miércoles, 8 de febrero de 2012

Indianos de Guadalcanal: sus actividades en América y sus legados a la metrópoli – Siglo XVII - 11

Por Javier Ortiz de la Tabla Ducasse - III Jornadas de Andalucía y América. Huelva 1983

ALONSO GONZÁLEZ DE LA PAVA

(A.A.S., Capellanias, 866-13)

Se incluye este personaje, que sin duda será tratado con mayor detenimiento en otra comunicación, por ser un típico indiano de Guadalcanal, mecenas del convento del Espirtu Santo de la villa.

Como otros paisanos se radicó en Potosí, dedicándose al laboreo y beneficio de metales, consiguiendo una sólida posición y fortuna que le permitió, en 1612, destinar 50.000 pesos para emplearlos en la construcción del convento del Espíritu Santo.

Curiosamente, como otros, aparece relacionado en Potosí con sus paisanos el capitán Francisco de la Cava y Alonso González de la Espada El primero lo eligió como albacea testamentario y el segundo, con el que parece tener cierto parentesco (a través de los Ortega), encarga en su testamento ciertas mandas a su hermana; en caso de ausencia de ésta nombraba para recibirlas a su tío Diego Díaz de Ortega o al dicho González de la Pava, que por aquél tiempo ya había regresado a Guadalcanal.

En 1620 daba poder a sus albaceas testamentarios, entre ellos Diego de Ortega Ramírez, regidor del pueblo, para hacer testamento en su nombre, siendo uno de los testigos de esta escritura el regidor D. Diego Díaz de Ortega, tal vez el mismo mencionado en otro párrafo. De su herencia excluyó a su sobrino Juan González de la Pava, que se encontraba ausente en Indias tal vez buscando igual fortuna que su tío y dejando las explotaciones mineras que éste tenía en la provincia de León Extremadura, administradas por el alférez mayor Francisco de Rojas Bastidas.

FRANCISCO Y ALONSO DE LA ESPADA

(A.G.I., Contratación 378-3)

Fueron sus padres Francisco González y Beatriz García Carranco, muertos ya al testar sus hijos, quienes terminaron sus días con un año de intervalo en Arica. Francisco murió en 1616 dejando a su hermano como uno de sus herederos y con la obligación de disponer el dinero suficiente para destinarlo a 1.000 misas por su alma que debían celebrarse en Guadalcanal. La mitad de su herencia sería para Francisco Hernández Nacarino, alférez real y mayordomo de la iglesia de Arica, por varias obligaciones y deudas de González de la Espada.

Al año moría su hermano Alonso estableciendo una cláusula en su testamento en la que ordenaba enviar a su tierra natal 500 pesos para misas por su alma y las de sus difuntos.

Consta que Alonso fue dueño de recuas y esclavos, actividad que tal vez también fuera la de su hermano, y sus negocios se extendían entre Arica y Potosí, lugares donde nombraba albaceas: en el primero al alguacil mayor Gaspar de Vargas Carvajal y a Pedro de Urrutía, y en el segundo a Juan Martínez de Cárdenas. Cumplidas sus mandas testamentarias y piadosas, dejaba distintos legados para su comadre y amigos en Arica por un valor total de 1.000 pesos, destinando varias cantidades para ayudar a casar doncellas de estas familias o socorro de una viuda (Magdalena Ramos, cuyo apellido es típico de Guadalcanal). Del resto de sus bienes instituía heredera a su alma, al no tener herederos forzosos, (aunque contaba con una hermana doncella en el pueblo) remanente que debía ser destinado para las obras pías que con anterioridad había comunicado a sus albaceas.

Hay que recordar las relaciones de parentescos y paisanaje mantenidas en Indias pues si en unos casos no son explícitas, en otros son evidentes. Así dos de los testigos del testamento de Francisco González de la Espada, Cristóbal López de la Torre y Benito Carranco, son los mismos que aparecen en el testamento de Cristóbal de Arcos Medina, el mercader de los Reyes que estuvo relacionado con ellos en sus operaciones comerciales.

Como en otras ocasiones hubo retraso en el cumplimiento de las últimas voluntades de ambos personajes y en la liquidación de sus bienes, teniendo que intervenir el oidor Blas de Torre Altamirano, juez mayor de bienes de difuntos de Lima, quien comisionó para este y otros casos similares al alférez Juan de Larra Morales (1624). En 1625 el defensor de bienes de difuntos de Arica Juan Ortiz de Uriarte apremiaba a uno de los albaceas (Pedro de Urrutía) para el pago de 560 pesos que había retenido durante ocho años, exigiéndole intereses, daños y costas y declarando el embargo de una de sus heredades (de viña y olivar) en el valle de Ocurica.

Por fin en 1628 Juana González de la Espada, hermana de los anteriores, recibía 730 pesos de la herencia de ambos, que debían ser destinados para misas en Guadalcanal.

lunes, 6 de febrero de 2012

Indianos de Guadalcanal: sus actividades en América y sus legados a la metrópoli – Siglo XVII - 10

Por Javier Ortiz de la Tabla Ducasse - III Jornadas de Andalucía y América. Huelva 1983

EL CAPITÁN FRANCISCO DE LA CAVA

(A.G.I., Contratación. 276-1 y 2)

Ascendiendo en éxito social y económico se encuentra el capitán Francisco de la Cava, que consiguió una regular fortuna en su actividad mercantil, a mayor escala que sus anteriores paisanos, esta vez centrada en Potosí.

Hijo de familia numerosa, procedía del primer matrimonio de Juan de Fuentes Ramírez y Juana López Hidalgo, que además de a éste tuvieron a Alonso López de Fuentes (el mayor de los varones) y a Mayor de Fuentes. Viudo el padre volvió a casar con Ana de Paz, teniendo los siguientes hijos: Diego, Beatriz y María de Fuentes, a los que Francisco nombrará como sus hermanos.

No sabemos cuando salió para Indias; curiosamente en 1561 se registra el pase de un Francisco de la Cava a Nicaragua, sin que pueda ser la misma persona, ya que los padres de éste rezan ser Francisco y Francisca de la Cava.

Su actividad se centró en el comercio y se radicó en Potosí, donde era cofrade de la cofradía de la capilla de San Diego en el convento de San Francisco, y anteriormente estuvo cierto tiempo en Las Salinas. En la villa minera debió estar bien relacionado socialmente ya que uno de sus albaceas fue su paisano y riquísimo minero Alonso González de la Pava, regidor, y Juan de Torres Machuca; su medio paisano de Zafra, el rico mercader y capitán Hernando Jaramillo de Andrade también tuvo relaciones comerciales o de crédito con él, así como otros individuos de su villa natal, como se verá.

Comerciaba fundamentalmente con vino (de Moquegua y Arequipa), coca, cueros y ganados entre Potosí, Totora, Porco y Las Salinas asiento en el que contaba con casa y ganado. En sus tratos aparecen otros mercaderes y tenderos hispanos, así como diferentes indígenas.

Además de una casa en Potosí y otra en Las Salinas; un rebaño de 570 "carneros de la tierra" y otros nueve "herrados con mi hierro" en las Salinas; unas mulas, un caballo, 20 pesos de plata labrada; una cota, ropa y muebles de casa y una tienda alquilada en Potosí a Juan de Torres Machuca, era acreedor, por distintos conceptos, de diversos individuos hasta un total de unos 20.000 pesos, siendo los principales deudores Sebastián González Orejón, Francisco Francés (en Porco), Luis Perdomo (en las Salinas) y Diego de Funes Velasco.

Testó en Potosí en abril de 1601, confesando haber estado enfermo. Ordenaba su entierro en el convento de San Francisco y con hábito franciscano (de nuevo la devoción a esta orden), con una misa de réquiem cantada y 50 rezadas; más 20 en Santo Domingo, e igual número en San Agustín y Las Mercedes y el doble en la iglesia mayor, pero "sin excesos de gasto ni pompa”. Igualmente pródigo fue en limosnas para la redención de cautivos (100 pesos), para las ánimas del purgatorio, el hospital (250 pesos), los pobres de la cárcel (150), el convento de San Agustín (100); a varios criados indígenas que tuvo en Las Salinas y al hospital, otros 250 pesos para curar indios. Algunas mandas a indígenas eran por “descargo de mi conciencia", mientras que las que distribuyó entre sus amigos y paisanos eran por reconocimiento y amistad a Peribáñez, Cristóbal Montalvo, más Pedro Escudero, Juan de la Parra, hermano del anterior, y a Alonso de la Cava, a los que dejaba 500 pesos a cada uno; otros 500 a Diego Martín de Ortega para ayudar a casar a su hija y a Mariana del Castillo y su hija María de Ortega (mujer de Gaspar Garrido) a las que dejaba 300 por las atenciones que tuvieron durante su enfermedad.

Mandaba fundar una capellanía con 1.450 pesos corrientes de a ocho en la cofradía de San Diego, en el convento de San Francisco de Potosí; y destinaba 3.000 pesos a repartir por igual entre sus hermanas (de padre) María y Beatriz de Fuentes; 1.000 para su medio hermano Diego de Fuentes y otros 1.000 para el hijo de su hermana Mayor de Fuentes; en caso de que éste hubiera muerto pasarían a los hijos de su hermano mayor.

Además de otros 500 pesos de limosna que destinaba para el monasterio de Monjas de Guadalcanal, del resto de sus bienes dejaba por heredera a "su alma", ordenando instituir una capellanía en el convento de San Francisco de Guadalcanal, ya que no tenía descendencia directa ni herederos de derecho ni legítimos.

En la primera década del XVII se repartían en Sevilla 204 pesos ensayados de a 12 1/2 reales llegados como bienes de Cava entre Juan de Tejada (en nombre de su mujer Beatriz de Fuentes y de su cuñada María) (quienes llevarían las tres cuartas partes) y el Dr. Arias de Loyola (en nombre de su hermana, doña Micaela Arias de Loyola, tutora de sus hijos Juan y Juana de Fuentes, como viuda de Alonso López de Fuentes hermano de Cava). La hermana entera del capitán, Mayor de Fuentes murió, y su único hijo Pedro Sánchez Morales también murió sin herederos, por lo que de esta herencia se beneficiaron los hijos de Alonso López de Fuentes.

sábado, 4 de febrero de 2012

Indianos de Guadalcanal: sus actividades en América y sus legados a la metrópoli – Siglo XVII - 9

Por Javier Ortiz de la Tabla Ducasse - III Jornadas de Andalucía y América. Huelva 1983

CRISTÓBAL DE ARCOS MEDINA, El Mozo

(A.G.I., Contratación, 362-7)

(A.A.S., Capellanías, 873-20)

Mayor fortuna que su paisano Antonio del Castillo, consiguió también en el Perú y como mercader Cristóbal de Arcos, hijo de Juan González de Medina y de Catalina de Arcos, muertos ambos al testar aquél. Nada sabemos de su pase a Indias ni relaciones familiares en Guadalcanal, salvo que en dicho pueblo le sobrevivió su hermano Juan González de Medina, casado con María Yáñez de Bastida (apellidos ambos de indianos), cuyo hijo Cristóbal Arcos de Medina, clérigo de menores, sería el primer capellán de la capellanía fundada por su tío. No debió contar con más hermanos ni parientes próximos ya que no son mencionados ni recordados en su testamento, documento que nos ilustra sobre su vida y fortuna en el Perú.

Testó, enfermo, en Los Reyes, donde parece haber estado radicado como mercader e integrado como ciudadano. En dicha ciudad ordenaba su entierro en la iglesia de San Francisco, con el hábito franciscano, orden a la que profesaba especial devoción, ya que disponía, si moría fuera de Lima, se le enterrara en el convento de San Francisco más próximo. Fue muy generoso al disponer su entierro, misas, sufragios por su alma y en obras pías: entierro bien pagado, con acompañamiento, incluidos los frailes franciscanos, misa cantada de cuerpo presente con música y ofrendas de pan, vino, cena y carneros "como es costumbre", novenario de misas, 600 misas en los conventos e iglesias de la ciudad donde muriese, 200 por el alma de sus padres y otras en Lima; en Santo Domingo (a San Vicente Ferrer), en San Agustín (a Santa Gertrudis), además de limosna para cera en San Francisco, y 50 pesos respectivamente a los pobres de las cárceles, a los huérfanos expósitos, al hospital de San Andrés, a la cofradía de cautivos de Los Reyes ya la iglesia de Santa Ana de Guadalcanal.

Dejaba varias mandas a amigos estantes en lima: 100 pesos a Isabel de Palma mujer de Pedro González Casasola, por "buenas obras'. y 20 a Elena de Rivera, en precaria situación, por los servicios prestados en su enfermedad y para ayuda a su boda, más 200 al Dr. Juan de Soto, abogado de la Audiencia limeña, por “amistad y buenas obras” y 100 a Juan Bautista de Lumbreras, su albacea, junto con Soto, por el trabajo de albaceazgo.

De su capital, que calculaba en unos 10.000 pesos de a ocho, dejaba 1.000 ducados a su hermano en Guadalcanal o a sus herederos. Dos mil más los destinaba a fundar una capellanía en la iglesia de Santa Ana de dicho pueblo, y otros 2.000 para una obra pía destinada a casar cada año una doncella "honrada, virtuosa" y pariente o bien para ayudarla a profesar como religiosa, siendo patrones de la misma su hermano o pariente más cercano y el cura de Santa Ana.

Los bienes que relaciona como propios consistían en empleos de ropa de Castilla (valoradas en 4.000 pesos) que había enviado a Charcas con Benito Carranco (concretamente a Chuquisaca) comprendida en una "memoria" mayor de 50.000 pesos de Cristóbal López de la Torre, también a cargo de Carranco. Tanto éste como de la Torre parecen oriundos de Guadalcanal, por sus apellidos, apareciendo en otro testamento indiano. Además de algunas piezas de plata, un barretoncillo de oro y ropa de cama, ropa blanca y vestido, de los que tenía inventario, le reconocían deudas diversos individuos por un total de unos 5.700 pesos: Juan López de Mestanza, Juan García y su socio, Francisco Coronado y Francisco Moreno Pardo y Diego de Vega en mayor cuantía de 1.000 pesos (parecen residentes en Lima pues no se especifica su vecindad), como Sebastián Hernández Yuste, más Antonio Hernández Labrador y Nicolás Rubio (?), ambos en el Callao, siendo las deudas de estos tres últimos inferiores a los 200 pesos.

Los bienes de la capellanía fundada en Guadalcanal ascendieron a 19.344 reales, siendo el primer capellán su sobrino de igual nombre.

jueves, 2 de febrero de 2012

Indianos de Guadalcanal: sus actividades en América y sus legados a la metrópoli – Siglo XVII - 8

Por Javier Ortiz de la Tabla Ducasse - III Jornadas de Andalucía y América. Huelva 1983

ANTONIO DEL CASTILLO

(A.G.I., Contratación, 264-9)

Miembro de una familia numerosa, hijo de Cristóbal Yáñez y María Yáñez (apellido éste muy frecuente en el Guadalcanal del XVI), contaba con cinco hermanos (cuatro hembras: María, Mayor, Teresa y Francisca; y un varón: Cristóbal), siendo sin duda el mayor de los varones, pues el otro aparece como "mozo" en los documentos emanados tras la muerte de su hermano. No debió dejar bienes en su tierra natal, o bien los liquidó al partir, pues no se consignan en su testamento y parece haber tomado estado en Indias, lo que puede indicar, junto con otras referencias (como la edad de su hermano y las de existencia de tíos en el pueblo) que pasó joven al Nuevo Mundo, sin que sepamos la fecha exacta del viaje. Por distintas incidencias sus legados no llegaron a Guadalcanal hasta el siglo XVII.

En América aparece vinculado a una familia oriunda de su mismo pueblo, los Gavilán (de Huamanga) villa en la que se instaló, tal vez al amparo de sus paisanos. Parece haber tenido ciertas relaciones laborales o comerciales con Diego Gavilán, destacado en la conquista del Perú, encomendero y tronco de ilustre dinastía indiana, en cuya estancia moría en 1553 Castillo, dejándole a deber Gavilán unos 440 pesos. Casó en Perú(? ) con María Rodríguez, vecina de Peñafiel, por la que prometió su padre (Juan Alonso de Badajoz) 600 pesos que nunca llegó a recibir Castillo. Este fue prosperando en fortuna hasta conseguir 2.500 pesos para formar compañía con Juan Colchado, logrando buenas ganancias, cifradas en un año en 700 pesos. Colchado además amplió los intercambios de la tienda establecida y formó nuevas compañías con otros sujetos, (uno de ellos Alonso de Bolaños). Sus negocios parecen centrados en venta de ropa y otros artículos; tenía además una manada de 80 cabezas de cabras, en Cocha, y 10 ovejas "de la tierra. Su capital (sin contar el ganado) puede estipularse en unos 5 ó 6.000 pesos lo que ratifica su imagen de tendero local provinciano.

Sin hijos en su matrimonio, aunque al testar quedaba preñada de tres meses su mujer, tuvo cuatro mestizos, a los que dió los nombres de su propia familia: Cristóbal, Mateo, María y Mayor, más una quinta, Elvira, cuya paternidad era puesta en entredicho por la madre. A cada uno de ellos dejaba 100 pesos de sus bienes; a sus cinco hermanos de Guadalcanal 250 pesos para cada uno.

En febrero de 1553 hizo testamento en Socosconcha, estancia de la heredad de Diego Gavilán, junto al tambo de Sangala, siendo testigos el padre Pedro Ruiz, Juan Colchado, Bartolomé Vázquez y Gonzalo Hernández. Nombraba como albaceas a Diego Gavilán y a Pedro Ordoñez de Peñalosa, ambos vecinos de Huamanga, así como a su mujer. Tras los legados a sus hijos mestizos y hermanos (que totalizaban unos 1.750 pesos), pago de deudas (unos 425 pesos), disponía su entierro en la iglesia de San Francisco de Huamanga, con el consiguiente gasto así como una serie de misas y disposiciones piadosas, no muy cuantiosas en comparación con otros paisanos y otros individuos de la época. más el envió a su pueblo de origen de 400 pesos de buen oro para invertir y obtener unas rentas fijas y seguras para sostener una capellanía que instituía. Dicha cantidad debía ser entregada a su tío Juan del Castillo y en caso de ausencia o muerte de éste a su hermano Cristóbal Yáñez y a falta de éste el cabildo debía darlo al clérigo pariente más próximo de su linaje o bien al "más hábil y docto". Del resto de sus bienes dejaba heredera a su mujer en caso de que tuviera descendencia; en caso contrario serían herederos sus hermanos.

Murió aproximadamente hacia 1553 en la misma estancia de Socosconcha. Su viuda volvió a casar y parece que malparió, pues la herencia fue reclamada por los hermanos de Castillo. Sus bienes quedaron en poder del albacea Diego Gavilán y tras su muerte fueron reclamados a sus hijos, Diego y Antonio Gavilán por Alonso de Mesa, defensor general de bienes de difuntos, en 1584. Habían transcurrido más de treinta años y aún no se había realizado la voluntad del testador. Sus herederos enviaron un poder a Juan o Francisco Muñoz Rico (individuo sin duda del pueblo u oriundo de él, por ser apellido de "pasajeros a Indias" para cobrar la herencia; no obstante los 400 pesos de oro de la capellanía aún no se habían recibido en la metrópoli. Por fin en 1600 llegaron a Sevilla 320 pesos (sin duda deducidos costes de envío y otros devengos), equivalentes a 89.930 maravedises, que fueron reclamados por Diego Vázquez, en nombre de Diego Martín Rico, clérigo presbítero y sobrino de Antonio del Castillo, para fundar la capellanía.

lunes, 30 de enero de 2012

Indianos de Guadalcanal: sus actividades en América y sus legados a la metrópoli – Siglo XVII - 7

Por Javier Ortiz de la Tabla Ducasse - III Jornadas de Andalucía y América. Huelva 1983

CONCLUSIONES

Cuando contemplamos un movimiento migratorio de tal magnitud en Guadalcanal, incluso después de descubiertas sus famosas minas; cuando comprobamos el éxito de muchos de estos indianos como conquistadores, pobladores, comerciantes y mineros; cuando vemos salir del pueblo hombres adultos que liquidan su hacienda y dejan sus familias para marchar a Indias y los encontramos en Perú o México relacionados estrechamente con parientes y paisanos anteriormente establecidos, llegamos a pensar en la importancia que los factores de atracción del Nuevo Mundo, más tal vez que los de repulsión del Viejo, tuvieron para ciertos sectores de estos emigrantes.

Por otra parte su asentamiento en América resulta menos caprichoso y fortuito que lo que hasta aquí conocíamos. No marchan a ciegas a descubrir nuevos Dorados; van a asentarse junto o con sus familiares y paisanos; a continuar sus negocios comerciales o mineros, como luego en el XVIII y XIX repetirán montañeses, vascos, navarros, asturianos y gallegos.

Van y vienen a la península con mayor facilidad que se creía; envían cartas, encargos, caudales y bienes con mayor frecuencia que la sospechada. Muchos regresan sanos y salvos como auténticos indianos a su villa natal.

Son activos mercaderes, financieros, mineros, tenderos y arrieros, pioneros en algunas actividades coloniales, más que simples y ociosos rentistas como muchas veces se les pinta.

Mandan importantes sumas a su pueblo, pero gran parte de su hacienda queda, aún sin herederos allá, en Indias, a través de capellanías, limosnas, y obras pías, gastos de entierro, etc.; legados a amigos y familiares también indianos o hijos legítimos o naturales allí establecidos.

Sin duda en Guadalcanal tanto el movimiento migratorio como la remesa de caudales que apuntamos tuvo importantes repercusiones que estamos lejos aún de poder calibrar. Cuando conozcamos más ejemplos locales o regionales tal vez todas estas afirmaciones queden más precisas o puedan ser generalizadas.

sábado, 28 de enero de 2012

Indianos de Guadalcanal: sus actividades en América y sus legados a la metrópoli – Siglo XVII - 6

Por Javier Ortiz de la Tabla Ducasse - III Jornadas de Andalucía y América. Huelva 1983

LOS CAUDALES INDIANOS

Salvo el doctrinero Martínez Pava, el resto de indianos parece haber conseguido una relativa suerte y fortuna en sus diversas actividades en Indias y aún con todo, del clérigo pudo recibir su sobrina 340 pesos como ayuda a su dote.

¿Cómo influyó su suerte en la vida de Guadalcanal?

Con esta documentación presente la cuantificación de los caudales remitidos a la villa tiene varias limitaciones. Por una parte en cuanto a la documentación de capellanías sólo suele coger la cifra destinada a tal fin. La de bienes de difuntos, si incluye testamento suele ser más precisa en el resto de las mandas, aunque si se trata de remanentes de bienes y herencias globales es imposible calibrar la cuantía.

Por otra parte, según se desprende de esta documentación, hay que contemplar la posibilidad y evidencia, a veces, de que estos indianos durante su vida iban remitiendo, o traían personalmente, caudales y bienes a la península. Algunas de estas mandas pueden rastrearse en los fondos de los archivos notariales de Sevilla -y sin duda en los de Guadalcanal-; otras, con seguridad, no habrán dejado rastro documental. Por ello es importante conocer el entorno familiar más próximo de los emigrantes para, a través de sus parientes, calibrar la posible incidencia de legados americanos en sus patrimonios.

Con todo, las mandas testamentarias y fundaciones de capellanías, limosnas y obras pías de Guadalcanal, pueden ser un índice para valorar el impacto americano en la villa. Y el impacto lo recibimos ahora también nosotros al cuantificar dichos envíos.

Desde los 340 pesos de Martínez Pava hasta los 50.000 de su pariente González de la Pava o los 40.000 ducados de Alvaro de Castilla, hay distintos tipos de fortunas. Grosso modo desde 1580 hasta la década de 1620, en estos 19 casos, hemos contabilizado en las distintas mandas unos 38 millones de maravedises, cifra impresionante para dicho número de emigrantes. Hay que tener en cuenta que sólo las fundaciones del convento de González Pava y el hospital de Alvaro de Castilla totalizaron 76.300 ducados.

Profundizando más el análisis observamos que el total remitido por seis de estos emigrantes supuso unos 35 millones de maravedises (20 llegaron del Perú y 15 de Nueva España) procedentes fundamentalmente de la actividad minera. Y curiosamente iban a beneficiar directa o indirectamente a familias de reconocido prestigio y posición en la villa: los Castilla, los de la Cava, los de la Pava y los Bastidas.

Igualmente las capellanías beneficiarían a las familias de los fundadores, como patronos y capellanes; vincularían diversas propiedades a esta institución y a estas familias y servirían como sistema de crédito a innumerables vecinos de la villa.

En el aspecto artístico es innegable la repercusión de estos caudales. Son diversos los casos en que se ordena erigir nuevos altares, retablos y capillas; efectuar algunas reformas u obras; levantar un convento y un hospital, e indirectamente, al enriquecer a familias, capellanes e iglesias se posibilitaba un posterior mecenazgo de estos.

Es interesante advertir la canalización de gran parte de estos capitales hacia instituciones religiosas y la Iglesia en general, fenómeno que sin duda incidirá e incrementará la acumulación de bienes en «manos muertas».

Tal vez la institución de estas capellanías y obras pías favoreció el fenómeno observado por distintos autores en la España del XVII de la proliferación del clero, muchos de cuyos miembros conseguían disfrutar estos bienes como parientes más o menos cercanos de los fundadores. Sin duda estas rentas fueron buenos estímulos y acicates para incrementar las «vocaciones» de hidalgos y segundones depauperados.

jueves, 26 de enero de 2012

Indianos de Guadalcanal: sus actividades en América y sus legados a la metrópoli – Siglo XVII - 5

Por Javier Ortiz de la Tabla Ducasse - III Jornadas de Andalucía y América. Huelva 1983

En Arica se establecieron como dueños de recuas y esclavos los hermanos Alonso y Francisco González de la Espada, quienes como Cristóbal de Arcos Medina aparecen relacionados con Cristóbal López de la Torre y Benito Carranco, tal vez pariente éste de la madre de ambos Beatriz Carranco. Otro pariente suyo había pasado al Perú (Jerónimo González de la Espada) regresando más tarde a Guadalcanal. Un hermano de éste, Pedro Martínez Pava, murió como cura de la doctrina de Cajatambo dejando como heredera de sus cortos bienes a su sobrina Ana de Bonilla, que pudo cobrarlos gracias a las diligencias de su pariente Francisco Núñez de Bonilla en Lima. Martínez Pava, como doctrinero, no consiguió la fortuna, inmensa, que había logrado su pariente Alonso González de la Pava en Potosí.

González de la Pava amasó como minero en el Cerro un importante capital que le permitió destinar 50.000 pesos de a ocho para fundar un convento en Guadalcanal, regresar a su pueblo y seguir dedicado a la actividad minera. Su sobrino, Juan González de la Pava, tal vez no contento con esta fortuna decidió probar la suya propia, marchó a América siendo desheredado por su tío.

Precisamente había sido albacea testamentario de otro de sus paisanos muerto en Potosí en 1601, el capitán Francisco de la Cava, que en su actividad mercantil logró también un buen capital, que luego benefició a sus parientes e iglesias de Guadalcanal.

En el virreinato novohispano estos indianos aparecen también vinculados con actividades mineras y comerciales. Tal vez fuera el caso de Diego Ramos Gavilán (cuyos parientes hemos visto en Perú), y que entre otras sumas mandó a su pueblo 4.000 ducados para obras pías. Igualmente asentado en México y generoso al morir fue Antonio de Bastidas, que se hallaba en la capital virreinal junto con su hermano Cristóbal de Bonilla Bastida y relacionado con sus paisanos Hernando y Rodrigo Ramos, comerciantes y mineros del virreinato. Cristóbal llegó a ser prior del Consulado de México, lo que indica la preeminencia y fortuna lograda en 1617. 8

En Tlaxcala murió Alonso López, dejando 3.000 pesos de plata y otros bienes para una capellanía. Otro homónimo Alonso López de la Torre se había asentado con su hermano en Taxco. Allí acudieron ante la suerte de su tío García Núñez de la Torre, uno de los primeros mineros de la zona, quien fundaría otra capellanía en Guadalcanal y dejaría por herederos de sus minas a sus sobrinos, que las siguieron explotando. Al morir Alonso López de la Torre, además de otras mandas enviadas a sus parientes, fundó una capellanía que disfrutaría su sobrino nieto Pedro Bonilla de la Torre.

Si en Taxco encontramos a los de la Torre, Bonilla y Ramos, en Guanajuato se establecieron Alvaro de Castilla Calderón y Gonzalo de Bonilla Barba, fundadores de capellanías y prósperos indianos. Alvaro de Castilla aparece como mercader y minero, al igual que su hermano Juan de Castilla, repartiendo su actividad entre México y Guanajuato, donde conocieron su prosperidad sus paisanos Diego Gutiérrez, sastre de Guadalcanal, Pedro Sánchez Holgado, Rodrigo de Ortega y Agustín de Sotomayor, que vueltos a la península propagaron su fortuna.

Finalmente Gonzalo de Bonilla Barba, llegando al virreinato después que los anteriores, repite su modelo. Se estableció en México y Guanajuato, dedicándose primero al comercio de menudeo, asociándose a los Castilla (Juan y Alvaro, que parecen ser los socios capitalistas), prosperando en esta actividad, pasó al arrendamiento de haciendas de minas y terminó como propietario de minas e ingenios de beneficio de metales. Aparece también vinculado en sus relaciones mercantiles y mineras a Hernán y García Ramos Caballero, mercaderes y mineros; a Cristóbal Martín Zorro, como vecino y amigo Luis de Castilla Chávez, alguacil mayor de minas en Guajuato, siendo testigos en su testamento sus también paisanos Pedro Ramos y Alonso de Castilla. Toda una colonia de Guadalcanal en Guanajuato.