchez, Lucas Garnica, Antonio Victorino, Juan Martínez Luengo, Pedro Burgos, Bartolomé Arcos, Valentin Arcos, Miguel Francisco de la Parra, Miguel Clavijo, Francisco Nieves, Joseph Rodríguez, Pedro de Lara, Vizente Yanes y Joseph de la Peña.
Ollero: Sebastián Rosales.
Cazador: Francisco García.
Odreros: Nicolas de Leon, Bernardo Guerrero y Joseph de Leon.
Zapateros: Antonio Agudo, Joseph Sanchez, Juan Gordillo, Miguel Sanchez, Vizente Morente, Joseph Moneo, Manuel de la Peña Sevillano, Pedro Díaz, Bartolomé Sanchez Manso, Vizente Pulgarin, Francisco Aposta, Cristóbal Huerta, Diego Trigos, Diego García, Fernando Álvarez, Francisco Perez, Francisco Zendon, Francisco Crespo, Francisco Iglesias, Joseph Ortiz, Joseph Roman, Joseph del Barco Ortiz, Miguel Rodríguez, Nicolas Suarez, Pedro Montan, Pedro de Ortega, Antonio Sanchez, Pedro de Fuentes, Alonso Jiménez, Alonso Cavera, Andrés Jiménez, Alonso del Olmo, Miguel Jiménez, Vizente García y Cristóbal García.
Oficiales de zapateros: Francisco Rodríguez, Joseph Trigo, Juan Sánchez, Fernando Valentín, Antonio Guerrero y Joseph Jiménez.
Curtidores: Joseph Valcazeres, Manuel Fernández Recuerda, Martin Delgado y Juan Antonio Álvarez.

Además de los oficios relacionados existían algunos más de los cuales no he podido conocer quiénes los ejercían.
Mayorales de ganado, manaderos o zagales, barquero del consejo, aperadores[4], sirvientes, mozos de labor, gañanes, labradores, braceros, soldados milicianos.




[1] Truquero: el que administraba una mesa de trucos, juego de destreza y habilidad, parecido al billar.

[2] Regatonero: que compra al por mayor para revender al por menor.

[3] Alarife: Albañil

[4] Aperador: el que apera, construye o compone carros y aperos de labranza

domingo, 6 de enero de 2013

PROFESIONES, OFICIOS Y OCUPACIONES DE GUADALCANAL EN 1750. (2)


Profesiones, oficios y ocupaciones de Guadalcanal en 1750 y quienes las ejercían.
                                   Rafael Ángel Rivero del Castillo
                                   Revista Guadalcanal año 2011




Sacristanes: de la Iglesia de Santa María la Mayor, Don Francisco Santiago Rodríguez, presbítero y Don Sebastián Sánchez, presbítero.
De la Iglesia Parrochial de Señora Santa Ana, Don Juan Sánchez, presbítero, Don Lorenzo de Alva, clérigo de menores y Juan Delgado.
De la Iglesia Parrochial de Señor San Sebastián Don Cristóbal Prieto, presbítero y Don Joseph Ruiz, clérigo de menores.
Acólitos: de la Iglesia Parrochial de Santa María la Mayor, Rodrigo Yanes, hijo de Juan Yanes de Gálvez, Francisco Caballero, hijo de Juan Caballero y Pedro Núñez, hijo de Manuel Núñez.
De la Iglesia Parrochial de Señora Santa Ana, Andrés Álvarez, hijo de Manuel Álvarez y Francisco Guzmán Hijo de Ana Muñoz la Sancha, viuda.
De la Iglesia Parrochial de San Sebastián, Álvaro Gálvez, hijo de Joseph de Gálvez y Bartolomé Bazquez, hijo de Joseph Bazquez.
Organistas: Don Francisco Medina y Zejuelo, presbítero de la Iglesia Parrochial de Santa María la Mayor.
Francisco de Alva, hijo de Cristóbal de Alva de la Iglesia Parrochial de Señora Santa Ana.
Don Agustín Medina Aguilar y Zejuelo, presbítero de la Iglesia Parrochial de San Sebastián.
Preceptor de gramática: Don Agustín Medina de Aguilar y Zejuelo, presbítero.
Fiscal de vara del estado: Joseph del Castillo.
Maestros de primeras letras: Cristóbal Jiménez del Castillo y Fernando Alva.
Administrador del convento de religiosas de la Concepción: Don Joseph de Cabrera y Maldonado, presbítero.
Administradores de la obra pía que fundó Diego García de la Rubia Parra: Don Joseph Cabrera y don Juan Pérez Carrasco.
Administrador de la obra pía que fundó Juan González Rubio: Don Juan Pérez.
Administrador de la obra pía que fundó Doña Isabel de Jorgazo: Don Cristóbal de Castilla Jorgazo.
Administrador de la obra pía que fundó Juan López: Don Juan Gómez Trigueros, presbítero.
Administrador de la obra pía que fundó Antón Lucas: Don Cristóbal González Zancada.
Administrador de la obra pía que fundaron los señores Freyre: Francisco Muñoz Duran.
Administrador del Convento de religiosas de Santa Clara: Don Pedro López Palomo.
Administrador del Convento de religiosas del Espíritu Santo:Francisco Robledo.
Administrador de la Encomienda: Don Francisco Bolaños.
Administrador del hospital de la Sangre de la ciudad de Sevilla: Don Antonio Murillo Casaus.
Administrador de la Ronda del Tabaco: Don Juan Antonio García del Regato.
Tercenista[1]: Diego Ruiz.
Fiel del estanquillo[2]: Pedro Sánchez Maroto.
Arrendador del derecho del Voto de Santiago[3]: Pedro López Palomo.
Cogedor de diezmos: Don Francisco Bolaños.
Cogedor de la primicia perteneciente a la encomienda de Bastimentos: Juan de Burgos.
Veedor y obrero mayor de los castillos, fortalezas y casas fuertes:Don Melchor de Ayala y Sotomayor.
Arrendador de la veintena: Bartolomé Rodríguez.
Arrendador de las minucias[4]: Miguel Parrón Piñero.
Comerciantes de vino y aguardiente: Don Nicolás de Toledo, Don Juan de Castilla y Miranda , Marquesa de San Antonio, Doña María Cervantes, Don Francisco de Castilla, Freyre y Monroy, Don Agustín Javier de Morales, Pedro Heredia, Juan Sánchez, Pedro García , Francisco García, Juan Calado, Don Francisco Medina y Zejuela, presbítero, Don Thomas Vizente Escutia, presbítero, Don Francisco Morales Zejuela, presbítero, Don Francisco Jiménez Lucas Raquelo, clérigo de menores , Don Luis Hidalgo, clérigo de menores.
Capellán del convento de religiosas de la Concepción: Don Antonio de Hortega y Robles, presbítero.
Capellán del convento de religiosas del Espirito Santo: Don Cristóbal Riaño Calvo de la Banda, presbítero.
Boticarios: Don Antonio Andrés Montero, presbítero y Miguel Guzmán.
Mancebos de botica: Alonso de Montemayor y Larza y Joachin Pineda.
Cirujanos: Antonio Díaz y Fernando de Vargas
Barberos y sangradores Fernando de Vargas, Pedro Bazquez, Miguel Bazquez, Joseph Pizarro, Manuel Núñez, Joseph Bazquez, Sebastián Delgado, Juan Bernal y Thomas Ruiz.



[1] Tercenista: persona encargada de la tercena, almacén del Estado para vender al por mayor tabaco y otros efectos.


[2] Fiel del estanquillo- Persona encargada de vender los objetos cuya elaboración y venta se reserva al estado en exclusiva.

[3] Voto de Santiago: impuesto eclesiástico
[4] Minucia: Diezmo de las frutas y producciones de poca importancia.

jueves, 3 de enero de 2013

PROFESIONES, OFICIOS Y OCUPACIONES DE GUADALCANAL EN 1750.


Profesiones, oficios y ocupaciones de Guadalcanal en 1750 y quienes las ejercían.
                                   Rafael Ángel Rivero del Castillo – Revista Guadalcanal año 2011

En el año 1749 el Rey Fernando VI mediante el Real Decreto de 10 de octubre, puso en marcha el llamado Catastro del Marqués de la  Ensenada, como paso previo a una reforma fiscal que sustituyera el complicado sistema de rentas, unificándolos en un solo impuesto llamado Única Contribución.
Este impuesto no se llegó a implantar nunca, pero las indagaciones que se llevaron a cabo para su articulación dejaron un importante volumen de documentación.
Gran parte de esta información es el resultado de un interrogatorio de cuarenta preguntas cuestionadas a las 13.000 localidades de la Corona de Castilla.
Estos documentos están repartidos en varios archivos. En el Archivo General de Simancas[1] se custodian las respuestas, entre las que se encuentran las correspondientes a Guadalcanal.
De la lectura de este interrogatorio con sus cuarenta respuestas, podemos vislumbrar el estado económico desde los puntos de vista comercial, agrícola, artesanal e industrial, así como de la política local y de la sociedad del Guadalcanal de mediados del siglo XVIII.
A continuación expongo las profesiones, oficios y ocupaciones más comunes y quienes las ejercían:
Abastecedores del jabón: Antonio Morillo Casaus.
Joseph del Barco.
Abastecedor de bacalao: Juan Lozano.
Carnicería publica: Antonio Márquez.
Alcabala del Viento[2]: Pedro López Palomo
Operario de pesos y medidas: Juan Carrión.
Operario de la Romana[3]: Cristóbal Espino Carrascal
Medidor del vino (con la Mohína)[4]: Clemente Miguel
Mesonero: Rodrigo de Castilla y Monsalve.
Tiendas de sedas, lanas, lienzos y especias: Bernardo Pérez, Félix Martínez, Juan del Mármol, Luis Francisco Pinto; Antonio Díaz, Narciso del Mármol, Joseph Chirstoval, Francisco Rodríguez Merino, Baltasar González y Silvestre Christoval.
Alguaciles ordinarios: Francisco Villegas y Juan Belloso.
Escribanos públicos y del Ayuntamiento: Miguel Jerónimo Escutia y Francisco Muñoz Duran.
Escribano de la Ronda del Tabaco: Juan Esteban Fernández.
Abogados de los Reales Consejos: Don Cristóbal García Calvo de la Banda, presbítero.
Don Juan Francisco de Valencia, clérigo de menores.
Médicos: Don Cristóbal Moreno, presbítero.
Don Pedro Joseph de Cote, presbítero.
Don Francisco Espejo.
Notarios Apostólicos: Don Juan Ignacio de Burgos, presbítero.
Don Francisco Morales Zejula, presbítero.
Diego Medina.



[1] El Archivo General de Simancas llevó a cabo en los años 80 un proceso de microfilmación de estos fondos que posteriormente fueron digitalizados entre los años 2004 y 2005 gracias a lo cual pueden consultarse en el Portal de Archivos Españoles del Ministerio de Cultura.

[2] Alcabala del Viento: impuesto que se pagaba de todas las cosas vendidas que entran de fuera en un lugar donde se cobra.

[3] Romana: instrumento para pesar.

[4] Mohina: medida usada para medir el vino